Reflexiones de un editor sobre el presente del libro
En unas recientes vacaciones en Baja California noté algo fuera de lo común en la piscina del hotel: todos los huéspedes eran estadounidenses y todos leían al sol en tabletas electrónicas. Solo una señora sostenía entre sus manos un libro de papel, en una edición de bolsillo. Mi esposa le preguntó por qué ella sí leía en papel, a lo que respondió que como le gustaba hacerlo con los pies metidos en el agua, temía que se le mojara su Kindle. Ese día me di cuenta de que la cuestión acerca de la supervivencia del libro impreso era más relevante de lo que había imaginado y sentí el temor de llegar a ser testigo presencial de la desaparición de un objeto que ha permanecido inalterable desde Gutenberg.