DESDE LA CIUDAD DE LOS MIRADORES

  • Autor: JESÚS Mª PÉREZ GARCÍA
  • Biografía Autor: JESÚS Mª PÉREZ GARCÍA
  • Género: Poesía
  • ISBN: 978-84-18845-60-4
  • Nº Páginas: 212
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • Año: 2022

Escribo para estar vivo. Aunque llore al escribir. A veces, al calor del corazón, en el fragor de la noche, me hierve la sangre cuando escribo y arriesgo una idea en cada renglón. Nunca he dejado de escribir porque, en estricto sentido, debería decir que lo necesito. Escribir es, para mí, la obstinada conquista de un ansia tenazmente perseguida, de un instante buscado a quemarropa. La poesía, en mí, es pasión, es desnudarme con la palabra, es mi válvula de escape y mi refugio. Es un espacio de placer cargado de sensibilidad, de pensamientos gestados en las cavidades de las entrañas. Es una forma de afrontar los más íntimos interrogantes y convivir con ellos, de vivir en definitiva y tratar de ser yo con todo lo vivido. Es el alivio de la descarga para provocar la experiencia subjetiva de hablar con mi interior y, al hacerlo, me acomodo a mi psicología intuida. Es este poemario el analgésico de un alma enamorada y, a veces, malherida. No me atrevo a tildarme, siquiera, de poeta. Pudiera sonar a vanidad, a fatua altanería, incluso a cierto grado de altivez. Necesito escribir porque el ansia me agobia a dentelladas y porque en mi garganta han anidado las cenizas de pasados fogonazos del amor que preciso dejar a modo de legado. Graham Greene solía exaltar el placer de la escritura diciendo que “escribir es una forma de terapia”. Dar forma a un poema es buscar con ambición el mejor de los vocablos hasta encontrar en la marea de cientos de palabras el agua que disuelva lentamente el desenfreno del ansia avariciosa de la búsqueda, de la inquietud colmada, del indómito piélago interior que me ahoga. El poemario que presento no es sino un conjunto de íntimos soliloquios fruto de inquietudes en torno a una de las más esenciales vivencias del ser humano: el amor. Pasión y entrega, acaso sea el eje vertebrador de la convivencia entre personas. Es, en efecto, un glosario de conversaciones conmigo mismo, poemas escritos con los músculos del alma, disparos directos al corazón, sin miramientos, sin reparar en exceso en la abundancia de recursos lingüísticos, buscando a propósito la sencillez de la espontaneidad despojada de pomposidad, la sobriedad por escudo y la naturalidad por emblema. En este mi segundo poemario huyo, pues, deliberadamente del barroquismo, de la exuberancia de los recursos del lenguaje, de rebuscados artificios. Para eso ya me desahogué en mi anterior volumen, “Las cicatrices del tiempo”. No cabe aquí afectación alguna, ni amaneramiento, ni artificiosa ceremonia que distraiga hasta caer en la petulante ostentación. Busco el vocablo escueto y sin adornos. Nada más lejos de mi intención en esta ocasión que intentar embaucarte con mensajes de colores y frases de neón. Mi objetivo en estas páginas es tan solo poner negro sobre blanco todo un mundo de emociones, escarbar en las recónditas oquedades del espíritu hasta encontrar sensaciones escondidas o encriptadas y, sobre todo, dar vida en el/la lector/a al ansia despertar en él o en ella el duende, acaso oculto, del amor. La palabra en el poema se carga de tal peso, de tal densidad, que da la impresión de que casi puedes tocarla porque intuyes que aún existe la belleza. Ahora mis versos son consecuencias de un anhelo reflejo de una realidad ahíta de anhelos y esperanza, de un reto enhebrados en el tiempo y en el ánimo. Porque necesito descender hasta el más leve latido de la minucia que da forma al amor, explotar el tesoro del lenguaje y dejar que surjan, imparables, mis más intrínsecas reflexiones conformadas por el misterioso sortilegio de la sensibilidad, mirar los ojos densos de mis adentros y respirar el aire seductor de un sentimiento para captar su verdad y su misterio. Un misterio que trasciende el simple recuerdo para transformarse en sumario de profundos argumentos porque está poblado de alma. A la ávida hora del crepúsculo, sentado frente al fuego o bajo la directa luz de un flexo, cuando doy por acabado el más inesperado poema, las palabras descansan plasmadas en un papel y mi mano, al unísono, plácidamente sueña. Versos o prosa poética… ¡Qué más da si, al cabo, no suponen sino un ámbito básico de mi intrahistoria más visceral! Las palabras corren huidizas por los folios inmaculados desmenuzando intensas introspecciones mirando al amor como se mira un desafío, de frente y sin ambages. Por eso escribo. Para decir que amar es estar vivo.

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