POEMAS DEL EXTRANJERO, POEMAS DEL DESHABITADO

POEMAS DEL EXTRANJERO, POEMAS DEL DESHABITADO

Angela Gentile

La extraña ontología de este poemario presenta a un sujeto lírico que se percibe a sí mismo y a los demás como fragmentos de una realidad que no pertenece a nadie. Este extranjero es, a su vez, testigo de la memoria que habita suburbios y lleva su existencia a recorridos poco frecuentes. El eje vertebrador se encuentra en las repeticiones de una aparente parálisis existencial, algo del Sísifo de Albert Camus: la vida, sin un sentido determinado, vale en sí misma por la libertad que ofrece. Ese paso lo da quien observa y recorre su propia desconexión; la identidad es solamente un refugio. Leandro López expresa la tensión entre la decadencia —en poemas como “Hojarasca”, “Ceniza” y “Los ídolos de arena”— y la sacralización de lo cotidiano en “Objeto de culto”. Este poema es clave, porque contribuye a pensar que, al perder el concepto de absoluto, los seres humanos tienden a divinizar un objeto, sea una llave oxidada o el propio dolor. Todo lleva a completar los vacíos que se encontraban siempre en la “inmutable infancia de la sangre”, único culto admitido porque es lo primario, lo anterior a toda construcción del ser social: es la autenticidad. Se recorren y se construyen escenarios urbanos, sensaciones de fines de ciclo como “el declinar de todos los mitos”, de la cual referiremos más adelante, y también un aire surrealista con versos como “gritos no nacidos llueven hacia arriba” o “ángeles estaqueados”. La imaginación acuerda con una pérdida del orden lógico y lo divino no tiene demasiado soporte —“Dios parpadea”, escribirá— en una confusión hombre-poeta. Es interesante el ritmo sincopado del poemario, pues emula el desasosiego, al igual que el recurso de las imágenes que impactan al lector y lo detienen al intentar visualizar la degradación mediante palabras poéticas como “la lúcida flecha del idiota” o “silencio como un vigía que babea”. Poemas del extranjero, de Leandro López, hace pensar en una intertextualidad equilibrada, pues el Kundera del concepto sobre el absurdo como el Camus de la cita inicial revela la lucha del artista por capturar aquello que aún no se ha tocado. En ese agón, se destina la magnificencia del ser poeta a la soledad más radical, donde el espejo refleja al otro habitante: aquel que vive en el reino absoluto del desconcierto como condición metafísica y testimonio existencialista. Otro punto interesante del libro es la atmósfera que habita el extrañamiento frente al mundo y frente a su propia subjetividad, porque ese sujeto lírico admite su incapacidad de pertenencia en la estructura: “No sabe…”. Esto lo lleva a cierto aire sartreano, intentando la justificación de una existencia que no comprende, donde el orden del mundo es precario e indiferente al sufrimiento humano: “A veces Dios parpadea”. Existir es un “tiempo abortado”, solamente voces en carrera hacia el vacío. En el poema “Resaca” se presenta el tema irreversible del tiempo, donde la culpa es ontológica, fundiendo daños atemporales: Cuando sabe que no puede volver atrás. Todo el daño y su estela de sangre coagulada, ¿de revolcarse en la culpa surgen culpas todavía más hondas?”. Es un poemario diferente dentro de la obra del autor, donde caen los mitos y los gestos, y el ser humano intenta aferrarse a algo, como sugiere ese “Objeto de culto”, antes mencionado y ahora releído en sus primeros versos: Cualquiera puede ser objeto de culto. Un lúcido vestido de harapos / que profetiza la abundancia en el abandono”. Luego del recorrido, el poeta concluye con una idea más biológica y materialista: Sin embargo, el único objeto de culto general es la inmutable infancia de la sangre. “Cuerda que vibra, pero no traiciona”. Es todo lo vital que permanece cuando el mundo se desvanece. Estéticamente, es un poemario de una imaginería constante: espejos turbios, pantanos, ángeles estaqueados, hojarasca; símbolos de una estética de la decadencia cuyo motivo no es redimir, sino testimoniar. Ese “testigo sin memoria” es quien habla sobre los esfuerzos del ser humano por “permanecer”. El sujeto lírico sabe que la verdad, única en su modo, sobrevive al naufragio de la identidad; y, como Pessoa, es consciente de que la única realidad son las sensaciones internas y abstractas que nos organizan en lo exponencial de la vida.

 


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