Lecturas cruzadas  sobre  la ciudad escrita

Lecturas cruzadas  sobre  la ciudad escrita

 

                            “Un sentido que evidencia el sinsentido con el que nos
movemos cada día y, con ese movimiento, propone la
trastienda de la lengua, lo que sucede atrás, el mecanismo
secreto que produce el efecto. Gastar entonces todo aquello
que apunte a lo familiar. Desarmarlo, ver de qué está hecho,
poner esos fragmentos sobre la mesa y soportar un tiempo
de vacío. Solo cuando se ha atravesado eso, la escritura
puede decir algo propio”

                                                                                                          Eugenia Almeida 

 

 

                                                       

 

             

 

            El espacio urbano es un texto que se puede leer:

            “Mi teoría es que en toda ciudad hay zonas- síntoma”  (Pauls).

             Sitios que condensan lenguajes, para hacerlos indescifrables:

             “Esa maqueta centrífuga en que se ha convertido mi Caballito mental, con paralelas que se intersectan, puentes que se pliegan sobre sí mismos y pasos a nivel que agachan la cabeza y se ponen a buscar el centro de la tierra”” (Pauls)

            Sobre el mapa real de la ciudad, la literatura dibuja otro. Como una capa de signos, una semiosfera que no repite ni copia lo real sino que lo desmesura, lo deja desplazarse y pulular, redescubre su fondo paranoico, redefine la forma de sus líneas y sus curvas, jaquea su aparente inmovilidad. Sobre el mapa quieto y confiable,  crece una escritura que descifra su turbada existencia invisible: la opacidad indescifrable de la ciudad que escamotea sus formas para no ser descubierta. Un paisaje imponente, saturado de marcas y de signos que preferiría ser ilegible.

            Hasta que aparece la escritura. Y dice.  

            Desde la escritura advienen zonas que se retraen y se absorben. La ciudad es la apariencia de un caos que es preciso develar, un conjunto inabarcable de relatos que se cruzan y multiplican en sitios inaprehensibles. Como Retiro; leer Retiro es descifrar el torbellino de escenas, cuerpos, sonidos y lenguajes que se imbrican día a día: el espacio de los relatos incubándose, de las palabras buscando sentidos inconexos. El narrador mira Retiro, ese pródigo universo del caos que se abre a la descripción que lo registra desconfiando de la posibilidad de construir o develar un cosmos:

            “Es el zumbido del mundo ordenado.¿Por qué no paro? Seguiría dando riendas a la voracidad de describir si no fuera porque el que escuche esto querrá una conclusión, un asomo de sentido. Pero la descripción es el placer, el deber y la condena del relato. Es el sueño de alcanzar una forma que no traicione la realidad, cuando por desgracia, la compulsión del hombre a ordenar las cosas es irrefrenable.” (Cohen)

            Esa irrefrenable movilidad del mundo y de los hombres es, como en Retiro, ilegible desde la descripción, que siempre aquieta. Es preciso hallar, como en el texto de Cohen, una narratividad sin forma que diga lo que se presiente: los que fatigan esos territorios no persiguen ni en Retiro ni el mundo entero, un centro económico, social o ideológico. Persiguen, oscura y obstinadamente, lo que les falta, la falta como vacío:

            “Los hombres se juntan porque les falta algo, básicamente una sustancia, porque se mueren en siete, ocho o nueve décadas, porque la presencia del otro modera el miedo al final.” (Cohen)

            Eso es, probablemente, una ciudad. El caos detrás de la falta intuida, no dicha, apenas descripta por la escritura sin forma aun, por la narrativa que esboza una mirada, por lo que parece verse y decirse, en el ahora, haciéndose:

            “Esto no cesa. Amorfo es solo algo cuya forma todavía no concebimos” (Cohen)

            Mientras el texto produciéndose va ensayando su forma, la lectura parece ir encontrando algunos instrumentos de viaje: las obsesiones para copiar  lo real y  los modos creativos de la representación. Si el mapa se esfuerza en ser  la copia, la escritura es la representación. La narración imagina esas instancias en el cuerpo de Russell:

            “Varias veces me hablaron del hombre que en una casa del barrio de Flores esconde la réplica de una ciudad en la que trabaja desde hace años. la ha construido con materiales mínimos y en una escala tan reducida que podemos verla de una sola vez, próxima y múltiple y como distante en la suave claridad del alba.” (Piglia)

            Desde los Diarios de Emilo Renzi, también personaje de la ficción pigliana, se dice que, para la imaginación alucinada de Russell, la ciudad real depende de su réplica:

             “Ha alterado las relaciones de representación, de modo que la ciudad real es la que esconde en su casa y la otra es solo un espejismo o un recuerdo” (Piglia).

            Como la réplica puede ser visitada solamente por un espectador a la vez, se cifra ahí el acto de leer: de a uno, en soledad, leyendo para sí la formulación de Russell, ingeniosa y paranoica, luminosa y taciturna, a la vez.

            Los textos, como un tejido que sobrevuela la ciudad material,  replican  de otro modo sus formas, sus espacios, su dinámica, sus pasajes y sus descansos. En realidad, los leen para reconfigurarlos, para ensayar la oblicua perspectiva, para adivinarles recovecos inadvertidos, para develar sentidos inexplorados o clandestinos: releen, a cada paso, la ciudad literaria. Los escritores adivinan, intuyen, sospechan, que ese tejido de símbolos y palabras influyen sobre lo real, como postulaba la ingeniería de Russell, desde la lupa de Piglia.

            Saben también, quienes leen mientras escriben, que la lectura que persiguen funciona como esa lupa, que acerca y aleja las posibilidades de entender o diseñar los pliegues de lo real, esa evanescencia que late detrás de los consistentes muros que fatigan el paisaje urbano.

            Samich, personaje central de El Testigo, sufre “una desconexión fatal con la geografía” (Chejfec) entiende el mundo dividiéndolo en dos hemisferios: el suyo propio y el otro, que es todo lo demás. Samich lee (ese acto sucede en el propio hemisferio) cartas en las que Cortázar sugiere a un amigo que, para visitarlo, lo busque “en la guía, donde alguien ha puesto datos sobre mí”. Y vuelve, entonces al Buenos Aires del año 2000. Visita el sitio donde habitan los libros, la Biblioteca Nacional, pero para solicitar guías telefónicas, para recorrer direcciones y teléfonos en desuso de escritores nacionales; traza el mapa inútil de proximidades, suposiciones y minuciosas conexiones posibles pero inexistentes. Teje la trama alucinatoria de una ciudad impensada pero, además, impensable, superpuesta no solo a la urbanidad oficial sino también al campo de la literatura, hecha también de sitios, números, pasajes y afinidades imposibles. Así como  se aproxima a la ciudad desde el circuito de los colectivos –a los que piensa desde trayectos imaginarios e irracionales-  convierte en circuitos de salida y llegada los datos de las guías telefónicas, donde lo literario se acerca al límite de su imposibilidad:

            “Empieza por la A. No encuentra a Roberto Arlt, pero lee en la guía del año 37 que un Pablo H. Arlt residía en la calle Posadas 1556 y contestaba al teléfono 41 Plaza 8409. La letra B es más prolífica, busca a Enrique Banchs,  Leónidas Barletta,  Francisco Luis Bernárdez, José Bianco, Adolfo Bioy Casares  y lógicamente, a Borges…” (Chejfec)

            Samich reemplaza el movimiento real desde los colectivos que lo conectan de modo disparatado con diferentes sitios de la ciudad por el desplazamiento, también desprovisto de sentido lógico y especialmente de utilidad, de los contactos posibles entre las direcciones de escritores conocidos. La red de la semiosfera escrituraria ha reemplazado aquí a la trama alocada de colectivos entre barrios, pero Samich siente una íntima convicción satisfactoria:

            “Imagina a Buenos Aires como una extensa colonia de escritores, el territorio temático donde intercambian números de teléfonos, comidas, fotografías y conversaciones” (Chejfec)

            El hombre deja la ciudad como testigo único de ese tejido de contactos casi  imperceptibles, ajenos al ritmo de la urbe inmensa y visible. Su operación obsesiva y atormentada de datos, cifras, numeraciones y trayectos se parece a una escritura. Acaso lo es.  

            El entretejido de relatos que componen esa trama escrituraria, como se ve, no solo observa, describe y da cuenta de la apariencia de lo real que se viste con las formas de la ciudad visible. También la desplaza, la reconfigura,  la escribe.

            A veces la recorre husmeando su costado más oscuro y perverso. La figura y la historia del Petiso Orejudo reaparecen en la voz de un empleado que  la relata a turistas en una excursión con colectivos que, otra vez, unen puntos de una ciudad invisible: el mapa del  horrendo crimen       :

            “Hacía rato que Pablo venía contando su historia. Lo venía haciendo desde hacía dos semanas y le gustaba mucho. El Petiso Orejudo había acechado una Buenos Aires tan lejana y tan distinta que resultaba difícil sugestionarse con su figura. Y sin embargo, algo debió haberlo impresionado vivamente, porque el Petiso se había presentado, aunque nadie más lo veía”  (Enriquez)

            El relato sobre el asesino serial de niños se superpone a la vieja crónica real de los crímenes inolvidables del Petiso. Los dice desde otro lugar, acercando la temblorosa existencia literaria de Pablo a la otra, lejana y presente. La escritura sobreimprime ese temblor para redescubrir su sentido, se reapropia de lo que se concibe como real para significarlo en presente continuo.

            La ciudad escrita imanta, resemantiza, reescribe a la ciudad real. Hasta proceder a su reemplazo. En el sitio donde la literatura argentina suele encontrar  su zona de clivaje, esas líneas ya existían:

            “El mundo, según Mallarmé, existe para un libro; según Bloy, somos versículos o palabras o letras de un libro mágico, y ese libro incesante es la única cosa que hay en el mundo: es, mejor dicho, el mundo.” (Borges)

            Muchos años después que el viejo teórico de Tartu, Yuri Lotman, delineara su concepción de la semiosfera, ese espacio donde todos los textos son un texto que prepara, dispone, dialoga y escucha a sus propios lectores, los escritores de una interminable ciudad rioplatense se confabulan para urdir una trama en la que la sentencia del profesor ruso cobra vigor: fuera de ella no hay lenguajeposible.  

            Y escriben, asumiendo una labor inacabada, sobre la ciudad que se ve, para que la ciudad pueda ser imaginada. Y aparece la trama, inagotable. Y esa esfera de signos y sentidos crece, se vigoriza, hasta ocupar todos los intersticios de la ciudad visible. Y sucede entonces que la ciudad que ahora se ve es la escrita y la otra, real  e inamovible, se desnuda para ser solo lenguaje, palabra, narración, literatura. 

                                                                                              Sergio G. Colautti

 

 

Textos referidos:

 

Inundación, de Eugenia Almeida, Córdoba,  2019  

Retiro. La estación, de Marcelo Cohen.En Buenos Aires, la ciudad como un plano, Buenos Aires, 2016

El testigo, de Sergio Chejfec.En Buenos Aires, la ciudad como un plano. Buenos Aires, 2016

Pablito clavó un clavito, de Mariana Enriquez.Las cosas que perdimos en el fuego. Buenos Aires, 2016

Filcar, un diario íntimo, de Alan Pauls.En Buenos Aires, la ciudad como un plano.Buenos Aires, 2016

La moneda griega, de Ricardo Piglia.Los diarios de Emilio Renzi, Buenos Aires, 2015.

Del culto de los libros, de Jorge L. Borges.Otras Inquisiciones, Buenos Aires, 1952

           

           

                       

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