La metaficción como mecanismo de defensa: Deconstruyendo el "felices para siempre"

La metaficción como mecanismo de defensa: Deconstruyendo el "felices para siempre"

Alicia Pérez Lázaro

¿Qué ocurre cuando las herramientas de la literatura clásica se enfrentan a la aridez de una sala de hospital? En mi reciente novela, Luna de Queso, me propuse explorar la frontera donde la teoría literaria deja de ser una disciplina académica para convertirse en un salvavidas. El proceso, que se extendió a lo largo de catorce borradores, fue un ejercicio de disección sobre cómo el lenguaje puede ser, al mismo tiempo, un refugio y una prisión. La premisa de la obra nace de un conflicto filológico: Arturo, el protagonista, es un estudiante que intenta redactar el "cuento de hadas definitivo" para su hermana María, quien se enfrenta a una enfermedad terminal. Sin embargo, este acto de amor se convierte en una batalla técnica. Arturo utiliza los tropos, los arquetipos de Propp y la estructura del viaje del héroe no solo para narrar, sino para blindarse contra una realidad que no puede editar. Como autora, me interesaba profundizar en la "visualización" como proceso de escritura creativa. En la novela, Arturo despierta dentro de su propio mundo ficticio, Encantia, solo para descubrir que su historia está"vacía". Los dragones son de cartón y los héroes carecen de alma. Es aquí donde la metaficción cobra sentido: el autor se ve obligado a enfrentarse a sus propios esquemas y a entender que los clichés son, a menudo, el miedo del escritor a la vulnerabilidad. Luna de Queso no es solo una historia de fantasía; es una reflexión sobre la honestidad narrativa. A través de este juego de espejos, planteo una pregunta al lector: ¿Por qué nos refugiamos en los finales cerrados cuando la vida es intrínsecamente inconclusa? La obra propone que la verdadera literatura no reside en la perfección del tropo, sino en la capacidad de la ficción para dialogar con el dolor sin maquillarlo. Escribir esta novela supuso un equilibrio constante entre la rigidez de la estructura narrativa y la fluidez de la emoción cruda. El resultado es un homenaje a la palabra como refugio último, un recordatorio de que, a veces, para contar una historia real, primero debemos estar dispuestos a dejar que nuestra propia ficción se desmorone.

 


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