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"El camino de Ida" de Ricardo Piglia

Ricardo Piglia nos ha dado cinco novelas en algo más de tres décadas. La última, “El camino de Ida”, es la más sorprendente. No necesariamente la mejor, pero admite lo que la literatura de nuestro tiempo tiende a ignorar: la complejidad. Emilio Renzi en esta ocasión nos narra, de un modo intimista como nunca antes, la certeza del tedio y sus ilimitados alcances, que pueden ensombrecer la vida de un lector incansable. Luchar contra esa monocromía implica que emerja cierta paranoia. Alguna razón debe haber para que el mundo no sea interesante. Ya nos había advertido Piglia en “Respiración Artificial” que “hasta los paranoicos tienen enemigos”. No todo es reductible a una casualidad, a trazos hilvanados por la desesperación o la locura. Renzi huye de una vida ruinosa en Buenos Aires y se refugia en una universidad de la pretenciosa Ivy League norteamericana para dictar un seminario sobre los años argentinos de Hudson. Aquí hago un alto. Vila-Matas ha dicho con razón que a la pregunta, de canalla raigambre periodística, ¿de qué trata su novela?, hay que responder invariablemente: trata de todo lo que está escrito en la novela. No me resulta concebible la idea de una contratapa. Voy a decirlo intempestivamente: lo importante de “El camino de Ida” son las condiciones de posibilidad de ruptura con el bovarismo. ¿Cómo hacer que la ficción irrumpa en la realidad y fracture su infinita capacidad de truncar nuestras ilusiones? Por lo pronto, en “El camino de Ida” lo hará de un modo violento. La esperanza de una aventura vivificante para Renzi le es arrebatada cuando su colega, y ocasional amante, Ida Brown muere en un curioso accidente automovilístico. La híbrida naturaleza de Renzi, especialista en literatura y forzado cronista policial, no puede más que, para decirlo borgeanamente, postular una realidad. En este caso, la malograda Ida es el posible nexo con una serie de muertes que han conmovido al mundo académico. La obra de un hipotético desquiciado, Recycler, que ha urdido un manifiesto contra el capitalismo tecnológico. Una de las tantas versiones del rechazo a la técnica como hábitat del hombre. Esto lleva al terrorista a ir aniquilando a lo largo de muchos años a distintos académicos ligados con la tecnologización de las investigaciones científicas. Ese subproducto de la razón que se llama tecnociencia, al menos desde el proyecto Manhattan. Renzi, sin tener por qué profundizar en la muerte de Ida Brown, no puede más que buscarse problemas, porque lo que le pertenece como real es abrumador: su ex mujer en Buenos Aires se acuesta con su mejor amigo. A medida que avanza la novela hacia la inevitable aparición del responsable de los crímenes, Renzi va hilando la relación entre la cotidianeidad, la autobiografía y la crítica literaria. Son momentos sublimes del texto cuando Piglia pone en boca de interlocutores secundarios grandes tesis. Por caso: Tolstoi precursando a Wittgenstein en su denodado intento de exorcizar la demoníaca metafísica que subyace en la sintaxis del ruso. Sumergirse por debajo de esa inevitable furia religiosa, que Dostoievski usufructuó hasta sus límites, para encontrar el remanso de la claridad. Wittgenstein es una vieja obsesión de Piglia. La clave de los sangrientos hechos parece remitir nuevamente a la literatura. La realidad no puede explicarse en sus términos. La oportuna aparición de una novela de Conrad, en quien Ida Brown era experta, puede trazar el vínculo entre esta brillante profesora y el autor de la serie criminal, un exponente ilustre de la civilización devenido en eremita justiciero: Tom Munk, un brillante matemático que abandonó todo para irse a vivir en el aislamiento y desde allí resistir a las aberraciones de la sociedad capitalista intentando destruirla en favor de la preservación de la naturaleza. El anarquismo ecologista es la excusa para la locura. Una demencia que en todo caso parece ir cobrando una expresión colectiva a medida que avanza el texto. Algo que parece inaceptable para la ideología del Imperio. Un loco aislado es posible como enemigo de la nación, pero un movimiento de resistencia es el inquietante signo de la conspiración, de lo que resulta inaceptable hasta cuando se asesina a un presidente. Renzi no soporta la intriga de desconocer si Ida Brown fue colaboradora antes de ser posible víctima de Munk. Emprenderá un viaje hacia la resolución del enigma. Acaso toda la travesía lo devuelva al comienzo. Renzi asevera que para cometer un crimen hay que aislarse. Él no es capaz de crímenes, por lo que debe conformarse con el caudal de información en que se ha convertido el mundo que Munk combate. Le resta a nuestro detective-lector el consuelo de que la literatura codifica una realidad opaca, de la que quedan signos que, de un momento a otro, pueden redefinir el cauce de una vida. Ya no todo es literatura, como escribió Verlaine. Es lo que con valentía Renzi ignora por momentos para dicha de sus lectores.

Autor: Andrés Russo

 

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