CIELO NOCTURNO. SOLEDAD PUÉRTOLAS

“Soy yo quien recuerdo, yo, el alma. Y no obstante, no comprendo la fuerza de mi memoria, a pesar de que sin ella no podría expresar lo que soy” Y ¿qué habré de decir cuando estoy seguro de recordar el olvido? ¿Diré que no está en mi memoria lo que recuerdo? (San Agustín) Pero, ¿qué es recordar, si no pasar por el corazón, volver a pasar por el corazón, muertes, presencias, amores y desencuentros? ¿Qué nos ha querido sugerir Soledad Puértolas revestida de la presencia ligera, constante, inadvertida, de la protagonista sin nombre de nuestra historia? ¿Qué tiempos frágiles e incipientes ha querido rememorar trayéndolos al borde de la memoria? ¿Por qué alterna, con tanta maestría, la voz del pasado y el tiempo presente? ¿Nos precipita, como tantos otros, a la nostalgia de una época que fue infinitamente mejor, o al menos, más fascinante y creíble? Creemos que no. Evoca el paso del tiempo como algo necesario, novedoso, contingente, irrevocable. A menudo, este se tiñe de colores ocres o grises como la ciudad, o el ajado uniforme, o “se oscurece” de negro como algún recuerdo sombrío, o el cielo nocturno de una noche cualquiera. Soledad narra en presente los hechos que marcaron un antes y un después, como un lento viaje en tranvía. Itinerario hacia algo desconocido, que deja atrás lo que hasta entonces había sido cotidiano:            “En el tranvía nos sentamos en el banco de madera. […] No me siento preparada para lo que me espera, si de verdad me espera algo. Quizá no haya nada al final del trayecto” (Puértolas, Soledad, Cielo nocturno, Barcelona, Anagrama, 2008, primera edición. pág. 87.) Los instantes se desgranan en la novela, lentos, pausados, al ritmo del traqueteo de este medio invisible que conduce a un nuevo destino: “Días tan lentos, […], tan largos que pesaban”. En “desmesurada duración”, Con “implacable monotonía” (P. 92) Y, a menudo, el tiempo, en la propia existencia de la protagonista se torna “cárcel”, “cárcel del tiempo”( P. 93) Otras veces, el pasado se hace presente cuando acecha, preconiza oscuridades: “Es un atardecer oscuro, bochornoso, el cielo está nublado” (P. 94) Aproxima el recuerdo para dar plenitud al instante. Y este, a menudo, es un preludio de la historia que comienza en el tiempo pasado: “La fiesta de cumpleaños en casa de Concepción Aínsa fue el atisbo, la promesa. Todo había quedado pendiente. Empieza ahora. Ya no terminará”( Puértolas, Soledad, op. cit. P. 108) Es el pasado que se asoma al presente como una sospecha, como algo inacabado, “pendiente” de concluir. A veces, los recuerdos regresan al presente, y la protagonista desempolva su significado. Saca a la luz todo su contenido y este adquiere tintes de representación, de irrealidad: “Le cuento a Mauricio este recuerdo. Un recuerdo que deja de ser recuerdo es una representación”. (Ibidem) Y continúa la novela haciendo camino, adentrándose en descubrimientos, mencionando la aparición de nuevas formas de entender la realidad…Estas, lejos de provocar entusiasmo o euforia desmesurada, inducen a la protagonista a experimentar miedo, falta de convencimiento, desánimo en algunas circunstancias: “Aquellas reuniones me estremecían”(p.116) En ocasiones, la alternancia de tiempos verbales explicita la descripción de diversos estados interiores: sentimiento de libertad, bienestar, inseguridad o asombro: De nuevo en presente exclamará: “No se desea nada porque todo lo tienes. La vida te posee”(p.141). Y esta vida será entendida como una larga e irremediable pérdida: “Sentí miedo. Más bien era una sensación de pérdida.[…] Fue una punzada que me estremeció por dentro, un instante de dolor”.(p.155) Y el corazón, que no sabe de olvidos, ni de ausencias, se recrea en el recuerdo de la amistad pasada. Regresa a otro tiempo, la rescata de allí y actualiza en el presente su auténtico valor: “Camino de la casa de Dolores, en el autobús, me voy alejando del centro de la ciudad. Voy en busca de algo que, tal vez, ya ha dejado de interesarme”.(p.164) Es paradójico que el mundo silencioso y casi olvidado del colegio, reaparezca en el presente, casi por casualidad. Y así retornan vidas que, en su momento, despertaron cierta curiosidad o interés, y que ahora en la distancia del tiempo, y con la mirada adulta del paso de los años, sus piezas desmadejadas encajan en un puzle perfecto. Y así: “Como si Carmen Gómez Moraleda se hubiera puesto de acuerdo con Rosana Corrales para llamarme, y traer de nuevo a mi vida, los recuerdos del colegio, a los pocos días, recibí la llamada de Carmen”(p.222) El paso del tiempo y de las circunstancias empujan, casi por casualidad, a nuestra protagonista al encuentro de vivencias desconocidas. “Caí en ellas sin desearlo demasiado, fundamentalmente empujada por la curiosidad” “Como si hubieran sido convocados por una fuerza superior”(p.228). Y así, a través del largo sendero del tiempo, y por el ancho camino de la experiencia, la autora desgrana cuestionamientos, certezas y necesidades. Nos adentra en su reivindicación de la libertad personal: “[…] Yo la admiraba por eso. Porque nada influía en sus pensamientos. Salían de sus propios deseos”(p.173), en el profundo deseo, que no conoce tiempos, de ser feliz, de sentir protección y seguridad “en la noche inmóvil y estrellada” (p.242) de cualquier cielo nocturno, o de cualquier agosto de la memoria. “¿Diré que el olvido está en mi memoria para que no olvide? - se pregunta de nuevo San Agustín. […]En cambio, ¿qué hay más cerca de mí que yo mismo? Y, no obstante, no comprendo la fuerza de mi memoria a pesar de que sin ella no podría expresar lo que soy”.¿No es acaso esta, la experiencia que nos ha donado Soledad Puértolas? La fuerza de la memoria, y el paso por el corazón de momentos, instantes y realidad? Porque ¿qué es la Literatura, si no recuerdo; abandono en los brazos de la memoria para que ella ilumine y haga nuevos los fragmentos de esto que llamamos vida? Y “El arte es recuerdo: el recuerdo es el deseo que se vuelve a representar”( Connolly Cyril, Tumba sin sosiego)                                                                                                  

Montserrat Olmedo de los Ríos          


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