Watkins: en pos de iluminaciones y una poética metafísica

Watkins: en pos de iluminaciones y una poética metafísica

                                                                       Fernando Burgos Pérez

 

En las prístinas imágenes de Árboles y Tordos fluyen los lineamientos de un cuerpo lírico que, en principio, asociamos al ámbito de la naturaleza: el clamor vertical de los árboles junto al vuelo danzante de los pájaros. Y, sin embargo, la tradicional alabanza a la naturaleza está ausente.

Lo que, más bien, emerge de estos dos fascinantes libros de Tomás Watkins es el estatuto de una poética que engloba, en lo imaginario de la naturaleza, un himno metafísico. Músicas —tañidos de árboles— y colores —marrón, azul, verde— llenan un espacio sin riberas e intemporal. Y, con todo, la palabra no desaparece, sino que se vuelve etérea: tal vez una paleta con la cual el nuevo organismo escritura-pintura escoge colores, dimensiones, sombras e iluminaciones que aumentan la carga imaginativa del lenguaje.

Gaston Bachelard nos recuerda que en el siguiente verso de Rilke: “El mundo es grande, pero en nosotros es profundo como el mar”, hay una hermosa comprensión de lo que el filósofo francés denomina “la inmensidad íntima”. En este punto, resulta iluminador observar hacia dónde se dirige la poesía de Watkins, puesto que en ambos libros la naturaleza no tiene nada de simple: “en su contra: el árbol tiende a la complejidad”. Se eleva, se mueve, escucha, respira y muere para darnos su oxígeno y permitirnos comprender la rizomática extensión de sus vasos comunicantes.

El árbol nos da la palabra. Nos inventa el verso. Nos hace imaginar. Nos lleva a lo celeste. Nos piensa de buenas almas —que no es lo mismo que buenas intenciones— a pesar de conocer de sobra nuestro carácter violento. Pero, además, nos da la existencia. Por lo mismo, al quedar “fuera de Árboles, el mundo envanece”; “deberían gobernar los árboles”, y “es tiempo ya de comprender el Presente. La sed de todos los árboles”.

Esa sed, en estos poemas, hace hablar el silencio de los árboles. Puede ser con otro silencio. Puede ser sin palabras. Pero aquello de lo que siempre disponen es de esa inmensidad íntima a la que se refiere Bachelard. Los árboles hablan de su soledad al sentir el abandono humano. En ellos se recoge la interioridad del ser; su modo —cada vez más escaso— de religarse con una totalidad, con un universo que no se descubre mediante tecnologías, sino que se revela solo desde un recogimiento interior.

Sin embargo, queda aún algo por entender de un modo más profundo.¿Qué es lo inmenso? ¿Se trata del empequeñecimiento del ser humano frente a la incertidumbre de miles de universos y cosmogonías? Al respecto, es significativo lo que Bachelard señala al aclarar que lo inmenso no es un objeto y que, por ello, solo “una fenomenología de lo inmenso nos devolvería sin circuito a nuestra conciencia imaginante”. De este modo, en lo inmenso se instala la conciencia humana: lo entienda o no, lo imagine o no.

En esta dimensión metafísica de lo inmenso, Watkins sitúa su poética al asociar, en primer lugar, la escritura con la presencia de los árboles: “si cuando escribo Árboles siento que los toco”. No hay diferencia alguna entre escribir y sentir los árboles. La palabra es árbol. El árbol es palabra.

El segundo aspecto revela una dimensión aún mayor: “soy, al fin, por ellos”. Este es el plano metafísico al que me refería anteriormente, expresado de manera inequívoca. Si se tratara solo de existir por ellos, quedaríamos en el nivel elogioso tradicional de la naturaleza.

Pero lo que el árbol verdaderamente permite es ser. Y ser, en estos poemas, es interiorización del universo, porque en el fondo lo que descubrimos en la “desnudez del aire” que nos ofrece esta poesía es que el árbol es un universo en sí: uno entre tantos.

En Tordos, la escritura también se conecta con la vivencia de la naturaleza-pájaro: “mi texto —de— la —asfixia— cada día se oxigena con danza de tordos”. La palabra respira en y por ellos: cuerpos aéreos sobre los cuales el hablante lírico puede “cabalgar en sus lomos”. En los tordos acaece el viaje del poema, el reposo inicial de la imagen que estalla en giros y vuelos. Esa estampida luminosa de cientos de alas ocurre —al igual que la de los árboles— sin fijaciones temporales.

Tampoco puede racionalizarse ni el misterio ni el dolor del vuelo. Esas alas que atraviesan “un paisaje lila de pureza” se mueven como pintura y realidad natural en el deseo, es decir, en el “decir sin palabras, sin artificio ni voz”. Son cuerpos de naturaleza y, al mismo tiempo, la escritura misma que los traza. Valga aquí una reiteración: sin alas no surge la palabra; quedaría como una imagen abandonada, sin pulsión.

Todo ello conduce a un sentimiento de cierre: “(cada día inaugura el deseo azul de abrir)”. Bellísima imagen que reúne el espacio abierto, la ensoñación del anhelo, la esperanza de continuidad, de vida y de admiración.

Me he referido al plano metafísico y, por ende, filosófico de la poesía de Watkins. Quisiera, sin embargo, precisar que uno de los aspectos clave de estos dos libros es haber alcanzado aquello que Novalis señala cuando afirma que “a través de la poesía se logra la más alta afinidad y actividad en común, la más íntima comunión de lo finito e infinito”.

Que en cada poeta haya un filósofo y viceversa no es una cuestión que concierna discutir aquí. Lo importante, si seguimos la línea de los ensayos filosóficos de Novalis, es atender a las direcciones de cada uno: “Si el filósofo solo ordena y coloca (sus pensamientos) en su lugar, el poeta desamarra todas sus ataduras. Sus palabras no son signos comunes —sino sonidos—, palabras mágicas que mueven grupos de ellas alrededor de sí mismas”.

En esta línea de árboles y pájaros que nos hablan para crear la palabra y restaurar la imagen, la poesía de Watkins, ciertamente, se ha desprendido de toda ligadura y, al hacerlo, ha privilegiado la luminosidad de la imaginación con maestría.

 

 


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