Machado y el hombre bueno

Machado y el hombre bueno

   NO están proporcionadas las condiciones de ser una buena persona y a la vez un buen poeta. Incluso parece que es frecuente entre los buenos poetas poseer mal carácter, según se deduce de la aseveración presentada por Horacio en el segundo libro de las Epístolas hace veintiún siglos, y no desmentida hasta ahora: Genus irritable vatum.Por pertenecer él mismo al gremio de los denostados, se supone que sabía lo que escribía, y puesto que no se refirió a un colega en concreto, sino a la raza irritable de los poetas en general, todos quedan incluidos en el cargo.

    Si recordamos las relaciones entre algunos de nuestros máximos poetas en tiempos clásicos, el gran don Francisco de Quevedo es el mejor ejemplo de irritabilidad, tan grande como su maestría, y la demostraba con la espada. En una época más próxima encontramos a Juan Ramón Jiménez enfadado con todos los poetas que lo veneraban como maestro, y que él consideraba ahijaditos llenos de defectos literarios y humanos.

   Pero ahí estaba también al mismo tiempo Antonio Machado, para poner una reserva a la opinión de Horacio.  En 1908 publicó su “Retrato” en verso, título que en realidad debiera ser más apropiado “Autorretrato”, en el que da cuenta de su aspecto físico y moral, además de ofrecer una poética. Es muy conocido, porque lo puso al frente de su libro más popular, Campos de Castilla, y se recurre a su cita siempre que los comentaristas desean exponer su carácter para explicar su poesía:

   Hay en mis venas gotas de sangre jacobina,

pero mi verso brota de manantial sereno;          

y, más que un hombre al uso que sabe su doctrina,

soy, en el buen sentido de la palabra, bueno.

   Colocar ese dato como específico de su personalidad resulta clarificador, porque se juntaban entonces muy buenos poetas en España, pero no a todos se les debía considerar hombres buenos. Precisamente por ello quiso destacarlo ante sus lectores, que no lo podían conocer en su biografía, como ahora sí lo sabemos y coincidimos en su retrato muy exacto.

 

El valiente

   En la sección de “Proverbios y cantares” del mismo libro, en los que fue apuntando sus pensamientos acerca de los temas proporcionados por la vida en cualquiera de sus facetas, encontramos unas definiciones sobre la bondad, que muy bien le son aplicables En el número XI traza un panorama breve y amplio a la vez de los trabajos realizados en los diversos oficios, que el poeta dice han de ser ejecutados con precisión para cumplir su función social, cada uno en su modalidad con la misma solidez:

La mano del piadoso nos quita siempre honor,

mas nunca ofende al darnos su mano el lidiador.

Virtud es fortaleza, ser bueno es ser valiente;

escudo, espada y maza llevar bajo la frente;

porque el valor honrado de todas armas viste: […]

   Para esas “gotas de sangre jacobina” heredadas de su abuelo, además del nombre, la limosna constituía una deshonra y debiera ser prohibida, en favor del trabajo bien remunerado, que favorece a los hombres, se decía en aquel tiempo en que  apenas era tenido en cuenta el trabajo femenino. Al mencionar al “lidiador” como persona con la que tener trato, no se debe pensar en el matador de toros, sino en la definición más amplia de alguien acostumbrado a pelear en la vida, recogida en el Diccionario.El lidiador se enfrenta a los problemas cotidianos y los va venciendo como puede, así que cuando da la mano a alguien lo favorece.

   Por eso la declaración inmediata propuesta por Machado,”ser bueno es ser valiente”, como lo es el lidiador, que proporciona ayuda a quien la necesita, pero no le entrega una limosna incapaz de resolver los problemas. Los útiles añadidos en el verso siguiente para significar la fortaleza de la virtud son alegóricos, propios de un caballero andante, “escudo, espada y maza”, totalmente anacrónicos en el siglo XX. Los menciona como evocación de lo que cabe esperar de un lidiador animoso, capaz de emprender cualquier acción de un trabajo honrado.

 

El mejor de los buenos

   En el proverbio número XIII sigue desarrollando su concepto del hombre bueno, aquí ya en una categoría superior,  puesto que se refiere a “el mejor de los buenos”, el que sirve de ejemplo a los demás porque condensa todas sus virtudes individuales. En este poemilla no cabe pensar en el trabajo como tema, sino en la actividad social de los individuos. El jacobinismo heredado se amplía hasta enlazar con la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano aprobada por la Revolución Francesa en 1789, primer ensayo alcanzado de libertad plena, del que todavia se beneficia la sociedad, según los casos particulares. Explica Machado:

   Es el mejor de los buenos

quien sabe que en esta vida  

todo es cuestión de medida:

un poco más, algo menos…

   Permite clarificar los límites de la acción social en la que debemos participar todos los ciudadanos. Las normas sirven como base de actuación común, pero es preciso saber aplicarlas a conveniencia. Frente al rigor de la ley general está la disponibilidad de interpretarla según los casos concretos. Es lo que hacen los mejores ciudadanos, al considerar ante todo la medida a aplicar más exacta. Se diría una interpretación de la famosa definición dada por Protágoras en el siglo V antes de nuestra era, según  la cual “El hombre es la medida de todas las cosas, de las que son en cuanto son de las que no son en cuanto no son”. Como el sofista, propone Machado considerar el mejor de los seres a aquel que conoce las medidas de las cosas.

   Como diría Juan de Mairena a sus alumnos, ha de considerarse necesaria la disponibilidad de medir los acontecimientos y sus consecuencias, en  circunstancias normales. Aquí también podemos citar una definición clásica, conocidísima, escrita por Cicerón en su tratado contra la tiranía De officiis, en el siglo I antes de Cristo, que a él mismo le hubiera venido muy bien que se le aplicara: Summum ius summa iniuria, pero los tiranos se consideran ellos mismos la encarnación del Derecho, y en consecuencia nunca se ejecuta en demasía a su modo de ver.

   Eso era lo que postulaba Machado para conocer al “mejor de los buenos”, que sepa hasta dónde llegan las medidas de las cosas en cada circunstancia.       Con seguridad no hubiera sido un buen jurista, en la integridad del término, tal como se entiende en la práctica jurídica, aunque es preferible para la imposición de las sentencias. Y lo mismo en cualquier circunstancia de la vida cotidiana. Tal vez Machado exigiera mucho, habida cuenta de la mísera condición humana, pero no era un legislador, sino un poeta al que le gustaría que las cosas fueran las mejores posibles, y no como son.

 

Virtuoso y alegre

   Se continúa el mismo discurso en el proverbio siguiente, el número XIV, con otra especificación de cómo es el hombre bueno. Para exponer sus peculiaridades Machado se tomaba a sí mismo como modelo, en esta serie de retratos al minuto concertados con el “Retrato” examinado antes, por lo que el resultado es demasiado favorable, solamente posible en un poema. Pero es precisamente lo que nos importa en Machado, comprobar cómo su ideal del hombre bueno descrito en sus versos se fue realizando hasta el último día de su vida en el exilio de la patria traicionada y vencida. Aquí propone una medida distributiva según las necesidades de cada uno:

Virtud es la alegría que alivia el corazón

más grave y desarruga el ceño de Catón.

El bueno es el que guarda, cual venta del camino,

para el sediento el agua, para el borracho el vino.

   El bueno debe procurar complacer las necesidades de los demás, ya que está dotado de esa cualidad tan poco frecuente en la realidad cotidiana. Según el poeta constituye una virtud, algo realmente difícil de encontrar en el mundo vicioso en que habitamos. Es seguro que cualquier moralista criticará el contenido del proverbio, porque propone dar vino al borracho para que siga bebiendo, lo que en su criterio estricto constituye una inmoralidad sin discusión posible. Siendo así, no cabe considerar una virtud lo que es inmoral, y por lo mismo el proverbio se hunde en una contradicción.

   Ahora bien: un poeta ni es ni tiene por qué ser un moralista. Así lo advierte la cita de Catón el Censor como un político adusto, tanto que era un tradicionalista convencido, y su comportamiento en las posguerras ha de calificarse como criminal, según comprobaron los iberos en carne propia. A Machado no le gustaba esa actitud catoniana, prefería procurar la alegría del pueblo, dándole lo que apetecía, siempre que fuese honrado.

   Y lo cumplió, estuvo junto al pueblo atacado por la rebelión de los militares monárquicos, luchando con la única arma que su edad y estado físico le permitían, la pluma invicta comparable a la pistola del general Líster, jefe en los ejércitos del Ebro contra los sublevados en la que llamó “lucha santa” en el famoso soneto que le dedicó.  

   Antonio Machado reunió todos los requisitos de bondad en su doble condición de hombre y de poeta. Por eso nos emocionan doblemente sus versos, comprensibles por todos, tanto los profesores universitarios como los campesinos y los pescadores sin cultura. Es el poeta del pueblo, nuestro poeta, siempre presente en nuestra admiración.

ARTURO DEL VILLAR

PRESIDENTE DEL COLECTIVO REPUBLICANO TERCER MILENIO

 

 

 

 

 

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