Pasado fijo y recuerdo en movimiento. Mujeres con memoria.
Córdoba: Babel, 2026, 146 pp.
Susana SANTOS
Cumplido medio siglo del golpe de Estado que el 24 de marzo de 1976 dio inicio a la última y más sangrienta dictadura cívico-militar argentina, hay que celebrar la publicación de Mujeres con memoria bajo el sello Babel que dirige el editor cordobés Ramiro Iraola. En septiembre de 2026 celebramos su aparición más aún de lo que habríamos concebido a lo largo de las tres décadas de democracia electoral que precedieron a la victoria del candidato libertario Javier Milei en el balotaje del 19 de noviembre de 2023. Es un libro coral, compuesto en dos secciones. La primera, “Poemas con memoria”, reúne poemas de Silvia Barei, Ernestina Elorriaga, Livia Hidalgo y Nora Luna; la segunda, “Relatos con memoria”, los textos de Eugenia Cabral, Carmen Colazo, Alicia Corzo y Mónica Flores. Todas ellas nacieron en la provincia argentina de Córdoba, salvo Elorriaga —nacida en Darregueira, provincia de Buenos Aires—, que ha elegido la provincia mediterránea como su lugar en el mundo. Mujeres con memoria responde “a la necesidad urgente de hacer un ejercicio de memoria y, al mismo tiempo, un homenaje” (p. 11) a las Madres de Plaza de Mayo, que iniciaron sus marchas en 1977 y se identificaban con pañales —“pañuelos curtidos / de llantos inmensos”—. Necesidad y urgencia dadas por la condición de la memoria de estar siempre expuesta a las inversiones, conversiones y reversiones del presente. Entre un pasado y un presente dinámicos e inconclusos, la escritura reunida en Mujeres con memoria asume el desafío de la tensión establecida entre una identidad de la memoria social y las gramáticas utilitarias del mercado, en un paisaje poblado de ranuras, rendijas y líneas de fuga que interrumpen el tiempo plano que pretende imponer la ultraderecha neoliberal. Publicar Mujeres con memoria significa también asegurar y renovar la difusión de las narrativas testimoniales argentinas, aquellas que representan e interpretan los vínculos entre cultura, historia y política, enunciadas por protagonistas o testigos del régimen militar que gobernó el país entre 1976 y 1983 —y aun antes de 1976, cuando “comenzó a gestarse la Triple A como triste antecedente de lo que sería la represión, tortura, asesinato y desaparición sistemática que llevó a cabo la dictadura” (p. 12)—. La memoria de ese pasado, contada por lo general en primera persona por testigos, sobrevivientes e hijxs de desaparecidxs, sostiene su filiación respecto de las ficciones mayores de la cultura moderna: tanto de la ficción literaria —así, la narración proustiana, con su célebre representación de la memoria involuntaria— como de la ficción teórica —así, la discursividad freudiana, con sus metafóricas representaciones de lo reprimido y lo inconsciente—. El pasado tiene algo de irreductible y, en cierto modo, soberano. Esta producción, interpretada en su conjunto bajo los parámetros de trauma y duelo o, si se quiere, de posmemoria, melancolía y duelo, originó reparos que conjeturaron la posibilidad de una “fatiga de la memoria” o la anunciada “muerte de la cultura de la memoria”. Sin embargo, antes que discutir las características internas de los textos testimoniales —narración en primera persona, historia subjetiva, apelaciones a la empatía, representaciones fragmentarias del pasado—, la cuestión central reside en el problema del pasado: en su representación y percepción más que en la cantidad abarcable o comunicable de un contenido, vinculadas a la acción del sujeto sobre el presente histórico, a su “experiencia”, que surge sorpresivamente como interrupción, como un desplazamiento que de pronto une el pasado con el presente y ofrece nuevas imágenes. Los poemas y relatos compilados en Mujeres con memoria se relacionan no solo por su temática, sino por la construcción de una dimensión individual en intercambio directo con el resto de la comunidad, que permite reponer la diferencia, lo singular, y con ello la duda, la sospecha y la opinión propia, canceladas por la industria cultural. Son textos inscriptos en la historia en dos planos diferentes e interrelacionados: en sincronía, signados por el presente de su enunciación e impactados por las tensiones de un momento histórico; y, en diacronía, marcados por momentos anteriores cuyos componentes residuales constituyen en gran medida el presente, un presente abierto al futuro. Los poemas y las narraciones de Mujeres con memoria pueden anticipar y dar forma a momentos históricos aún por venir. Quienes hablan y escriben en Mujeres con memoria son ciudadanas de a pie, de conocimiento situado y de experiencia, anticipadas en breves y concisas paráfrasis que, junto con las fuentes biográficas, esclarecen las circunstancias de la materia poética y narrativa, apoyadas en la relevancia de datos empíricos de la realidad. Actoras sintientes, a quienes las emociones no las alejan de la razón: sus vidas emocionales y cotidianas forman parte de la reflexión humana y social. La mayoría de los poemas y relatos llevan epígrafes o dedicatorias que pertenecen a escritores de generaciones más jóvenes y también a víctimas del terrorismo de Estado. Puentes hacia el futuro anclados en la memoria del pretérito. No es posible, en esta breve presentación, dar cuenta del relieve particular de cada poema y cada relato de Mujeres con memoria. Nos avenimos a circunscribirnos a un haz de ellos, los que nos resultaron principales como desencadenantes de nuestros recuerdos fijados en la memoria. Atadillo delgado, no por ello raquítico: toda evocación no se proyecta —ni tiene por qué hacerlo— sobre el último cociente de la historia, sino que se halla siempre facultada para saltar por encima de ella, dando de nuevo alcance a los textos leídos que rememoran lo visto y lo mirado en una relación peligrosa, porque la tiñe nuestra subjetividad. Entrar en materia Poemas con memoria Todo está guardado en la memoria, sueño de la vida y de la historia. León Gieco, “La memoria” (2001) “Hay cavernas”, primer poema de la serie de Silvia Barei (1951), inicia la primera sección de Mujeres con memoria. Larga tirada de versos encadenados anafóricamente, cuya regularidad se quiebra para abrir otro espacio e inscribir la palabra que titula el poema: Debajo de este aire humano de esta sangre de este cuerpo y su temblorosa geografía allí en todo lugar debajo hay cavernas ¡Ay! Cavernas. (p. 20) Resuenan en estos versos los de “Cadáveres”, de Néstor Perlongher. Las cavernas —cueva, cripta, antro, guarida, celda— son, por deslizamiento asociativo, el lugar de la muerte, de los cadáveres; pero, de manera implícita, son también donde se debe desenterrar y recordar: “quien intenta acercarse a su propio pasado sepultado tiene que comportarse como un hombre que excava”. El poema se articula sobre el gesto arqueológico de la búsqueda —esfuerzo intelectual y corporal—, no sobre el hallazgo ni su relato. La búsqueda es el sostén del poema y habilita la invención o producción, en contraposición con la reproducción. De Ernestina Elorriaga, “A dentelladas”, compuesto en doce partes, recrea las palabras de una madre a un hijo cuyo destino desconoce, las del hijo buscado por la madre y las del hermano de ese hijo: palabras que traslucen —a dentelladas— la trágica realidad de las promesas y los deseos incumplidos, sin patetismo alguno ni traición al rigor de una íntima dicción. Las imágenes corporales —“el cordón umbilical / cuelga vacío” (p. 36), “en un ojo sin córnea” (p. 36), “carcomiéndole los testículos” (p. 43)— son imágenes negras, y las frases entrecortadas dan palabra a la conciencia del horror. Aun así se inscribe un nombre: identidad y herencia que no podrán desaparecer: con el filo de su uña garabateó su nombre para que sea eternidad. (p. 43) Oscar Chabrol escribió su nombre; identidad y herencia que no podrán desaparecer. Mane, thecel, phares: “Las paredes anunciando el fin de la Dictadura” (p. 41). En la advertencia de Livia Hidalgo (1955) que precede a la selección de su poemario De Glauce (2021), la autora señala: “viví la dictadura del 76 como había vivido la de Onganía, en mi pueblo, de un modo oblicuo, con una ceguera espeluznante” (p. 48). Leemos, verso a verso, una doble focalización interna. La primera se refiere al proceso personal de Hidalgo a partir de su acercamiento a la poeta Glauce Baldovin (1928–1995), ocurrido en 1991 en la ciudad de Córdoba, “calle arturo m. bas” (p. 51), y expresado de modo subjetivo, el de una conciencia en formación: yo estaba particularmente conmovida era la primera vez que caminaba con las madres en silencio. era la primera vez que veía en pancartas a tantos jóvenes que ahora tendrían mi edad (p. 52) pero cuando Glauce empezó a leerme sus poemas sentí un mazazo sobre mi cabeza. fue como si de pronto hubiera tomado conciencia de mi silencio cómplice (p. 53) La segunda focalización, íntimamente entretejida con la primera, es la admirativa emulación ética hacia Glauce: testiga y agente contra la injusticia desde la desaparición de su hijo Sergio —bajo servicio militar, en 1976— hasta la certeza de su asesinato a fines del 79, “después de la llegada / de la comisión interamericana de derechos humanos” (p. 55). De la asunción de la Junta Militar, en 1976, a los indultos del gobierno de Carlos Menem, en diciembre de 1990: “los indultos fueron insultos” (p. 51). Los poemas de Nora Luna (1981) —algunos de su libro Batallas, exilios y jardines del fondo— recrean un ámbito de emoción y afecto. En ellos la autora “hace referencia a lo familiar y personal viajando por los exilios de mis padres y mis abuelos”; y, en los inéditos, “expone el duelo por los que no están, por los que siguen buscando”. Transmiten o perturban sentimientos ya existentes y reconocibles, y a la vez moldean una nueva configuración afectiva: Después de tanto pensarte necesito un abrigo porque mi espalda tiene frío y la espera se hace muy larga (p. 73) Relatos con memoria No hay documento de cultura que no lo sea, al tiempo, de barbarie. Walter Benjamin, Tesis sobre el concepto de la historia Los relatos de Eugenia Cabral (1954) abren la segunda sección de Mujeres con memoria. “Hacia el ocaso”, “La flor nacional” y “La navidad y la sed” son, en conjunto, un modelo de literatura realista —coherente, consistente y estable—, de factura dramática, apoyada en el soliloquio interior de la narradora protagonista. El lenguaje contribuye a su estrategia mimética: es el habla de una escritora cordobesa que reivindica un léxico, una sintaxis y una prosodia propios. Cada relato recrea un horizonte conocido y aun tópico dentro de la Córdoba de los setenta —la lucha estudiantil, las persecuciones y represiones, los lazos solidarios frente a los detenidos—. Leemos los hechos por sí solos, que nos dicen su verdad dentro de esa maquinaria que pretendía disolver la palabra en la acción y el mundo. Sin el espíritu didáctico de la literatura comprometida y sin el exceso de información que socava el valor estético del relato realista, la autora presenta situaciones en extremo conflictivas que suscitan la reflexión política. “Hacia el ocaso”, situado en “agosto 1974” (p. 85): un hombre, Daniel, y una mujer, que relata, caminan por la vereda cercana a un colegio de curas que ocupa toda la manzana: “la calle por la cual caminamos corre de este a oeste; por eso el sol muriente queda delante de nosotros”. A sus espaldas, el ruido anuncia el avance de un “Falcon bordeaux, un Peugeot blanco, un Torino anaranjado” —el Torino, orgullo de la industria local—. Con hombres armados, la “caravana terrorista se dirige al domicilio de algunos compañeros. Seguro que varios amigos van a morir” (p. 87). Los automóviles seguirán su marcha. El final del relato no puede ser más eficaz: “que se lleve el diablo toda la belleza de su luz. Ahora odio el color naranja. Lo odio” (p. 87). “La flor nacional”: la irrealidad de lo real. Un árbol de ceibo mana sangre —metáfora, o doble perfecto, de una realidad alienante donde todos viven entre la mentira oficialista y el miedo—. Ante lo absurdo de la existencia y el caos de la historia, contra la adversidad, unos personajes resisten para entregar comida a los detenidos: una resistencia que no cede a los laberintos del escepticismo, sino que responde al afán de recrear otros sueños. La presencia de la narradora, biógrafa al fin, introduce una distancia irónica entre lo que el lector lee y la interpretación posible de sus actos, palabras y pensamientos. La frase final de “La navidad y la sed” —relato de las penosas circunstancias que sufre la narradora, junto a su pequeña hija, en su viaje en colectivo (un “cachivache”) desde Córdoba a la provincia de Buenos Aires para visitar a su marido, detenido en el penal de Sierra Chica; la espera bajo la inclemencia del calor de diciembre, la sed— “Pero estás vivo, mi amor, estás vivo, y nuestra hija también” (p. 94), transmite el valor de una epifanía. Marca el momento en que la narradora expresa sus más íntimas convicciones e inquietudes, el lugar donde descubre una razón poderosa para explorar lúcidamente la travesía por la lucha política en una especial coyuntura de derrota, no solo propia de la experiencia argentina, sino también del contexto del Cono Sur. Su frase porta el tamaño de una esperanza que no acepta la causa perdida, y contrasta con la propaganda militar basada en la preservación de los valores familiares y morales supuestamente amenazados por las ideologías de izquierda: la narradora ofrece su propia representación de los lazos familiares y relegitima el vínculo amoroso con su marido detenido. De Carmen Colazo, los relatos extraídos de dos de sus libros —Entre fronteras y La escuelita: éramos el agua (2025) — traslucen una singular capacidad para captar y transmitir la realidad cotidiana de la vida en Córdoba: una historia de resistencias dentro de “una vida cotidiana universitaria en dictadura”, “de una juventud en dictadura”, en “proscripción y estado de sitio”, “a la que debemos seguir relatando hasta sus más mínimos detalles, para que las juventudes la conozcan y para que no suceda NUNCA MÁS” (p. 116). Los relatos derivan del ámbito de la infancia: la casa de su abuela Serafina Córdoba —portadora de apellidos de linaje, cultora del pasado colonial, antiporteña y antirrosista (p. 101)—, emplazada en Alta Córdoba, uno de los barrios más populosos de la ciudad, poblado por migrantes y testigo de las luchas anticonservadoras de 1905. La figura del padre, nacido en 1916 —el mismo año en que asume la presidencia Yrigoyen—, cuya influencia política tiñe a la familia; y la juventud de la narradora, signada por su ingreso a Ciencias de la Información en la Universidad Nacional de Córdoba: “Me siento en el mundo” (p. 103). Un mundo, un espacio, militante en los estudios y en la política. Leemos y recordamos, junto a la narradora, los luctuosos acontecimientos que precedieron a la dictadura del 76: listas negras, detenciones, secuestros, torturas, desaparecidxs, “los campos de concentración, La Perla o el Campo de la Ribera” (p. 111). La narradora viajará a Quyquyhó, Paraguay, para llevar a su hijo de visita a su bisabuela, Ña Persita. Son tiempos del general Alfredo Stroessner, cuya primera presidencia había hecho posible el golpe de Estado de 1954; el líder del Partido Colorado gobernó por más años que ningún otro presidente sudamericano, hasta ser derrocado en 1989 por una facción militar encabezada por su consuegro Andrés Rodríguez. Vengo de una familia preparada para resistir: la autodefinición que precede los relatos de Alicia Corzo (1967), que recuperan la vivencia de una niñez marcada por la violencia y el crimen perpetrados por el poder militar. Lecturas prohibidas por la dictadura, libros enterrados, estantes de las bibliotecas con espacios vacíos “que yo recorría lentamente y en silencio, quizá buscando una respuesta a aquella intrigante prohibición de los militares” (p. 121). Una vuelta a la región de la infancia, menos para regodearse en los buenos recuerdos que para interrogar episodios, a veces tormentosos, a veces secretos. Los relatos de Mónica Flores (1954) —“Sábado de mayo” y “El niño prófugo”, narrados en tercera persona; “Cómo fue el después”, en primera— instalan un doble juego de distancia e identificación. En los dos primeros, los hechos históricos están al servicio de la ficción. Diana y Darío, muy jóvenes militantes, deciden emigrar con su pequeño hijo a causa de “la cacería, que hacía más de un año que había comenzado en todas las provincias. Y seguía todavía con furor” (p. 133). El proyecto se frustra con la detención de Diana y la muerte de Darío. Liberada, Diana viaja con su hijo y su madre a Santa Cruz de la Sierra y luego a La Paz, cuando “se ha extendido en La Paz la huelga de hambre de los 72 mineros de Catavi” (p. 140), contra la dictadura del general Hugo Banzer. “Cómo fue el después” representa a un grupo más amplio y formula una denuncia del pasado: no se limita a describir el exilio, sino que emprende una nueva búsqueda de sentido de la experiencia. Un proceso de construcción de significado —que alterna entre pasado y presente e incorpora las narrativas de los dos primeros relatos— a través de una representación simplificada, estrategia para realzar la dimensión simbólica de un pasado que cobra relevancia cuando se vincula dialécticamente con un presente abierto y continuo: “Se llamaba Sergio y era de Buenos Aires.Él me acompañaría en ese después” (p. 143). El énfasis de “Cómo fue el después” recae en el sujeto que recuerda. La importancia de la dimensión singular del recuerdo resguarda la memoria social como característica del proceso: el ejercicio y la acción del propio cuerpo y de los sentimientos en la rememoración. Esta característica —que, aun de manera sucinta, señalamos en los relatos de Alicia Corzo— asiste cada una de las páginas de Mujeres con memoria. Aquí, “asistir” significa presenciar, pero también —mágicamente, y la lectura lo permite— acudir. Acudir a la memoria.











