PICARESCA: LA VICTORIA EN LA ALIMENTACIÓN

PICARESCA: LA VICTORIA EN LA ALIMENTACIÓN

Gabriela Teresa Ortega

Toma, come, triunfa, que para ti es el mundo. El Lazarillo de Tormes Frente a la lectura de las obras narrativas del Siglo de Oro español, más concretamente los rela-tos picarescos, resulta difícil y acaso inadecuado pasar indiferente frente a la frecuencia y al protagonismo con que el universo alimentario se hace presente, ya sea, por ejemplo, por medio del empleo de lenguaje vinculado al mundo coquinario (metáforas, etc.) o con la alusión a há-bitos del proceso alimenticio de entonces, esto es, maneras en que se cosechaban, obtenían, cocinaban y comían los alimentos. Por la pertinencia que tiene para lo que se espera desarrollar en este trabajo, resulta de especial interés detenerse específicamente sobre este último punto. Como se ha insinuado, el asunto gastronómico es ante todo -y así conviene que se entienda en esta investigación- un proceso que involucra una serie de etapas que se pueden etiquetar, a grandes rasgos, de la siguiente manera: una fase previa de cosecha de productos alimenticios, una posterior de obtención y selección, una siguiente de preparación, y las últimas de consumo y digestión. En este sentido, lo gastronómico puede ser en una lectura de las obras de la pica-resca española -y en la realidad del mundo- equiparable a un relato, a un discurso cuyos ele-mentos están distribuidos según un orden lógico y atendiendo a una sintaxis (gastronómica) particular que demanda una atención y un análisis especial. Por lo titánica que sería la labor de analizar en una muestra de obras eso que se ha de-nominado sintaxis gastronómica, no obstante, este ensayo no pretende detenerse en todos los estadios de ese discurso, sino que se buscará limitarse a leer interpretativamente -a realizar esa “aventura semiológica” que Roland Barthes tan bien expresaba en su “Cocina del sentido”- y decodificar la obtención y el consumo propios de la sintaxis gastronómica implícita en tres novelas picarescas españolas: La Celestina (1499) de Fernando de Rojas, El Lazarillo de Tor-mes (1554) y Rinconete y Cortadillo (1613) de Miguel de Cervantes. Así, bajo este enfoque metodológico de interpretación y teniendo como centro los dos estadios mencionados de lo gastronómico, el objetivo general de este trabajo será explorar la presencia en las obras men-cionadas de la relación que para los sujetos pícaros hay entre el consumo de alimentos y las ideas de victoria y triunfo, relación que para Mijaíl Bajtín en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento subyace sobre todo a la imagen del “banquete”, pero que, a efec-tos de este trabajo, se buscará expandir, intentado aplicarla incluso a otras prácticas o usos ali-mentarios menos colectivos presentes en las obras seleccionadas. Resulta acertado empezar haciendo un detenimiento en una fase anterior al consumo alimenticio que se dijo sería abordada: la obtención de alimentos. Desde tiempos inmemoriales, y más aún en un tiempo precapitalista como el Siglo de Oro español, el trabajo es lo que suele garantizar la alimentación y el sustento, aun en una época de crisis alimenticia. Pero, ¿qué su-cede en una sociedad en la que los problemas socioeconómicos son tan agudos que algunos ciudadanos tienen dificultad para encontrar trabajo o a la mayoría, víctimas de la inflación, simplemente no le alcanza el jornal para alimentarse? Una posible respuesta emerge en las figu-ras de los personajes pícaros. En los relatos del Siglo de Oro, todas estas particularidades sociales están tan presentes que muchas veces ni siquiera son mencionadas de forma explícita, sino que simplemente atra-viesan centralmente las obras y configuran los caracteres. Así, por ejemplo, aunque en Rincone-te y Cortadillo no se haga referencia directa a las contrariedades sociales de la época, no se mencione con insistencia la necesidad alimenticia de los personajes ni se explique la proceden-cia de los alimentos que son consumidos en el banquete que tiene lugar en la “estancia” de Monipodio, considerando el “oficio” al que se dedicaban los comensales -todos rufianes, la-drones, prostitutas o sicarios-, no es difícil intuir que los “platos” que desfilan sobre la estera han sido adquiridos, si no con mañas y triquiñuelas que los personajes aplican para sobrevivir sin renunciar a sus costumbres y valores rufianescos, con dinero robado o ganado mediante la ejecución de actos criminales -como las cuchilladas que les pagaban a algunos cofrades- o por medio de la venta de prendas hurtadas. Más allá de la problemática socioeconómica suficientemente documentada en otros lu-gares, se ha mencionado algo que es menester tener en consideración: el seguimiento de los propios valores y costumbres que en la obtención alimenticia logran estos personajes. Conside-rando la mencionada máxima trabajo= alimentos que define aun la sociedad actual, llaman la atención actitudes generalizadas de holgazanería de ciertos sectores de la sociedad española de los siglos XVI-XVII, incluyendo la de los sujetos pícaros en torno a los cuales gira esta disertación. Aunque este rechazo al trabajo toma sentido, por una parte, en la suficientemente conocida concepción que de este había impuesto la Iglesia y la sociedad -laborar era una peri-pecia, en cierto sentido, era incluso una actividad pecaminosa que rebajaba a quienes la ejecu-taban-, este impedimento socio-religiosa -que en el fondo no es otra cosa que una estrategia para contrarrestar la expansión de la clase burguesa y para mermar la actividad comercial dis-tintiva del mundo judaico- aunque es causa directa de la indigencia padecida por muchos no-bles venidos a menos que por honra se rehúsan a valerse de su trabajo para salir de la miseria (tal vez baste pensar en el escudero que funge como tercer amo del Lazarillo de Tormes), no es lo que explica, sin embargo, la situación de la mayor parte de la población indigente de enton-ces. Personajes literarios como Lázaro de Tormes, Pedro del Rincón y Diego Cortado no parecen ser sujetos que se guíen por esos preceptos sociales. Si esta clase de individuos que no pertenecen a la sociedad y que no le deben nada rehuyen el trabajo es debido, por un lado, a la influencia de la holgazanería y la comodidad como antivalores y el ánimo por la aventura que venía imperando en las costumbres de las clases bajas , así como, por otra parte, por la actitud de rebeldía que emerge de la conciencia adquirida de que tal consumo de fuerzas no vale la pena en una sociedad en la cual, según apuntaba Juan Beneyto en un estudio y de acuerdo con lo señalado antes, abundan las dificultades para encontrar empleos flexibles que al mismo tiempo provean jornales suficientes para alimentarse dignamente. En un contexto socioeconó-mico y cultural como el esbozado parece natural, pues, que en la fase gastronómica previa de obtención alimenticia numerosos individuos marquen “todo un ambiente en el cual se prefiere la aventura al trabajo” (215) y que, en una actitud a la vez de holganza y de rebeldía a la ley y a la sociedad opresiva, encuentren en su ingenio vivaz -pues “la necesidad sea [es] tan gran maestra” (54)- las posibilidades de sobrevivir sin necesidad de esforzarse inútilmente. Y es que, como sintetizaba Beneyto, el “pícaro” no es sino el individuo vejado que ha preferido “vivir sin trabajar, aunque solo malviva”, es aquel que “más quiere berzas sin trabajar -como opina el Lazarillo de Tormes- que capones y gallinas trabajando”. (215) Considerando lo anterior, es más fácil comprender que tal como los sujetos de la Corte de Monipodio, Celestina y sus camaradas -Pármeno, Sempronio, Elicia y Areúsa- y la mayoría de personajes que desfilan por las páginas de El Lazarillo de Tormes encuentren en la partici-pación directa o en la complicidad en actividades cuestionables como la prostitución, el enga-ño y la charlatanería la posibilidad de superar, sin ir contra los hábitos culturales rebeldes y holgazanas ya mencionadas, las dificultades alimenticias de su entorno y la alternativa, mu-chas veces sin tener siquiera preparar los alimentos, de saciar el hambre que los asedia con fre-cuencia en un mundo injusto. Para ilustrar esto quizá baste traer a colación en algunos de los oficios que practicaban los amos con los que estuvo Lázaro de Tormes: desde artes curativas, muchas veces engañosas, que el ciego, a la manera de la Celestina, aplicaba a mujeres en esta-do y con problemas ginecológicos hasta la predicación de bulas falsas y engaños con los que el quinto amo del chico se burlaba y sacaba dinero a las gentes crédulas. Y es que, como lo de-muestran Pármeno y Sempronio en La Celestina al robar la despensa de su amo y al colaborar con la tramposa vieja para extraerle al joven Calisto la mayor cantidad de dinero, y tal como lo pone de manifiesto en El Lazarillo... el negro Zaide al hurtar cebada, insumos y herramientas de su oficio de cuidador de bestias para subsistir, en un medio tan hostil en el cual era prácti-camente imposible que los sujetos populares optaran por medios cómodos para poder ganarse el pan y en el que, por otra parte, podía ser cuesta arriba acceder a una buena alimentación aun desgastando la vida en el duro trabajo -como lo muestra Zaide en El Lazarillo...-, solo estos caminos alternativos ilícitos y moralmente cuestionables parecían asegurarle a esa gran parte de la población que estaba marginada a la miseria, más que cualquier oficio y en ocasiones con mayor facilidad, el sustento que brinda el alimento. Estas dificultades que se han rastreado en la etapa de obtención de la sintaxis gastro-nómica de estas obras parecen incluso redoblarse al ser enfocadas ya no desde el nivel macro de una sociedad en decadencia, sino desde la perspectiva de los individuos concretos que son retratados en las novelas. Una aproximación a El Lazarillo..., por ejemplo, demuestra cómo, más allá de las penurias generales, el joven Lázaro padece el hambre de forma especial por el racionamiento de alimentos -rayano en la avaricia- que practican algunos de los amos con los que se topa en su formación -hay recordar la cebolla por día y los míseros huesos que cada sábado le brindaba el clérigo al niño-. Ante la privación que sufre con sus dos primeros amos, Lázaro solo cuenta con sus mañas y tretas para obtener las cantidades de alimento que le de-manda su necesidad: el corte que hace continuamente al fardel donde el ciego guarda el pan que gana, el intercambio sigiloso que hace a sus espaldas para comer un pedazo de longaniza que el viejo asaba y el robo al arca donde el avariento clérigo guardaba los bodigos no son más que salidas pícaras con las que el niño reacciona a la adversidad de su entorno. Ya que se ha entrado en el terreno de las adversidades y los obstáculos, es pertinente traer a colación una idea que para Mijaíl Bajtín permanece en el imaginario del hombre desde la Antigüedad. Para el teórico y filósofo ruso, el trabajo ha estado asociado desde tiempos remotos a una “lucha” que los hombres sostenían colectivamente contra el mundo -lucha sos-tenida para conseguir el alimento y la supervivencia-. Aunque se ha visto que al caracterizar (grosso modo) las formas de obtención gastronómica de ciertos sujetos han aparecido diferen-tes términos -comodidad, facilidad, picardía- que parecen no tener relación con esta idea de “trabajo duro” que Bajtín atribuía a la obtención del alimento, no hay que olvidar que las pi-cardías de los sujetos aludidos, aunque sean salidas fáciles, responden en gran parte a la nece-sidad de mitigar esa fase primordial de obtención que de no ser por su ingenio sería tremen-damente hostil y adversa puesto que, en palabras de Carlos Heusch, el mundo es “discordia y lucha, sobre todo porque unos están ahítos mientras que otros están hambrientos”. (12) Aun inclinándose por estas formas ilícitas y convenientes, es menester señalar que los pícaros de las obras no dejan de ejercer una especie de trabajo, por fácil que este parezca y por más que Beneyto lo haya calificado de “menguado esfuerzo” (218). Así, evidentemente es todo un esfuerzo el robo de Lázaro al arca de su amo -“trabajo de mis manos, o de mis uñas”, dice el chico (52)- y, sin duda, es un oficio lo que practica la Celestina -aunque sea uno que deje mucho que desear- y es casi una profesión -al menos para ellos- lo que los “cofrades” de Rinconete y Cortadillo han hecho de sus truhanerías. Y es que, como decía Heusch, frente a una sociedad acomodada, existe otra de “hambrientos que viven de su trabajo manual, de su ‹oficio› del cual se enorgullecen por muy indigno que este pueda parecer a primera vista”. (14-15) Esta aparente “comodidad” con que estos sujetos han aprendido a hacerse con los produc-tos gastronómicos, por otra parte, es muchas veces relativa y a veces en ningún modo exime la idea de un “trabajo” en equipo (como lo muestra la corte de Monipodio) ni la idea de un com-bate contra esas adversidades del mundo con que pueden enfrentarse en la fase gastronómica de obtención, adversidades que, en el caso del oficio del Lazarillo, significan el riesgo de que-darse sin amo o de ser maltratado, pero que, llevadas a su extremo en el caso de la corte de Monipodio y de la sociedad de Celestina, implicarían inclusive el riesgo de la libertad y de la propia vida por las penas que la justicia aplica a los de su tipo. Partiendo de todo lo apuntado hasta ahora, no es de extrañar, pues, el ánimo un tanto feliz, celebratorio y festivo que suele acompañar a las imágenes del consumo alimentario en las obras mencionadas. Bajtín en el libro mencionado ya refería esta relación al señalar que no existen “fronteras nítidas entre el comer y el trabajo”, puesto que son procesos que constituyen “dos fases de un mismo fenómeno: la lucha del hombre con el mundo que terminaba con la victoria del primero” (229) . En El Lazarillo...esta alegría que genera el comer es perceptible desde las primeras páginas: está presente en la feliz comunión a la que Lázaro llega con su pa-drastro a partir de su constatación de que “con su venida mejoraba el comer” (22) y, asimismo, se hace patente en la felicidad del escudero y del chico al contar con dinero suficiente para comprar pan, carne y vino y en la actitud alegre de Lázaro tras conseguir con triquiñuelas co-mer los bodigos del arca del clérigo: “comienzo a barrer la casa con mucha alegría, parecién-dome con aquel remedio remediar de allí en adelante la triste vida. Y así estuve con ello aquel día y otro gozoso”. (49-50) Este espíritu de victoria que tímidamente se va insinuando a través de comentarios y adjetivos, tal vez no por casualidad alcance un cénit expresivo en el célebre episodio en que el Lazarillo -guiado más por su afición al sabroso licor que realmente por necesidad- juega tretas a su amo ciego y consigue beber con deleite del jarro de vino que este protegía: “estando reci-biendo aquellos dulces tragos, mi cara puesta hacia el cielo, un poco cerrados los ojos por me-jor degustar el sabroso licor” (32). Empleando la metodología de Roland Barthes y entendien-do con él que todo son signos y, como tales, susceptibles a ser leídos (“La cocina del sentido” 223), se puede inferir que la idea de victoria que se vislumbra en esta escena de consumo quizá ya esté implícita en la simbología del elemento con el que Lázaro tanto se contenta: el vino. Esta bebida, tal como Barthes apuntó en “El vino y la leche”, posee una curiosa mito-logía: vinculado por el cristianismo con la sangre de Cristo, el vino constituye simbólicamente el líquido vital por excelencia, la sustancia procreadora por antonomasia (41). Si bien el vino posee una simbología más compleja siendo relacionado también con la embriaguez y con la modificación -no siempre beneficiosa- de los estados, en esta escena, en sintonía con el cristia-nismo y con el mito de Dionisos,“el nacido dos veces” -dios de las vendimias, de los festines y del renacimiento-, la presencia del vino no solo anunciaría y sintetizaría el continuo “renacer” que esta bebida facilitará al Lazarillo a lo largo de la novela , sino que además condensaría simbólicamente la realidad presente a lo largo de la obra y que Bajtín resaltaba al exponer que “las imágenes del banquete [se dirá ahora: del comer en general] mantenían siempre (...) su vínculo esencial con la vida, la muerte, la lucha, la victoria, el triunfo, el renacimiento” (229). Esta concepción, atribuida por Bajtín a la imágenes del banquete, está latente, no obstante, como se ha comenzado a señalar, en esta imagen y en todas las prácticas de consumo de estas obras picarescas que demuestran a cada paso que el comer es “el triunfo de la vida sobre la muerte”. (Bajtín 230) Todo aquel que se haya aproximada a El Lazarillo de Tormes podrá comprender el va-lor que tiene para la novela esta adaptación hecha a la afirmación de Bajtín. Si hay otro mo-mento de la novela en el cual el contraste muerte-vida se resuelve, al menos para Lázaro, de forma ilustrativa en el consumo de alimentos es en la referencia del joven acerca de cómo los “mortuorios” y funerales eran su oportunidad para hartarse “como un lobo” (46). Con la muer-te tan cerca (por su desnutrición y metafóricamente por los muertos a quienes rezaba), Lázaro ve en las comilonas ofrecidas en las ceremonias una feliz oportunidad de supervivencia, una forma de extraer de la muerte de alrededor su propia vida: la comida, aun en estas circunstan-cias fúnebres (y acaso precisamente por eso), es una triunfante ocasión. Más allá de estos interesantes episodios y recordando la afirmación de Bajtín, no puede dejar de mencionarse la escena que en El Lazarillo... más se asimila propiamente a un banquete. En el tratado primero, el chico cuenta cómo el estado maduro de un racimo de uvas que les ha sido regalado a él y a su amo mueve al ciego a compartir con el niño las uvas en una suerte de modesto convivio. La liberalidad que el ciego parece mostrar al proponer el compartir tal vez como forma de conciliación por los numerosos golpes dados a Lázaro aumenta en grado con su propuesta de consumo equitativo (usualmente le daba al niño solo una pequeña porción de lo ganado). Pero la forma especial de triunfo que para Lázaro encarna esta comida no responde solo a la actitud infrecuente del viejo o a la sensación victoriosa inherente a una comida de dimensiones mayores a las habituales; para Lázaro, el pequeño triunfo de este pequeño ban-quete consiste en picar un paso adelante y robar -frente a los ojos ciegos del viejo embustero al que cree engañar y, analógicamente, frente al gran mundo que también le roba y para el cual es casi invisible- un poco de ese manjar del cual intentan privarlo. Estas sensaciones que acompañan al consumo de alimentos en El Lazarillo... no son ex-clusivas a ese mundo ficcional, siendo igualmente posible de rastrear en otra gran obra picares-ca: La Celestina. Y es que la importancia que por su situación posee la comida para los perso-najes “bajos” de la obra de Fernando de Rojas es tan notoria que Carlos Heusch llegó a seña-larla como el aspecto principal de su identificación sociocultural. Según el autor, en los perso-najes de estratos sociales bajos el “comer” es una necesidad tan capital en sus vidas que, con-trariamente a los personajes nobles, constantemente hacen alusiones a ello; las referencias a la comida que se evidencian en el lenguaje metafórico y en las menciones al hambre sentida son, de hecho, para este investigador, uno de los soportes del realismo de la novela y lo que estruc-tura a los personajes en dos grupos: el de los nobles -que ni mencionan el tema, como si estu-viesen idealizados y no tuviesen necesidades materiales - y el de los populares -caracterizados por una “mentalidad del hambre” (12), quienes aprovechan cualquier oportunidad para saciar su perenne hambre y ven en ello un deleite- (cursivas mías) (2-5). A este respecto, no está de más recordar la excitación con la que Celestina siempre se refiere al “comer”. Cuando Melibea recompensa su visita con dinero, la vieja, aunque sostiene lo contrario, manifiesta con su perorata y su emoción su único interés por el propio sustento que, a pesar de lo que dice, ha ido en mengua: “¡Oh, angélica imagen! ¡Oh perla preciosa (...)! (...) Esto tuve siempre, querer más trabajar sirviendo a otros, que holgar contentando en mí (...) Con mi pobreza jamás me faltó, a Dios gracias, una blanca para pan y un cuarto para vino” (61) Más allá de esto, acaso sea un intercambio de palabras entre los pícaros Pármeno y Sempronio lo que demuestre más claramente cómo en el imaginario de estos personajes si algo brinda pla-cer hasta el punto de acabar con toda discordia y penuria son la comida y las mujeres: PÁRMENO: (...) Allá está la vieja y Elicia. Habremos placer. SEMPRONIO: ¡Oh, Dios, y cómo me has alegrado! (...) Todo el enojo, que de tus pasa-das hablas tenía, se me ha tornado en amor (...) Sea lo pasado cuestión de San Juan y así paz para todo el año (...) Comamos y holguemos, que nuestro amo ayunará por todos. (102) La referencia al ayuno de Calisto no solo alude a la abstinencia sexual del personaje por no poder poseer aún a Melibea, sino que remite también al ayuno de comida al que se ha con-denado por la depresión amorosa que padece. Si en la literatura las saciedades alimentarias y sexuales se han estructurado discursivamente de forma conjunta acaso sea, en parte, porque generan satisfacciones análogas. Considerando esto, no es de extrañar la buena disposición con que estos comensales de La Celestina hurtan sin remordimiento alguno de la despensa de su amo el vino, el pan blanco, el pernil, los pollos y las tórtolas que, en gigantescas cantidades, entran por la puerta de Celestina para ser devorados sin remordimientos ni previsiones en una orgía en la que, como en el festín de Monipodio , reina la postura del carpe diem o lo que Heu-sch abordó como “el disfrute del instante presente”: actitud que, dadas las circunstancias eco-nómicas tan inestables y precarias de estos sujetos, podría definirse como “un hedonismo in-mediato que se desentiende totalmente de un futuro incierto que acaso sea sinónimo de ausen-cia de placer”. (16) Con el objetivo de seguir explorando la significación que la imagen del banquete tiene en las obras picarescas, no está de más volver al estudio de Bajtín y traer a colación algunas consideraciones que a partir de la obra de François Rabelais el autor hace acerca del cuerpo grotesco y del banquete. Bajtín parte del análisis de la imagen del cuerpo grotesco de los per-sonajes de Rabelais -cuerpo “abierto”, “inacabado” y “expuesto”, susceptible, por ello, a “in-teractuar” con el mundo (228)- para establecer que en textos como Gargantúa y Pantagruel el rasgo de “interacción” con el exterior de esos cuerpos se refleja más claramente en el acto de comer, de ingerir alimentos, puesto que en el consumo exagerado que se permiten personajes como los gigantes protagonistas, en esos banquetes que constituyen sus comidas, sus cuerpos hiperbólicos hacen “entrar en sí” al mundo -a veces casi literalmente- al engullir, tragar y enri-quecerse con las cantidades industriales de alimentos que se les ofrecen. Siguiendo este orden de ideas, Mijaíl Bajtín afirma que, debido a que “en la absorción de alimentos, las fronteras entre el cuerpo y el mundo son superadas en un sentido favorable para el primero” (230) -tal y como se ve con los textos rabelaeseanos- el comer no puede ser pensado entonces sino como un acontecimiento de feliz encuentro con el mundo; así lo expresa el autor: El encuentro del hombre con el mundo que se opera en la boca abierta que tritura, desga-rra y masca es uno de los temas más antiguos y notables del pensamiento humano. El hombre de gusta el mundo, siente el gusto del mundo, lo introduce en su cuerpo, lo hace una parte de sí mismo (...) Este encuentro con el mundo en medio de la absorción de alimentos era ale-gre y triunfante. (228) Estas ideas de Bajtín permiten comprender que si en párrafos anteriores se constató cómo, naturalmente, la felicidad y la victoria eran parte esencial del comer mayormente furtivo, infrecuente y escaso de Lázaro de Tormes y de Sempronio y Pármeno, resulta todavía más natural que ese simple contento ceda lugar a la verdadera festividad en las comidas grupales que, en mayores proporciones, tienen oportunidad de realizar tanto los personajes de La Ce-lestina como los de Rinconete y Cortadillo. En la novela cervantina, por ejemplo, ya desde el preludio del banquete, la algarabía y el entusiasmo se instalan en el ánimo de los concurrentes: se aprueba con animación el astuto robo de Cortado y se le “bautiza” como Cortadillo el Bueno, todos se alegran con la presencia del “criado” (el “trainel”) que trae la canasta de ali-mentos y, de forma similar a como la simple idea de un banquete reconcilió a Sempronio con Pármeno, así, ante la perspectiva de un copioso almuerzo, se termina de disipar la cólera que Monipodio sintió al creer que uno de sus colegas no le había dado parte de un robo. Por su parte, la disposición de ánimo con que se “asaltan” los alimentos que van desfi-lando y la copiosidad con que se bebe ese elemento regenerador que es el vino no hace otra cosa que resaltar la felicidad ante la abundancia y la idea bajtiniana de que el banquete entu-siasta (que aquí comparten estos rufianes) celebra, en última instancia, una (pícara) apropiación del mundo exterior al que, por lo demás, estos personajes no pertenecen y que le es contrario, una apropiación que tiene su máxima representación en la presencia en la modesta estera de alimentos refinados como el celebérrimo pan blanco de Gandul o el queso de Flandes. Es por ello que en esta novela, la sensación del lector ante el almuerzo de Monipodio y sus pícaros es la de que todos han ganado y están celebrando por ello. La corte de Monipodio, en efecto, ha ganado dos nuevos integrantes, y, puesto que pa-ra Bajtín “el banquete celebra siempre la victoria” (230), no hay razón para no pensar que este convivio celebra tanto las victorias pasadas como las que, con ayuda de estos probados ladro-nes, están por venir. Y es que la relación señalada por Bajtín entre el trabajo -en su sentido más peyorativo- y el comer -y cuya centralidad se ha visto en las obras picarescas-, lleva a este mismo autor a plantear que, por ende, el banquete, por sus dimensiones, su relación con la abundancia y el simbolismo que le atribuye gracias al cuerpo grotesco, no puede dejar de estar asociado con la idea de triunfo: en el banquete “el hombre vencía al mundo, lo engullía en vez de ser engullido por él”, dice el autor (228). No es de extrañar, pues, la nostalgia por esa anti-gua gloria lo con que en La Celestina la vieja refiere la larga lista de los alimentos a los que tenía acceso en sus banquetes de otros tiempos: “Entraban por mi puerta muchos pollos y ga-llinas, ansarones, anadones, perdices, tórtolas, perniles de tocino, tortas de trigo, lechones”. (115) Además de las dimensiones que diferencian al banquete de cualquier otra práctica de consumo, se podría decir que el ánimo de celebración aumenta en los festines por darse estos en ámbitos comunitarios : el triunfo que va unido al consumo se convierte en los banquetes de estas obras en un triunfo colectivo puesto que los festines no son más que “la coronación del trabajo y de la lucha” (Bajtin 228) que han hecho en conjunto, como equipo, los pícaros de estas obras. A pesar de la nostalgia que Celestina siente por tiempos anteriores, aun en el pre-sente el banquete es para ella y para sus camaradas celestinescos el premio y el símbolo de su victoria colectiva frente al entorno, lo cual explica que sea el momento del festín uno de los que estos pícaros elijan para hablar “más largamente en su daño [de Calisto] y nuestro prove-cho” (en un doble sentido) (103), es decir, para rumiar sobre la manera de seguir alimentándose así a costa de la unión de Calisto y Melibea que con embustes y chantajes han logrado. El abordaje hecho hasta ahora de algunas de las imágenes gastronómicas más icónicas de las tres obras picarescas tratadas han ilustrado, de alguna manera, la idea de la relación en-tre consumo de alimentos, victoria, triunfo y renacimiento que exponía Míjail Bajtín en La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. De esta suerte, se ha podido constatar que aquel vínculo imaginal tan antiguo, más que ser inaplicable a contextos diferentes a los primitivos y a los rabelaiseanos, cobra una significación incluso mayor en el contexto del Siglo de Oro español; y es que, como se ha visto, estuvo aún más patente en la España retratada en las novelas picarescas, en ese mundo hostil en el cual la hambruna padecida por los seres de los estratos más bajos de la población provocaba que no solo el banquete y el festín sino cualquier otra forma de ingesta de alimentos -colectivo o no y sin importar la procedencia y calidad de los productos- fuese realmente un triunfo, una victoria de la vida contra la muerte y, en defini-tiva, una victoria que los hombres (estos entrañables pícaros que se han estudiado) conseguían por medios moralmente cuestionables, por los medios que más se acomodaban a sus necesida-des y sus (anti)valores y de los cuales ellos se valían, tal vez en una suerte de tibia venganza, para hacer frente a las adversidades y las hostilidades de su entorno social. REFERENCIAS DIRECTAS: Bajtín, Mijaíl. La cultura popular en la Edad Media y en el Renacimiento. Madrid: Alianza Editorial. [Versión digital de Julio Forcat y César Conroy] Barthes, Roland. “El vino y la leche”. Mitologías. México: Siglo Ventiuno Editores, 1999. pp.41-43. - - -. “La cocina del sentido”. La aventura semiológica. Barcelona: Ediciones Paidós, 1993. pp. 223-225. Beneyto, Juan. “La población indigente”. Historia social de España y de Hispanoamérica. Madrid: Aguilar, 1973. pp. 210-218. Cervantes (de), Miguel. Rinconete y Cortadillo. [Edición digital encontrada en la web] El Lazarillo de Tormes. Santiago de Chile: Zig-Zag, 2006. Heusch, Carlos. La comida, ¿tema integral de La Celestina?. [Versión digital] Rojas (de), Fernando. La Celestina. Colombia: Editorial Oveja Negra, 1983. INDIRECTAS: Aristófanes. La Lisístrata. Librodot.com [Versión digital] - - -. La Paz. e.Booket. [Versión digital] Delicado, Francisco. La Lozana andaluza. Madrid: Castalia, 1984. Lévi-Strauss, Claude. “Lo crudo y lo cocido”. Mitológicas. México: Fondo de Cultura Econó mica.

 

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