Páginas al descubierto

Páginas al descubierto

Beatriz Gómez Pérez

Páginas al descubierto: ahora, los senderos más viables."Cuando hagas de tu obra, sea cual fuere, punta de lanza; habrás descubierto puertas abiertas en el confinamiento." Y heme aquí, no por azar sino por oficio, moldeando con las yemas de mis dedos, las ideas que se me agolpan en las sienes; en su punzante acto de salirse como semillas que invaden el viento con el aroma de la flor. Presionada además por el temor de todo escritor a la página en blanco, al vacío de las palabras, a los inconexos lazos de significados superpuestos. Con el perenne susurro de la voz que me aconseja: puedes continuar porque el arte siempre logra imponer sus derechos, la mente los crea y la pluma- como concreto material de la arquitectura sígnica- los esculpe. Detenerse no es opción; seguir esa majestuosa forma de decir y hacer brotar la divinidad que llevamos dentro, manifestada en colores de musa grecolatina, es el único modo sensato de elección. Por tanto, y sin más objeción, he terminado autoevaluándome con dos preguntas que respondidas llenarán mis cuartillas: ¿Por qué me siento hoy a escribir? ¿Y por qué en una hoja de papel en blanco? Un buen ejercicio, es mirar a tu alrededor en busca de las respuestas que el intelecto te debe. Recorrí mi cuarto, vi las paredes limpias en el mutismo de la tarde, los libros de todos los años, allí amontonados - con sus cuerpos al descubierto, con las huellas del trabajo en sus páginas. Estaban los elegidos por mí, los que mamá me condujo a leer, los donados por la abuela y hasta, por qué no confesarlo si no hay juez que no haya incurrido en tal delito, los que tomé prestados y aun no devuelvo. Insuficiente ya mi realidad, hacia la habitación de mamá me dispuse. Bastó asaltarle con la interrogante ¿qué haces? para recibir la sonante expresión: -veo una vieja novela. Sin tener a quién más incluir en mi sondeo, quedó como recurso la conexión a internet. Me negaba a ello, por evitar los desagradables encuentros con el narcisismo, los egos ensanchados con el adjetivo bello- cada vez más corriente- , las calamidades que se han convertido en placer de difusión, las reflexiones de vida perfectamente equilibrada que muchos se cansan de publicar sin percatarse del arremolinado fluir de las suyas, los cariños que falsean la sinceridad ( consumidos por la expresión de lo superfluo e insípido) y las aborrecibles cadenas que jamás se desatan en lo que promulgan. A falta de nuevos caminos, me adentré en todo aquello, confirmando lo que nunca haría, riendo como loca de atar con las ocurrencias de unos y sintiendo vergüenza ajena por la ausencia del buen tino de otros. Pero, para mi sorpresa, aparecieron en las redes los viejos amigos, los que acomodados a la distancia y atrapados por las trampas del tiempo, por el ritmo desarticulado de la sociedad y por el obsesivo instinto de suplir carencias económicas, habían resultado en despreocupar la constancia afectiva. Aun así, no puedo pecar de parte acusadora, cuando no soy un ente distante; sino un integrante más de la exacta realidad. Fue entonces cuando, en lugar de resolver mis cuestionamientos iniciales, volví a caer en medio de las dudas.¿Qué está pasando que antiguas costumbres vencen las modernas condiciones de vida? Y claramente, sin ser oculto para nadie, lo que ocurre traspasa las escalas de lo habitual. La naturaleza también mostró su parecer; justo en el portal descubrí que ya había llegado la primavera. Dónde estaban sus anuncios, todavía no logro saber. Pero la vi más engalanada, con su verde místico, su ola de hojas secas enredadas en las cercas y su espectáculo armado solo para ella. No advertí los pasos acolchonados por la hierba húmeda, ni el chirrear de ramas que se quiebran con el peso de los cuerpos que cargan los zapatos. Me llegó el olor de lejos, la tierra hizo las señas claras de la lluvia y las descargas eléctricas, en iracundo proceder, arrebataron a mis ojos lo hedónico del momento, para moverlos a escribir lo que ahora lees. Si te has detenido a pensar y has, a decir del buen argot popular, "atado todos los cabos sueltos"; sabrás -que las respuestas a lo que me he venido cuestionando- no son más que las imágenes devueltas por el confinamiento al que hemos sido sometidos. Imágenes como realidades que descienden de golpe en el espacio. No hay poderes al mando por siempre, este de tan relativo, cambia su lugar continuamente. Quien crea, es quien por ley debe decidir el destino del resultado y quien nos abre las puertas, por más que ceda su espacio, seguirá fiel a su sentido de pertenencia. El efecto bumerán, al fin y al cabo, es aplicable; cuanto hagas por mal, a dañarte regresará y aunque poseas el hábil manejo de esquivar el golpe, ya habrás vivido el susto. Ha tenido que llegar la pandemia para demostrarnos que por encima del desarrollo económico y canteras científicas latentes; el tiempo pasado se las arregla para llevarnos a atrás. Si bien nos sabíamos a salvo de lo que durante siglos devastó un mundo desconocedor, la arrogancia nos ha desarmado en la batalla. La naturaleza nos llama para que entendamos su lugar y asumamos el nuestro. Dejémosle su espacio y centrémonos en ser mejores humanos. Volvamos a conversar sin estar sujetos al móvil. Aprendamos que la comunicación es poderosa arma y es solo nuestra. No hagamos de la reflexión obligación, sino crecimiento. Démosle el tiempo a quienes ya se lo debíamos. Yo, de mi parte, he premiado con vida a la hoja de papel en blanco, me he realizado en el desenfado de estrujar el error con las propias manos y finalmente, complacida al llenar mis cuartillas, te he dejado mi mensaje. No desistas, persistir es buen comienzo, pero lleva siempre la humildad en una mano, la justicia en la otra y la gratitud en el corazón.¿Seguir? Pues claro que podemos, confiemos nuestras vidas al universo y salvémoslo del colapso que todos hemos provocado.

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