Evocación de Francisco Toledo

Evocación de Francisco Toledo

Por Joel Bulnes

Con don Francisco Toledo, —con quien para decirlo pronto nunca hablé, — tuve, no obstante, dos encuentros fugaces. El primero de ellos ocurrió cuando mi padre, que estaba al tanto de mi afición a los libros, pero también preocupado de verme sin oficio ni beneficio, optó por hacerle una visita al maestro en mi compañía con la finalidad de conseguirme un puesto en la vasta biblioteca que el maestro había establecido en Oaxaca. Mi padre decía que lo había conocido en la escuela secundaria. Don Francisco tuvo la cortesía de recibirnos, aunque estoy seguro de que si el maestro se acordaba de mi padre, resultaba obvio que jamás habían sido amigos. En realidad no había nada de qué hablar entre ellos; el único motivo de la visita era, como dije, conseguirme un empleo. Agradezco mucho a mi padre el sacrificio que hizo por mí, que no dije más que “buenos días” y me mantuve tras él durante la corta visita. El maestro, — como era llamado de un modo reverencial por todos los que gravitaban a su alrededor— me miró de reojo y se limitó a explicar que, si yo quería trabajar en la biblioteca, tendría que seguir el procedimiento de rigor, a saber, el llenado de una solicitud de empleo con mi foto que iría, en última instancia, a dar al bote de la basura, pues se sabía que para entrar a trabajar ahí, había que ser artista o por lo menos artista en ciernes, credenciales ambas que no tenía. Nuestra visita fue, desde luego, improductiva, sin embargo, no se puede negar que entre el maestro y yo hubo al menos un contacto visual. Eso sucedió cuando yo andaba por los veinte años de edad, y todavía me debatía entre volver a la escuela de medicina y la vaga idea de convertirme en escritor o en poeta, o algo por el estilo. El segundo encuentro que tuve con el maestro ocurrió una mañana veinte años después, cuando trabajaba en una mesa de la biblioteca que todavía hoy alberga una cuantiosa colección de literatura. Sucedió que mientras escribía, entró en la sala un grupo de productores de televisión. Al parecer, la sala, con su atmósfera y su luz, les parecía el lugar idóneo para llevar a cabo una entrevista con don Francisco, solo había un inconveniente: yo. Antes de que me lo pidieran empecé a guardar mis cosas para irme a otro lugar. Pese a todo, un hombre del equipo se acercó a mí para explicarme la situación. Estaba diciéndoles que no tenía inconveniente en mudarme a otra sala cuando apareció el maestro. El equipo le explicó que habían elegido la sala donde nos encontrábamos para grabar y, más concretamente, el sitio donde yo estaba. El maestro me miró como aquella primera vez, de reojo, y les dijo, “pero ahí está ese hombre trabajando, la entrevista podemos hacerla en cualquier otra parte, aquí afuera, en el patio, por ejemplo” —les dijo mientras salía—. Por supuesto nadie objetó la idea del maestro y salieron todos tras él con sus cámaras y micrófonos. No sé si quiero o creo recordar que el maestro me dijo, “siga usted trabajando”. Como se sabe, don Francisco Toledo murió en septiembre de 2019, lo que le libró, entre otras cosas, de atestiguar una pandemia.

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