David Ringrose: El poder europeo en el mundo, 1450-1750

Pasado y presente, Barcelona, 2019.          

Tal vez debiera considerarse como inexcusable la palabra poder en el contenido de un libro de historia.¿Acaso no encierra la palabra algo así como el paradigma de los significados de la actuación del hombre a lo largo de su historia? ¿La expresión tan citada del ‘Homo hominis lupus’ no contiene en su esencia algo de este trágico paradigma?          Bien, sea, el hombre es así y la predominancia en que ha desempañado su inteligencia y su fuerza para ejercerlo sobre el otro, sobre su congénere, en última instancia no hace sino reflejar su dependencia del concepto de miedo y, a la vez, el desvarío de omnipotencia que implica el dominar.         El tema aquí tratado, por lo demás, es de lo más relevante y significativo por cuanto se acomete, con rigor científico, lenguaje sobrio y acorde y una gran demostración de conocimientos fundados, lo que ha sido la empresa (de comercio, sí, pero también todo lo que ella implica) de dominación de la Europa culta e ilustrada para ampliar sus horizontes comerciales y de explotación sobre otros paisajes; en realidad, una voluntad de dominio o prevalencia de los intereses propios sobre cualquier tierra desconocida.¡Y pensar que, en buena medida, Europa ha pretendido (¿pretende todavía?) convertirse en símbolo de civilización gracias a estas empresas que han traído a sus arcas riqueza y dolor, megalomanía y tráfico de personas! ¡Qué necesaria continúa siendo una revisión a fondo del verdadero significado de los razonamientos, de los propósitos poco morales y éticos que ha generado la historia!   Y la guerra (no podemos, no debemos ignorarlo, como el gran argumento simbólico del poder); permítaseme recordar aquí una cita reciente a propósito de una gran guerra destructiva vivida en primera persona y que, por su formulación poética, alcanza una significación muy lúcida: “Cuando rememoro la guerra, nunca es verano, sino invierno; siempre frío, oscuridad e incomodidades, y la calidez intermitente del entusiasmo que nos exaltaba aun viviendo en esas condiciones. Su símbolo permanente, para mí, es una vela clavada en el gollete de una botella, la llama diminuta parpadeando con una corriente glacial, y creando, pese a todo, la ilusión en miniatura de una luz contra una negrura opaca e infinita” (V. Brittain) Negrura, sobre todo, para el perdedor; pero él había de sufrir para que el poder se hiciese patente, llamase la atención por su bandera (la que oculta tantos intereses espurios)        Ahora bien, hemos de atender a un libro de historia, y aquí el argumentario es de otra índole. Por ejemplo, y como referente universal de poder, el imperio Habsburgo: por el coste de enfrentarse a los avances turcos, por la guerra contra Francia y por las guerras de religión en Alemania en el interior de Europa estaba debilitado, más “el imperio Habsburgo de Felipe se mantuvo durante otro siglo más, pero solo porque la Corona tuvo la suerte de hallar las riquezas americanas” Y henos aquí ante la aparición de ese otro gran símbolo ejecutante en el decurso de toda sociedad, el dinero. “Todos los gobiernos europeos gastaban dinero con más rapidez con la que lo obtenían; pedían préstamos a los banqueros a unas tasas de interés muy altas y la capacidad de un rey de lograr tales préstamos dependía de lo bien que pagara los intereses de los préstamos previos”      Derivado de aquí, una vez obtenida la colonia mediante el ejercicio más o menos inmediato de la guerra, “una vez garantizada la supervivencia de la colonia, el siguiente problema era hallar algo de valor para enviar a la metrópoli, a la gente que había invertido en el proyecto colonial” Las tierras americanas pronto proveyeron de oro y plata, mientras que “el África oriental exportaba esclavos, marfil y oro. La esclavitud era una parte importante de la sociedad y la economía del océano Índico desde hacía siglos” Y también en esta situación-opresión había matices: “A diferencia de la esclavitud del Atlántico, la esclavitud del Índico presentaba muchas y variadas formas: sirvientes domésticos, peones, artesanos especializados e incluso ayudantes de confianza de hombres destacados” Con todo, repárese, estamos ante una cuestión de tráfico de intereses (incluida como mercancía el propio hombre) donde el poder sirve para distribuir a su antojo unos bienes ajenos que han sido conquistados por la fuerza.   Inglaterra, España, Holanda, Portugal (“este libro intenta abordar la realidad del poder europeo”) fueron, a lo largo de este período al que alude el libro tan -bien documentado, explicado con claridad y rigor y fuente de un extraordinario valor histórico y documental- protagonistas de una actividad universal que, si bien hacia adentro amparaba el progreso y la civilización, hacia afuera no se puede pensar tal actividad sino, una vez más en que los intereses del hombre intervienen, como el predominio del poderoso sobre el débil.             Tal es el resultado, al fin: una Europa dominante y germen de cultura que ocultó a la vez una actividad depredadora y cruel sobre la libertad de los otros hombres, destinatarios necesarios de esa cultura. “Hacia 1750 -escribe el profesor Ringrose- los patrocinadores comerciales y los gobiernos habían reclutado a casi cuatro millones de personas, la mayoría hombres, para todos estos proyectos de ultramar” Y su misión había de ser de aventureros en procura de fortuna; de conquista.           Lo que vendría a ratificar el viejo dicho, una vez más, en la historia: “Vae Victis”.

Ricardo Martínez http://ricardomartinez-conde.es


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