ANALOGÍA: ACTO DE TRADUCCIÓN HUMANA Y  TRADUCCIÓN AUTOMÁTICA

 

Pedro Nel Niño Mogollón

Traductor e Intérprete Oficial

República de Colombia

 

 

The machine translation field,

like human translation, is very

 

varied

 

Verónica Lawson

 

 

Al leer el título de este breve artículo, surgen al instante en la memoria dos imágenes. En primer lugar, la de una persona rodeada de diccionarios y manuales de corrección, ensimismada en pasar información de un idioma a otro; y en segundo, la de un aparato electrónicamente operado (hardware de la traducción), acompañado de un programa de traducción automática (software), cuyo fin principal es asistir o reemplazar al traductor humano.

Aunque las máquinas y los programas, diseñados y puestos en funcionamiento por el cerebro y la mano del hombre, han sido en los últimos años una herramienta en el ejercicio de la actividad traductora, su alcance no va más allá de ofrecer listados bilingües de oraciones de uso diario, glosarios y diccionarios en dos o más idiomas.  No se debe confundir el complejo proceso del acto traductor humano con una acción mecánica, previamente programada por el hombre para que la ejecute la limitada memoria de la máquina. La verdadera traducción demanda la participación de altas operaciones mentales, propias del cerebro humano, probablemente el mejor computador del mundo.

El producto de los programas de traducción automática está lejos de ser considerado como una traducción aceptable, al menos en el sentido aprobado por los teóricos y prácticos de esta profesión, cual es el de que una traducción, para que se le pueda denominar así, debe conservar la misma información del original, es decir, del texto en la lengua fuente, y respetar los sistemas fonológico, gramatical y lexical de la lengua meta. Las traducciones automáticas, sin desconocer el esfuerzo de sus diseñadores por perfeccionar el producto, aún presentan serias deficiencias en la fidelidad a la información y en el manejo del idioma.  Sobran las muestras de este tipo de traducción que se han sometido a un proceso de revisión y reescritura por parte de traductores humanos.

Baste citar aquí solamente dos ejemplos para sustentar las afirmaciones anteriores, allegados por autoridades de reconocido prestigio no sólo en el ejercicio sino también en la docencia de la traducción. El primero de López y Minett, 1997, 326 – 327, donde, hablando de la traducción de inglés a español, afirman: “Las deficiencias actuales de los programas de traducción automática se ponen plenamente de manifiesto allí donde el contexto extralingüístico adquiere especial importancia, en las frases largas y complejas, ante los usos idiomáticos, poco normativos, o la elisión de ciertas palabras (pronombres, relativos, conjugaciones), los distintos tiempos, voces o formas del verbo (participios, gerundios, voz pasiva), las construcciones de más de una palabra (verbos preposiciones, adjetivos, adverbios, nombres compuestos); y, por supuesto, el programa no sabe distinguir entre, por ejemplo, el indefinido y el imperfecto, los verbos ser y estar o una marca de posesivo sajón y la contracción del verbo to be”.  El segundo ejemplo hace referencia a un conocido artículo de Georges Van Slope, citado por Jean Maillot, 1997, 352, donde hablando de una evaluación del Systran, un sistema de traducción automática, versión 1978, usado por la Comisión de las Comunidades Europeas para la traducción del inglés al francés, afirma: “El resultado es de lo más decepcionante:  en un texto de un poco más de 600 palabras, la traducción en bruto contiene 7 u 8 disparates, 2 contrasentidos, 2 falsos sentidos y al menos 17 términos impropios, y todavía esta evaluación me parece que está por debajo de la verdad.  A juicio del comentarista, un texto así merecería un cero en un concurso de traductores”.

Establecidas ya las diferencias entre los productos de estos dos sistemas de traducción, el humano y el automático, quizá la parte más importante de la presente analogía, conviene ahora escudriñar un poco en lo que sucede mientras se realiza la labor traductora.  No se debe olvidar que ambos procesos miran al mismo horizonte, el trasvase de información, y que en la ruta seguida por los dos existen puntos de contacto.  No sería por lo tanto atrevido afirmar que los diseñadores y operarios del modelo automático imitaron, mutatis mutandis, al modelo humano, justamente en consideración a que este último ha existido desde hace ya varios milenios, se remonta al año 3000 antes de Jesucristo, según Newmark, 1986, 3, y que el primero, el automático, surgió y  se ha implementado  apenas desde mediados del siglo XX.

El primer punto de contacto se encuentra en lo referente al input o la materia prima del proceso.  Mientras que en la traducción automática, el insumo hace parte de un programa específico, en la traducción humana está invisiblemente incorporado al traductor.  En el primer caso, está constituido por la información almacenada en la memoria de la máquina, referente a equivalencia lingüística entre los idiomas involucrados y a un mecanismo que permite la realización de dicha equivalencia.  En el segundo, está dado por el conocimiento de las dos lenguas, del tema o materia del texto, de las técnicas y estrategias de traducción y muchos otros factores diferentes del puramente lingüístico.

Un segundo punto podría ubicarse en la etapa de sensación, percepción y procesamiento.  En la traducción automática, la realiza la máquina con la colaboración del respectivo programa, donde subyace la gran ayuda de la tecnología y de un operario que da y recibe órdenes.   En la traducción humana, por su parte, el traductor debe, en primer lugar, usar los sentidos para ver, oír o leer el texto; luego, someterlo a consideración del cerebro para que este “gran ordenador” decida el método a seguir en la selección de contenidos, de equivalencias lingüísticas y de edición, ya sea por registro oral o escrito, subyace aquí la interacción entre neuronas, operación efectuada por el axón, el transmisor de señales neuronales, y la dendrita, el receptor, requiriéndose también la presencia de los neurotransmisores, moléculas que transmiten los impulsos que quedan en los diminutos espacios entre el axón y la dendrita.  Como se puede apreciar, esta etapa es más compleja y tiene mayor alcance en el acto de traducción humana que en la traducción automática.  Sin embargo, en la traducción automática, se sabe con exactitud lo que sucede en esta etapa mientras que en la humana, todo lo que se diga sigue siendo especulativo hasta que no se le pueda visualizar, al menos, en una pantalla de computador.

El último punto de encuentro de los dos sistemas podría localizarse en la calidad del producto.  Como quedó establecido en la primera parte de este  corto artículo, el output o producto, como sale de la máquina, dista mucho de ser una verdadera traducción.  Este hecho indica que aunque la traducción automática imite cada vez más al proceso del acto traductor humano y se encuentre en continuo perfeccionamiento, todavía le falta mucho para igualarlo.

 

Pedro Nel Niño Mogollón

 

REFERENCIAS

 

LAWSON, VERÓNICA,1983, Machine Translation in The Translator’s Handbook,  London, Aslib, p. 82.

LOPEZ GUIX, JUAN  GABRIEL  y MINETT  WILKINSON  JACQUELINE,  1997,  Manual de Traducción, España, Editorial Gedisa.

MAILLOT, JEAN, 1997,  La Traducción  Científica  y  Técnica,  Madrid,  Editorial Gredos.

NEWMARK, PETER, 1986, Approaches to Translation, Oxford, Pergamon Press.

 

 

 


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