Embriagarse sin tregua

 

Justine Lawrence Durrell

 

París era una fiesta, escribió Hemingway en su libro publicado póstumamente donde habla de los americanos que vivían la euforia de haber «sobrevivido» a la primera guerra mundial. Y París era una celebración perpetua en esos felices años veinte en los que los artistas eran "pobres pero felices", entre ellos Gertrude Stein, Scott Fitzgerald o Ezra Pound. Fitzgerlad era un maestro de las fiestas glamurosas en Long island, NY, como dejó plasmado en sus obras de referencia como El Gran Gatsby. Hemingway, el vitalista feroz, quedó fascinado por la fiesta de los Sanfermines.

Charles Baudelaire decía:  “hay que estar siempre borracho. Para no sentir el horrible fardo del Tiempo hay que emborracharse sin tregua. Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, a vuestro gusto. Pero emborrachaos”.

Eso mismo a lo que se refería otro vitalista indomable, Jack Kerouac:

“La única gente que me interesa es la que está loca, la gente que está loca por vivir, loca por hablar, loca por salvarse, con ganas de todo al mismo tiempo, la gente que nunca bosteza ni habla de lugares comunes, sino que arde, arde como fabulosos cohetes amarillos explotando igual que arañas entre las estrellas.”

Ese es el estado que probamente buscan muchos poetas en el alcohol u otras drogas, en realidad un estado de exaltación perpetua que les permita otra visión de la realidad. Baltasar Porcel respondió cuando Gabriel Ferrater le preguntó si el alcohol lo  ayudaba a escribir:
“Nunca, nunca el alcohol me ha sugerido ni medio verso. Ni dos palabras. Cuando bebo, con solo que sea una copa, soy incapaz de escribir. No diré, sin embargo, que un día de bebida ésta no provoque unas asociaciones mentales extraordinarias, las cuales otro día, estando sobrio, puedes aprovechar si las recuerdas”.

Oscar Wilde explicó que después del primer vaso de absenta “uno ve las cosas como le gustaría que fuesen. Después del segundo, uno ve las cosas que no existen. Finalmente, uno acaba viendo las cosas tal y como son, y eso es lo más horrible que puede ocurrir”.

Pero para embriagarse de la vida, de la irrealidad, de la existencia, en definitiva, la literatura puede ser un gran aliado, sin más, como nos recordaba Lawrence Durrell en Justine:

"Por medio del arte logramos una feliz transacción con todo lo que nos hiere o vence en la vida cotidiana, no para escapar al destino, como trata de hacerlo el hombre ordinario, sino para cumplirlo en todas sus posibilidades: las imaginarias".

 

 

 



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