ENSAYO SOBRE LA CEGUERA (Remasterizado)

Me permito utilizar el título y las ideas contenidas en esta magnífica obra literaria del premio Nobel portugués, José Saramago, no con intención de plagio, sino que por identificación personal con sus notorios postulados. Desde hace mucho que una idea fija se me ha instalado en el cerebro, justo entre el corazón y la soberbia, y como algunos me vieran adelantar ayer, en agónicos estertores, YA ES TIEMPO DE DECIRLO, y sin más, lo diré: Como usuaria 24/7 de las redes sociales, en especial de Facebook, tengo el privilegio de ser espectadora de miles de expresiones del sentimiento humano, que se suceden interminablemente y de muchas formas distintas. Es así como algunos, suben fotos de sus paseos, salidas nocturnas, recitales, fiestas familiares, aventuras de amor, con tanta velocidad, que a veces ni tiempo les queda, para disfrutar de esos momentos. Otros, suben escuetos comunicados, que no son más que una especie de manotazo de ahogado. Los más, no suben ni publican nada, autoproclamándose espectadores de las vidas ajenas, en una especie de ventana virtual, donde la vecina ociosa se asoma a husmear, pero que no permite que nadie se asome a su casa, por miedo a romper su preciosa intimidad, o tal vez porque muy al interior, siente que no hay nada importante que ofrecer a otros. Y, por último, están aquellos, -los menos-, que vuelcan el corazón en sus muros, y por evidente que sean estas alegorías, para muchos resultan invisibles. Me refiero a que, que no por mucho expresar, y de la forma más auténtica que exista, nos hacemos visibles al otro. Esto es porque ese otro, es incapaz de apreciar o de internalizar sentimientos, incluso ni sus propios sentimientos. De ahí se desprende una necesaria y manoseada interrogante: ¿Qué es primero, el huevo o la gallina?, es decir, “¿Es la sociedad la que corrompe al hombre, o el hombre corrompe a la sociedad?”. Veo con tristeza, como los valores se relativizan. Unos sectores se preocupan del maltrato a los animales y vocean en las redes sociales para que la legislación se rigidice. Loable iniciativa; sin embargo, esas masas no han notado que malamente el hombre respetará a nuestros hermanos menores, si es incapaz de respetar su propia individualidad. Nuevamente manotazos de ahogado.¡Cuánta maldad contenida! Como en la obra de Saramago, en que nadie podía ponerse en el lugar del hombre que, conduciendo su auto, perdió de pronto la vista y se quedó varado, ahí en medio de la calle, ciego y desorientado, y con un entorno de personas que solo esperaban que ese estorbo se quitara pronto de la vía para poder circular. Asimismo, vivimos la vida, deseando que el de adelante, o de atrás, no estorbe “nuestro progreso”. O como aquel señor que, haciendo gala de un altruismo maravilloso, se ofrece a guiar al pobre hombre ciego a su casa, y termina robándole el auto, aprovechándose de su ceguera, antes que su generoso gesto nos llenara de emoción, demostrándonos que, al parecer, vivimos en una habitación a oscuras, iluminada solo, por nuestros propios egoísmos.¿Y los valores, qué? ¿Existen, o solo son un invento más de la literatura? ¿Es el hombre en realidad un engendro ciego de nacimiento, encaminado hacia la luz por las letras y las artes o tal vez por las creencias arrastradas por una costumbre ancestral? ¿Y la familia qué? ¿Acaso la familia no es la cuna de nuestros saberes? De pronto se les viene un hijo y ellos, padre, madre, abuelo o a quien le toque la labor, deciden que lo formarán así o asá y que este, será reflejo de las creencias que los sustentan. Es así como, las familias cristianas, evangélicas o mormonas, educarán a sus retoños bajo estos preceptos, en intensidad variable a su realidad en ejercicio. Las familias deportistas extremas, saldrán con el bebé colgado en la espalda a escalar un cerro, ¿y por qué no? También una montaña, comprarán una bicicleta múltiple y lo iniciarán de pequeño, en el yoga o la meditación. Las familias con gusto de la buena mesa, por lo general tienen hijos de hábitos alimenticios acordes, y así… todos igualmente respetables. La lógica descansa en una guía parental casi exclusiva, mediatizada por los aprendizajes escolares futuros y los intereses personales del chiquillo en cuestión. Hasta ahí todo bien, pero ¿qué hay con esos hijos que “le salieron” delincuentes a algunas familias? ¿Será como la fruta, que alguna sale mala? He sabido que cuando es así, hay que separar enseguida esa fruta del resto o sino, pronto toda las demás estarán también podridas.¿Quién es el hacedor de esa corrupción? ¿A quién le tiramos la pelota? Se dice que de padres autoritarios salen hijos acomplejados. Recuerdo haber estado viendo las noticias y mostraban a los padres de un asesino y delincuente implacable. Un hombre joven, cuyos padres desolados, se veían gente humilde. El padre, con las manos maltratadas por el trabajo honrado, la madre, con el sufrimiento retratado en los ojos.¿Serían ellos los padres del llamado demonio en la tierra y su caso, una excepción dentro de la generalidad de hijos reflejo de sus padres? ¿Dónde está el error? ¿Quién tiene la culpa? ¿Estamos corrompidos desde el nacimiento o se nos mete el demonio en el camino? ¿Y lo que es más importante, cualquiera de estos estados, es reversible voluntariamente? Es decir, ¿podemos remontar nuestros egoísmos y convertirnos en mejores personas, capaces de poner los sufrimientos de alguien más, por sobre nuestro propio dolor? Esta interrogante me ronda desde hace mucho, cuando asisto impotente al desmoronamiento de nuestra sociedad, que irónicamente, tal vez estuvo desmoronada desde siempre, y nadie se dio por avisado. Duele. Duele la verdad verme y vernos ocupados de mil y una estupideces, en vez de dedicarnos a vivir en el amor. Porque es el amor, la fuente donde se refresca nuestro ser. Desde allí, es posible contemplar con benevolencia aquello que nos enloquece. Desde el amor es posible construir los castillos en el aire que soñamos y desde donde siempre debimos mirar. Basta de egoísmos. Seamos al fin como el Principito, miremos con los ojos del alma. Está ahí, mírenla. Un poco acorralada por la soberbia y otros males, pero aún sirve. Estoy harta de hacerme la que no lo veía. Esta verdad me estaba ahogando, por eso tenía que decírselos. Y también decirles que cuando les digo cuánto los amo, es porque los amo y no porque desee sus favores. El amor todo lo puede, el milagro del amor es infinito y alcanza absolutamente para todos. Si lo consideráramos una materia más en el colegio, ya no harían falta estas campañas de concientización pública para ser donantes, ni para frenar la violencia intrafamiliar o el maltrato contra los animales. No haría falta un cumpleaños o Navidad para decirte cuánto te quiero o cuánto me alegra tu éxito, que nunca envidiaría. Porque desde el amor, los sentimientos oscuros no existen, solo la luz del entendimiento, que algunos llaman empatía o altruismo. Lamento haberme extendido tanto, pero tenía que decírselos. Espero la próxima vez, demorarme aún más. Los quiero.

Patricia Cecilia Sepúlveda Manríquez

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