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Conversando con Rubén Castillo

 

Antonio Parra Sanz

www.elcoloquiodelosperros.net/numero29/bask29ru.html

  

Rubén Castillo

Rubén Castillo (Murcia, 1966) es licenciado en Filología Hispánica y profesor de Lengua Castellana y Literatura en Enseñanza Secundaria. Ha ejercido la crítica literaria en los periódicos La Verdad, El Faro de Murcia y El Noroeste, así como en varios blogs especializados y en dos docenas de revistas nacionales y extranjeras. Durante doce años fue articulista semanal en la prensa murciana. Actualmente comenta libros de actualidad en Librario íntimo (rubencastillo.blogspot.com)

Como escritor, ha obtenido diversos galardones, tanto en novela corta (premio Gabriel Sijé en 1989, premio Ateneo de Valladolid en 1991) como en cuento (Ciudad de Mula, Encarna León, José Calderón Escalada, Gerald Brenan, etc). Ha publicado una novela corta (Reina María), dos volúmenes de relatos (Imágenes prohibidas de la Biblia y Hegel en el tranvía), cuatro de ensayos, artículos y críticas literarias (Palabras en el tiempo, Verdades parciales, La voz de los otros y Ventanas de papel), y dos novelas (La mujer de la mecedora y Las grietas del infierno).

Recientemente han visto la luz sus dos últimas novelas, Las hogueras fosfóricas (Baladí, 2011) y El globo de Hitler (Isla del náufrago, 2011).

 

—EL COLOQUIO DE LOS PERROS: En su novela Las hogueras fosfóricas hay dos personajes que se mueven en la soledad nocturna, ¿está tan solo el ser humano como parece o es un contrasentido hablar de soledad en esta época de sobresaturación de medios y redes sociales?

—RUBÉN CASTILLO: Estamos solos. Siempre hemos estado solos. Pero me refiero a una soledad interior, no al ajetreo externo. Las redes sociales, el chat, el correo electrónico, etc, nos dan un barniz de compañía, pero no calan, no atraviesan la epidermis de la soledad. Al apagar el ordenador, la casa se queda en silencio. Y el alma también. Así que mis personajes se aferran con ansia a esos diálogos nocturnos porque no quieren sentirse solos. Les angustia la posibilidad de pensar o de descubrirse como seres solitarios.

 

—ECP: ¿Es más dramático llegar a un chat a una cierta edad, como ocurre en la novela, que hacerlo con, por ejemplo, veinte años menos?

—RC: Yo no creo que sea dramático nunca. El chat es una ventana que uno puede abrir o cerrar cuando quiera. El problema es cuando lo conviertes en una obsesión o en el eje de tu vida. Eso puede ocurrir con quince o con sesenta años, y siempre resulta pernicioso. Me sorprenden las personas monomaníacas, porque ellas mismas se labran la infelicidad. El mundo es enorme y redondo; la pantalla del ordenador es rectangular. Si se entra al chat teniendo eso claro, no hay problema.

 

—ECP: En su otra novela reciente, El globo de Hitler, se parte de la Historia para crear ficción, ¿es la Historia un género apasionante para un novelista, y el panorama histórico actual da para muchas novelas?

 

—RC: Por supuesto que sí. La realidad está ofreciéndonos constantemente sorpresas y maravillas. Solo hace falta mirarlas con un poco de espíritu analítico. A mí me llaman la atención las fisuras de lo real, es decir, aquellos elementos históricos que no han podido ser documentados o explicados, porque con ellos se puede construir una ficción novelesca. ¿Nadie sabe por qué Hitler se encerró en el búnker de Berlín al final de la Segunda Guerra Mundial, sabiendo que era una ratonera? Pues ahí se mete el creador e imagina. Lo han hecho una infinidad de novelistas y a mí, particularmente, me parece un recurso sugerente y productivo, que seguiré manejando en el futuro.

 

—ECP: Mirando hacia atrás, lo ocurrido los últimos meses: crisis políticas y económicas, protestas indiscriminadas por todo, visitas papales, acusaciones de corrupción..., ¿son necesarias las novelas o bastaría con sentarse a escuchar, grabar los hechos y luego simplemente reproducirlos?

 

—RC: No, no creo en las “reproducciones literarias”. Grabar y reproducir los hechos, sin moldeo literario, produce obras coyunturales y mediocres, como El Jarama, Matando dinosaurios con tirachinas oHistorias del Kronen. El novelista tiene siempre que intervenir: ordenando, puliendo, seleccionando, etc. El arte siempre ha de comportar trabajo. Decía Alfonso Reyes que los perros le ladran a la luna, pero que eso no supone en sí una manifestación lírica. El poeta, el cuentista, el novelista, son alfareros de historias. Y eso supone manipular la realidad. No basta con calcarla.

 

—ECP: ¿Son las épocas de crisis, como mencionaba alguien hace poco, un buen caldo de cultivo para la literatura?

 

—RC: Quizá sí, no lo sé. En todo caso, pienso que la literatura está en los ojos de quien escribe. Supone una cierta forma de mirar la realidad, asimilarla y traducirla para los lectores. Un hombre perdido, desorientado, que no encuentra sentido a su vida, puede entregarse a las drogas o escribir Rayuela o La náusea. Lo externo no es lo más condicionante. La mirada del creador es siempre el filtro que genera buena o mala literatura.

 

—ECP: Tristam y Marge, los protagonistas de Las hogueras fosfóricas, parecen sumidos en sus respectivas crisis personales. ¿Realmente cómo logran salir adelante tras lo ocurrido en la novela?

 

—RC: No tengo ni idea. Y se lo digo sinceramente. Me gusta pensar que, al acabar la novela, será el lector quien opine sobre ese doble destino. Yo lanzo en estas páginas una historia que queda, como todas las historias, trunca. Si he conseguido esculpir unos personajes sólidos, imagino que el lector se habrá creado con ellos unas ciertas expectativas, unos ciertos dibujos mentales, y que podrá decidir qué sucede con ellos al terminarse las páginas del libro.

 

—ECP: ¿Cuál es el punto que le hace arrancar con una novela, qué detonante es el verdaderamente intenso como para poner en marcha la maquinaria de su escritura?

 

—RC: Depende de la historia, claro. Para Las hogueras fosfóricas fue pararme a pensar qué podía llevar a la gente a meterse en chat durante horas y horas, por las noches. Y de ahí surgió una pregunta: ¿y si dos personas que coinciden y chatean estuvieran buscando cosas distintas... sin decírselo al otro? Con El globo de Hitler sucedió de una forma más directa: encontré en un periódico una noticia breve, de no más de ocho líneas, donde informaba de la subasta del globo que Hitler había manejado en su refugio de Bavaria. Me metí en internet, recabé más datos... Y se me ocurrió pensar: ¿y si Hitler dejó algún mensaje dentro de ese globo? A partir de ahí, mi imaginación comenzó a trabajar. Primero, lentamente. Luego, de forma más obsesiva. Y no tuve más remedio que rendirme y escribir la historia.

 

—ECP: Usted también ejerce como crítico literario desde hace años. ¿Qué le impulsa a hablar bien o mal de una determinada obra? ¿Hay patrones básicos que cumplir a la hora de ejercer la crítica literaria?

 

—RC: Yo no hablaría de patrones, realmente. Soy un crítico que goza mucho de su tarea como lector. No permito nunca que los condicionantes técnicos (o de escuela) me mediaticen. Jamás me planteo cómo debo hacer una reseña, y eso que llevo ya más de quinientas escritas y publicadas. Simplemente me dejo llevar por el libro. Mi única directriz es pensar qué quiero decir del libro que tengo delante en cada momento. Qué debe saber, en mi opinión, la persona que quiera leerlo. Sin más etiquetas.

 

—ECP: Como lector apasionado, ¿qué obras le han dejado una huella más profunda, y de qué influencias literarias es capaz de reconocerse como deudor?

 

—RC: Sería imposible enumerar aquí cuáles han sido las obras que más me han marcado a lo largo de los años, porque han sido muchas y muy diferentes. Desde luego, ese grupo contiene a Julio Cortázar, Jorge Luis Borges, Pablo Neruda, Antonio Muñoz Molina... Pero podría contener a otros. A veces, descubrir a los genios que van a iluminar nuestra lectura y nuestra escritura es azaroso. Podría no haber leído nada de Borges, y sí mucho de Stevenson; podría no haberme topado con García Lorca, y sí con Josep Pla. Sería otro lector y otro escritor, no me cabe duda. Me gusta pensar que somos quienes somos por un capricho del Destino. No es malo ni bueno: es así. Soy sobrino de bibliotecaria: podría haberme arrimado a cualquier escritor. ¿Por qué fueron éstos y no otros? Imagino que me moriré ignorándolo. Pero me siento feliz de que en mi camino se hayan cruzadoRayuela, los cuentos de Borges o la prosa inmejorable de Muñoz Molina.

 

—ECP: Además de la escritura, se dedica también a la docencia. ¿Hay algo de cierto en esos tópicos que de vez en cuando se publican, que consideran a los jóvenes españoles ajenos a la literatura?

 

—RC: Qué va, qué va. Es una falsedad terrible. Y le puedo poner un ejemplo personal muy contundente: he creado en el instituto donde imparto clase (el Vega del Táder, de Molina de Segura) un blog donde los chavales pueden ir colgando las reseñas de los libros que leen por gusto, y no por imposición académica. Yo no influyo en ninguno de sus comentarios, ni les indico qué libros deben o pueden leer. Son libres para optar por uno u otro... o por ninguno. Pues bien, al finalizar el primer curso con el experimento, el blog (www.vegadeloslibros.blogspot.com) atesora más de ochenta seguidores, ha publicado más de doscientas reseñas y ha sido visitado por casi 35.000 personas. ¿Que los jóvenes no se interesan por la literatura? No se interesan por las Cartas marruecas o por el Cantar de Mío Cid, pero sí por los libros.

 

—ECP: Ya debutó en el terreno de la literatura juvenil con La cueva de las profecías. ¿Cómo calificaría la experiencia de escribir para jóvenes y debatir con ellos acerca de su obra? ¿Tiene intención de repetir con el género?

 

—RC: La experiencia fue muy bonita, porque me permitió escribir algo que pudiera ser leído por mis hijos María (de 12 años) y Rubén (de 10). Siempre me repetían que mis obras eran “para mayores”. Mi sorpresa se expandió cuando comprobé que los chavales de esa edad estaban recibiendo bien mi novela, que ha sido leída en varios institutos de la Región de Murcia. De los más jóvenes me gusta su espontaneidad. No te elogian si no les convences. En eso son más limpios que los adultos; están menos contaminados de hipocresía. ¿Repetir con una obra juvenil? Por ahora, no hay ningún argumento de ese tipo que me ronde por la cabeza, pero no descarto nada. Lo mejor en literatura es dejar que las historias fluyan cuando quieran.

 

—ECP: Volviendo a Las hogueras fosfóricas, el hecho de “limitar” los encuentros entre Tristam y Marge al mundo cibernético, ¿cree que ha podido dejar a los lectores con ganas de asistir a un encuentro real, o por el contrario les habrá alimentado más el misterio de no saber bien quién estaba al otro lado de la pantalla?

 

—RC: He intentado en todo momento que fuera una novela inestable, donde los lectores no pudieran estar seguros, totalmente seguros, de nada. ¿Son Tristam y Marge los que dicen ser al principio? ¿Son, acaso, los del final? Es imposible saberlo. Y me parece que tiene que ser así. Eso permite que quien viaja por las páginas de la obra se fragüe su propia interpretación y formule su propia opinión. Darle la voz a los lectores es una experiencia que me gusta: la ensayé con Las grietas del infierno y he querido repetir.

 

—ECP: ¿Cuál es su relación con las nuevas tecnologías a la hora de escribir, pueden coexistir tranquilamente con la literatura tal y como la hemos conocido?

 

—RC: Mi relación con las nuevas tecnologías es amistosa, pero no servil. Tengo un e-book y un tablet, pero no los uso. Quiero decir: no estoy obsesionado con la idea de estar a la última. Sé que pueden aportar cosas al escritor, pero de momento no siento la urgencia de averiguar qué. En cuanto a la relación de las nuevas tecnologías con la literatura tradicional está por ver qué puede ocurrir en los años venideros. Nadie lo sabe a ciencia cierta, aunque se pregonen muchos apocalipsis. Hegel tenía muy claro que tras la tesis y la antítesis viene la síntesis.

 

—ECP: ¿Qué tipo de género novelesco le ha provocado más satisfacciones a la hora de crear, el intimismo de Las hogueras fosfóricas o la intriga histórica de El globo de Hitler?

 

—RC: Podrá parecer pretencioso o ridículo, dicho por mí, pero creo que Las hogueras fosfóricas marca un final de ciclo en mi novelística y que El globo de Hitler abre otro. Comienzan a interesarme mucho las narraciones donde “pasen cosas”, frente a las novelas reflexivas o intimistas. Ya está bien de profundidades psicológicas y personajes atormentados (aunque me queda una novela de ese ciclo por publicar: se titula Galatea de las esferas y está siendo evaluada en varias editoriales para ver si les interesa). Llevo años divirtiéndome con las películas de cazatesoros, Indianas Jones y cosas así. Sonará infantil, pero disfruto como un enano con esas tramas. ¿Por qué no escribir algunos libros de ese tipo? La verdad es que con El globo de Hitler me lo pasé muy bien: construyendo la trama, dibujando a los personajes, documentándome sobre la época, etc. Ahora tengo en la cabeza dos o tres novelas en esa línea y serán las próximas que escriba, supongo.

 

—ECP: Por sus palabras, se deduce que la creación literaria le resulta muy satisfactoria. ¿Puede decir lo mismo de la documentación tras haber escrito esta novela sobre los dirigentes nazis?

 

—RC: Ah, sí. Ya le digo que ha sido fascinante. Descubrí muchas inmundicias sobre los nazis, pero mi deslumbramiento no tiene nada que ver con la empatía, totalmente imposible: ha sido puramente novelesco. Escribir sobre los nazis era un absoluto reto porque me obligaba a saber mucho del tema y de la época. Y los retos siempre me han tentado.

 

—ECP: Y satisfáganos una curiosidad, ¿por qué ninguno de los protagonistas de El globo de Hitler es español, hay alguna razón en concreto?

 

—RC: Pues no sé. No lo había pensado. Como la obra está ambientada en países como los Estados Unidos, Austria, Alemania, etc, introducir un elemento español imagino que hubiera quedado muy forzado. En todo caso, ha sido puramente coyuntural. Me producen mucha risa los escritores que se empeñan en ambientar sus obras en Roma, Cambridge o Estocolmo, porque así consideran que serán más modernos, más potencialmente comerciales o más cosmopolitas. Es absurdo. Puedes escribir sobre un tipo de La Mancha y quedar en la Historia: Cervantes lo demostró.

 

—ECP: Usted reside en una región que últimamente se está caracterizando por la eclosión de numerosos autores nuevos en el panorama literario nacional. ¿Cómo es su convivencia con dichos autores, hay algo especial en la Región de Murcia que provoque tal efervescencia literaria?

 

—RC: Es cierto. Murcia está produciendo una asombrosa cantidad de autores literarios, digamos, “exportables”. Y con algunos me une una amistad muy hermosa, o incluso fraternal. Habrá que dejar que pase el tiempo: él es el único que dirá cuáles de esos autores permanecen y cuáles se diluyen.

 

—ECP: Aunque suene a tópico, ¿qué opinión le merece el panorama literario español en la actualidad, hay tanta facilidad para publicar como parece a juzgar por el ingente número de títulos que aparecen cada año?

 

—RC: Sí, sí, publicar es relativamente fácil. Si se escribe bien, publicas un libro al año sin más problemas. Hablo, obviamente, del mundo de la novela, que es el que conozco mejor. Lo que ocurre es que muchos autores se equivocan pensando que el mundo literario se acaba en Planeta, Alfaguara, Tusquets, Anagrama o Siruela: hay muchas editoriales pequeñitas que están dispuestas a apostar por voces nuevas, siempre que sean de calidad. Y, en todo caso, el autor debe ser insistente: cuando a la autora deHarry Potter le rechazaron varias veces su obra no se rindió; cuando a Faulkner le rechazaban una docena de veces un cuento tampoco se rendía. El escritor debe estar curtido para aguantar. Al final, si tiene calidad, publica.

 

—ECP: Normalmente los escritores son reacios a hablar de sus nuevos proyectos, ¿es así o podemos preguntarle por algún detalle de su próxima novela?

 

—RC: Estoy trabajando en dos proyectos simultáneamente: una novela sobre un tipo cuya identidad confunden y que se ve envuelto en una espiral alucinatoria; y una novela sobre un personaje histórico de la antigüedad. La primera espero tenerla acabada para Navidades de 2011; la otra sin duda me ocupará buena parte de 2012. Como se puede ver, me marco plazos amplios. Es lógico. El novelista tiene que huir de todas las prisas. Su obligación es trabajar bien y con calma.

 

—ECP: Imagine que tiene que llevar a cabo una labor de marketing, convenza a los lectores de esta entrevista de la conveniencia de leer tanto Las hogueras fosfóricas como El globo de Hitler.

 

—RC: Difícil me lo pone. Si hablamos de Las hogueras fosfóricas hablamos de personas que conocen el mundo de los chats nocturnos y que alguna vez han sentido la tentación de lanzarse a conocer a alguien a través de ese canal. ¿Qué se busca en esas conversaciones? Ése es el objeto de mi reflexión. El globo de Hitler, por el contrario, es una novela de acción: parte del hecho histórico de que hace unos años se subastó el globo que el dictador nazi había manejado en su refugio de Bavaria. Y yo fabulo con la idea de que escondió un secreto, un terrible secreto, dentro de ese globo. Un mensaje en clave que conduce a una sorprendente situación actual. Pero que nadie espere nada cabalístico o esotérico: es una novela documentada desde el punto de vista histórico y con una construcción muy rigurosa, que solo se puede conseguir en la página www.isladelnaufrago.com. Me dicen que atrapa al lector desde el inicio y me gustaría pensar que es verdad. Yo le lanzaría un reto a los lectores: que lean el primer capítulo. Solamente eso. Si no quedan seducidos, lo mejor es que la dejen de lado.

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