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Leer profundamente en los tiempos de internet


 

Leer profundamente en los tiempos de internet

 

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Algunos analistas están denunciando que Internet está disminuyendo nuestra capacidad para leer con profundidad.
Leemos muchas cosas variadas, disponemos de múltiples informaciones, pero de poca calidad y profundidad.

La velocidad y la variedad que nos ofrece internet tiene como consecuencia que hayamos generado, de forma inconsciente, unos recursos cognitivos para lidiar con los miles de flujos de data a los que nos enfrentamos a diario. Esto hace que tengamos una mente rápida y maleable pero poco profunda, nada silenciosa y con cada vez menos capacidad de dejar el tiempo necesario para adquirir conocimientos complejos. Hablamos de niños hiperactivos pero no nos damos cuenta que nos hemos convertido en adultos hiperactivos y eso hace que el modo de leer varíe, no seguimos tanto las líneas sino que nuestra mente va buscando bloques informativos, es como si hiciéramos un escáner. En definitiva, la cantidad y la rapidez pasan por delante de la profundidad y el procesamiento.

Lo que hace complejo esto es que no podemos renunciar a este tipo de lectura, que ya está en nuestra vida diaria, desde el trabajo hasta hacer la compra, pero a la vez debemos tener cuenta de no perder la capacidad de frenada que es imprescindible para entender textos más profundos, como nos advierten los neurocientíficos.

A lo largo del día repasamos veinte, cuarenta o doscientos contenidos textuales, notas, artículos, cuentos cortos, actualizaciones, publicidad… nos será fácil comprobar que si queremos leer una novela de cierta complejidad o un ensayo largo al final del día, esto nos obliga a desprogramar nuestro cerebro de su forma habitual de lectura. Si perdemos la práctica, si por las prisas cotidianas o por los múltiples contenidos de entretenimiento que funcionan de igual modo, tenemos siempre desactivado lo que podríamos llamar el modo profundo, cuando lo intentamos conectar de nuevo se ha quedado oxidado.

Para los que ya tenemos una edad la prueba es fácil de hacer, si tomamos un libro de cierta profundidad que recordamos haber leído sin esfuerzo hace alguna décadas nos daremos cuenta de que nos cuesta más, que los ojos se van solos por la página en busca de “palabras clave”, y eso no afecta solo a los contenidos profundos, también a los correos electrónicos, que cada vez leemos más en diagonal.

Esto no tiene por qué ser dramático, simplemente el cerebro es muy maleable y se adapta fácilmente, pero sí es importante que seamos conscientes de ello para encontrar un término medio o un modo equilibrado en el que ambos procesos convivan en nuestra mente en un sano equilibrio.