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El acto de narrar en Onetti: relectura de La vida breve

Por José Miguel Domínguez

 

“[...] Doniazada dijo entonces a Scheherazada: “¡Hermana, por Alá sobre ti!, cuéntanos una historia que nos haga pasar la noche”. Y Scheherazada contestó: “De buena gana, y como un debido homenaje, si es que me lo permite este rey tan generoso, dotado de tan buenas maneras”. El rey, al oír estas palabras, como no tuviese ningún sueño, se prestó de buen grado a escuchar la narración de Scheherazada.

Y Scheherazada, aquella primera noche, empezó su relato... [...]”

Las mil y una noches.

 

“[...] –¿Qué gigantes? –dijo Sancho Panza.

–Aquellos que allí ves –respondió su amo– de los brazos largos, que los suelen tener algunos de casi dos leguas.

–Mire vuestra merced –respondió Sancho– que aquellos que allí se parecen no son gigantes, sino molinos de viento, y lo que en ellos parecen brazos son las aspas, que, volteadas del viento, hacen andar la piedra del molino. [...]”

Don Quijote de la Mancha.

 

Publicada en 1950, la novela de Juan Carlos Onetti constituye un punto de inflexión tanto en la producción del uruguayo como, al decir de Juan José Saer, en el panorama de la literatura de habla hispana.(1) Sólo me interesa comentar aquí el primer aspecto y las impresiones de una relectura que, por fortuna, no será la última.

Apenas se empieza a recorrer la obra, llama la atención la multiplicidad de relatos que se superponen, que el texto decide construir frente a los ojos del lector. Es decir, el eje de la novela podría no ser otro que una propuesta sobre el sentido –el significado– de la literatura.

El acto de narrar, entonces, se potencia: en virtud de los siguientes ejemplos, tal vez pueda afirmarse que la narración es, en términos bajtinianos(2), el héroe de la novela.

Los primeros capítulos nos anuncian un Juan María Brausen que se ocupa en imaginar (construir el relato de) la forma en que habrá de amar a su mujer recién operada. Gertrudis tiene un pecho menos y es preciso que Brausen anticipe la historia del reencuentro. Al mismo tiempo Brausen comienza otro relato: los fragmentarios sonidos de la habitación vecina, los signos que le son dados a él mismo y al lector bajo la mediación de una pared, se convertirán en la materia prima de una historia que tendrá a la Queca como protagonista. La pared y un relato que crece, que pugna por justificar su derecho a la existencia.

El lector cuenta, hasta aquí, con dos relatos a los que debe agregarse el más obvio: la novela por la que se está transitando. Tres relatos, pues, si no fuera porque Brausen también ha aceptado el encargo de redactar un guión cinematográfico. Así nacen Díaz Grey y Santa María, así Elena Sala y los ingredientes para un policial que nunca acabará por ceñirse al género. Cuatro relatos, entonces. O tres y uno que contiene a todos, que absorbe la realidad ficcional y otras ficciones en la ficción novelesca.

La fundación de Santa María como espacio merece un comentario especial: aunque en textos anteriores de Onetti ya aparecen el río(3) e incluso algún esbozo de personajes que serán recurrentes, con La vida breve nace ese mítico pueblo cuya imprecisa ubicación nos sitúa en algún lugar entre Montevideo y Buenos Aires. En adelante, y hasta la última producción del autor, cada sujeto que transite por uno de sus cuentos o novelas lo hará siempre en el marco de Santa María o sus alrededores (los pueblos de Enduro y Lavanda). Es más, retomando lo que desde mi punto de vista puede considerarse una tradición balzaciana, el genial uruguayo poblará sus historias perpetuamente con los mismos personajes, sólo que regulando la mirada, los tiempos vitales, e incluso transgrediendo las propias convenciones, como para corroborar que nada es más importante en su literatura que la narración misma.

Cada relato, decía entonces, tendrá en La vida breve su ritmo y sus exigencias, pero dos de ellos, al menos, irán progresivamente acercándose. Brausen inventa al médico Díaz Grey, su personaje en la ficción de Santa María. Brausen también inventa a Arce, su personaje en una realidad ficcional que, acaso por ese mismo hecho, comienza a perder el status de realidad esperable (bajo la piel de Arce, Brausen entabla relaciones con la Queca, una prostituta que ocupa el departamento contiguo al de la pareja Brausen-Gertrudis, sin enterarse jamás [la mujer] de que su nuevo amante ha sido siempre su vecino). Díaz Grey es alter ego de Brausen, Arce es alter ego de Brausen. En ambas historias muere una mujer que es deseada: Elena Sala, amada por el doctor, se suicida (una sobredosis de morfina, probablemente); la Queca, codiciada por Arce y su envilecimiento(4)  es asesinada por Ernesto, quien frustra las tentativas homicidas del propio Arce.

Estas correspondencias entre los dos relatos (no son las únicas, por otra parte) van conectando sus dos vías, y lo harán –como se verá enseguida– hasta desdibujar los límites entre realidad y ficción (Saer, en el artículo citado, considera este aspecto como una reelaboración virtuosa de viejos temas cervantinos y calderonianos).

¿Qué nos propone, en definitiva, La vida breve? ¿Qué otra cosa que una profunda reflexión acerca de la importancia que los relatos tienen para el hombre, acerca de cómo el escritor se funda en fragmentos para construir los mundos ficcionales, acerca de cómo cualquier hombre sólo cuenta con ellos (fragmentos) para construir su historia?

Si en Las mil y una noches Scheherazada evita que el rey Schahriar la ejecute contándole historias que lo mantienen suspenso y embelesado, en La vida breve, análogamente, “contar” es multiplicar la vida, prolongarla, extender la nimia existencia cotidiana, trastocar el destino escrito por otros Bráusenes (todos los Bráusenes que anteceden a Juan María, e incluso él mismo, no son otra cosa que “moldes vacíos, meras representaciones de un viejo significado mantenido con indolencia, de un ser arrastrado sin fe entre personas, calles y horas de ciudad, actos de rutina” [página 136 de la edición de Sudamericana]).

El pasaje quizás más sorprendente del texto es aquel a partir del cual, verdaderamente absorto, el lector comprende que Brausen y Ernesto se han largado a Santa María, el lugar imposible (recordemos que Santa María era una invención de Brausen en tanto escritor). Pero es que Brausen es Brausen-Arce, un ser modulado por el ejercicio ficcional, ni enteramente de carne ni enteramente de papel. Con evidente ironía, el propio Onetti hace de sí mismo un personaje que comparte, por breve tiempo, la oficina con Juan María Brausen. Y aquí aparece otra correspondencia interesante: la relación entre Brausen y Onetti-personaje no está exenta de desconfianza, acaso la misma desconfianza que lleva a los sanmarianos reunidos en una confitería a rechazar la presencia de Arce y Ernesto en el mismo salón (debido a la reticencia del mozo, los visitantes deberán ocupar una mesa en el primer piso, cenar separados de los moradores del lugar). El rechazo y la desconfianza parecen aludir a la condición de autor que tanto One¬tti como Brausen ostentan: si los escritores no ponen límites a sus relatos, los personajes –exhibiendo su creciente autonomía– se ocupan de señalar la inconveniencia de que un autor u otro transgreda más de la cuenta las posibilidades narrativas. Nueva ironía, Brausen-Arce cena arriba –en el lugar de Dios– y presencia una nueva colección de fragmentos que habrán de convertirse, tiempo después, en trama de la novela Juntacadáveres.

Por todo esto, La vida breve puede leerse, por una parte, como culto rendido a uno de los más esenciales aspectos del hombre: el acto de narrar; por otra parte –diría Saer– como una moderna y apasionada reelaboración del tema cervantino por excelencia: la realidad de la ficción.

 

1. Saer, J. J. “La rebeldía del derrotado”. Clarín, Suplemento Cultura y Nación, 26/11/00.

2. Mijail Bajtín, teórico ruso (1895-1975), sostiene que en toda obra de arte literaria participan tres sujetos textuales básicos: autor, héroe y auditor (categorías inmanentes); el héroe, acorde con Bajtín, es aquello de que se habla y no necesariamente coincide con un personaje.

3. Cfr. Cardenio,  “Tres finales, la soledad y el río. Lecturas en torno a Celine, Miller y Onetti.”, Rakolnikov N° 1, páginas 4 a 6, Abril-Mayo de 2003.

4. Aquí valdría la pena indagar algunas semejanzas entre Arce y Erdosain, el personaje de Roberto Arlt en Los siete locos y Los lanzallamas.

 

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