Centenario del ultraísmo

Arturo del Villar

 

   EL único movimiento español en la primera vanguardia del siglo XX, el ultraísmo, se ha convertido en centenario, pero en realidad su existencia fue muy breve, de cuatro años escasos, desde finales de 1918 a comienzos de 1922. Su interés radica precisamente en ser español, y haberse extendido a la Argentina, en donde tampoco significó más que un débil intento innovador de la poesía, necesitada de superar los ecos del modernismo. Ha dejado un recuerdo en la historia literaria hispana, más por su condición de pionero de la vanguardia que por el valor de sus aportaciones impresas.

 

   Antes del ultraísmo había fracasado Ramón Gómez de la Serna, el Ramón por excelencia de nuestra literatura, en su pretensión de aclimatar en España el futurismo italiano en 1909, el mismo año de su nacimiento en París, por medio de su revista Prometeo.En las artes plásticas el cubismo apareció a escondidas en 1907, gracias al español Pablo Picasso, también en París, la capital mundial entonces de las artes. El verdadero revulsivo para ponerse en vanguardia lo trajo a Madrid desde París precisamente el chileno Vicente Huidobro, en el verano de 1918. Aportaba un movimiento a los ismos americanos y europeos, el creacionismo literario, sin vinculación con el teológico, y además importó libros esenciales de los poetas vanguardistas franceses, que entusiasmaron a los asombrados españoles.

 

El creacionismo disputado

   La historia confirma que al principio los poetas entonces jóvenes se sintieron deslumbrados por la nueva estética, y reconocieron el papel de Huidobro como profeta de la vanguardia internacional, pero después las relaciones se fueron dificultando, hasta el punto de negarle toda intervención en el desarrollo de los ismos en España. Buscaron precedentes del creacionismo en Hispanoamérica y en Francia, y Huidobro quedó rebajado a la categoría de un imitador aprovechado de teorías estéticas ajenas exhibidas como propias. Uno de los que le aclamaron inicialmente, Rafael Cansinos-Asséns, se convirtió enseguida en su detractor mayor. Lo que no pudo borrar fue lo publicado con su firma en el primer número de la revista madrileña Cosmópolis, en enero de 1919:

    […]el acontecimiento supremo del año literario que ahora acaba, lo constituye el tránsito por esta corte del joven poeta chileno Vicente Huidobro, que a mediados de estío llegó a nosotros, de regreso de París. […] fue el único acontecimiento literario del año, porque con él pasaron por nuestro meridiano las últimas tendencias estéticas del extranjero; […]        

    Cansinos aseguraba poseer el don de lenguas concedido por el Espíritu Santo a los primeros cristianos, que por algo se declaraba judío como ellos. Fracasado como escritor y como periodista, se ganó el pan de cada día traduciendo obras de los más variados idiomas al castellano, aunque él solamente hizo un  único viaje en su vida, de la Sevilla natal a Madrid, de donde ya no se movió, por lo que no pudo practicarlos.

   Pontificaba en una tertulia que se reunía en el Café Colonial, en la Puerta del Sol madrileña, integrada por escritores frustrados, convertidos en bohemios hambrientos y hampones ingeniosos, a los que él denominaba despectivamente sus epígonos.Él mismo se burló de ellos de manera inmisericorde en su novela El movimiento V. P.(1921) y en las memorias tituladas La novela de un literato, publicadas póstumamente a partir de 1982, en donde vertió todo el rencor acumulado contra los escritores de éxito, lo que él buscó sin alcanzarlo, porque su estilo retorcido cansaba a los pocos lectores que lo seguían. Al titularla novela se permitió cotillear sobre la vida privada de escritores populares, con anécdotas que sólo él conocía, quizá porque las inventaba para devaluar su impacto en la literatura del momento, sin intentar siquiera hacer una valoración de sus respectivas escrituras, aunque se presenta en el título como un literato, cuando era un cronista.

 

Colegas, no amigos

   La mayor parte de los personajes reproducidos en esas páginas no significa nada. Odiaba íntimamente a Ramón Gómez de la Serna, porque su tertulia sabatina en la “sagrada cripta” del Antiguo Café y Botillería de Pombo, en la calle de las Carretas, junto a la Puerta del Sol, era conocida internacionalmente, mientras que la suya en el Café Colonial parecía su caricatura deformada. Bien es verdad que Ramón le correspondía con el mismo afecto, y fijó un retrato de Cansinos con trazos irónicos, pero no falseados.

   Parece que Cansinos fue el iniciador de la campaña contra Huidobro. Recibido inicialmente como un nuevo Rubén Darío, pronto pasó a ser considerado un rastacuero, palabra entonces de moda para señalar a las personas incultas con mucho dinero. La familia de Huidobro lo poseía en Chile, por lo que podía residir elegantemente en Francia sin necesidad de ganarse la vida. Eso constituía un crimen para los desheredados del Colonial, empezando por su jefe, de modo que vincularon riqueza con incultura y renegaron de cuanto positivo habían dicho y escrito antes en torno a Huidobro.

   La consigna consistió en inventar (prohibido decir crear) un movimiento de vanguardia estrictamente español. De esa manera Huidobro ya no sería su patrocinador. De todos los poetas que pasaron en algún momento por el creacionismo en España sobresalen reconocidos los valores de Juan Larrea, de obra lírica muy escasa pero muy importante, y Gerardo Diego, de obra caudalosa en múltiples estilos complementarios, alternados a lo largo de su vida. Los dos admitieron su deuda con Huidobro, y mantuvieron con él tanta amistad que se alojaron en su domicilio en Francia.

   Por mi parte, sostuve una cordial relación con Gerardo Diego, de maestro a discípulo, concretada en los libros y artículos que le dediqué, por lo que me hizo partícipe de algunas confidencias. Me contó que Cansinos y sus epígonos le animaron a negar su vinculación con el creacionismo, y a patentar un ismo propio, aunque fuera semejante al movimiento huidobriano. Le explicaron que con ello lograría mayor categoría valorativa su escritura, como original de su propia escuela, y puesto que en los movimientos de vanguardia las intenciones eran semejantes, reducidas a inventar un estilo insólito, sin vinculaciones con la historia literaria, podía dar a conocer un manifiesto proponiendo unas intenciones semejantes a las de Huidobro, pero con otras palabras. Rechazó la proposición y continuó publicando poemas creacionistas y escribiendo con fervor sobre Huidobro mientras tuvo fuerzas intelectivas para hacerlo.     

 

Así nació Vltra

   Sin embargo, los coloniales acogieron con entusiasmo la idea de convertirse ellos solos en impulsores y definidores de un movimiento de vanguardia autóctono. De ese modo se gestó el ultraísmo, un nombre sugerido por el lema latino adoptado por el rey y emperador Carlos V, para significar la extensión de sus dominios heredados, Plus Vltra. Por ello dos revistas del movimiento se titularon Vltra, palabra que en la actualidad, escrita con la u habitual, tiene un matiz político concordante con la extrema derecha, entonces desconocido. Se publicaron burlas y sátiras de los ultraicos, pero por motivos literarios, sin ninguna intencionalidad política, porque nunca existió en el movimiento. De esa manera el nuevo ismo entroncaba con la historia de España, y se significaba su carácter autóctono, sin interferencias chilenas o parisienses, a la vez que afirmaba su inalienable originalidad.

   Como era de suponer, Cansinos se declaró el inventor del término, y no podemos decir que también de sus postulados porque no existieron nunca. El movimiento consistía en un nombre, que cada adepto podía interpretar a su manera, con tal que evitase componer una poesía acorde con las preceptivas clásicas. Para ser vanguardista era obligado romper con las tradiciones, siguiendo el ejemplo de los futuristas, que en su manifiesto fundacional preconizaron destruir las bibliotecas y los museos, para borrar cualquier vestigio de la tradición, y empezar desde la nada la nueva literatura, la del futuro en el presente. Es lo que Huidobro llamó creacionismo. 

   Probablemente el nombre sí fue una aportación de Cansinos, porque en el citado artículo de Cosmópolis aseguró que “Huidobro nos traía primicias completamente nuevas, nombres nuevos, obras nuevas: un ultramodernismo”, concepto ilimitado, impreciso e indefinido, ya que por ultramodernismo podía entenderse cualquier cosa que se hiciera después del modernismo. La única característica aceptable era la novedad, que no existieran precedentes de lo que se escribiese en la historia de la literatura. Si era nuevo era válido con seguridad. Este criterio inconsistente desplazaba cualquier intento de valoración objetiva, al imponer un subjetivismo sin normas a las que recurrir, por identificar novedad con calidad sin otros requisitos.

 

El manifiesto

   Cansinos se autoproclamó pontífice máximo del Vltra, y se hizo entrevistar por uno de sus epígonos, Xavier Bóveda, periodista, poeta, dramaturgo y ensayista sin lectores. La entrevista se publicó en El Parlamentario, un periódico igualmente sin lectores, y no se conserva el ejemplar en donde apareció, en el mes de diciembre de 1918, según propia confesión. Pese a todo, fue considerada el nacimiento oficial del ultraísmo, tal como se afirma en el manifiesto insertado en la revista de nombre equívoco Grecia, número XI, fechado en Sevilla el 15 de marzo de 1919:

   Los que suscriben, jóvenes que comienzan a realizar su obra, […] de acuerdo con la orientación señalada por Cansinos—Asséns en la interviú que en diciembre último celebró con él X. Bóveda en El Parlamentario, […] proclaman la necesidad de un ultraísmo, […]

   Nuestro lema será ultra, y en nuestro credo cabrán todas las tendencias sin distinción, con tal que expresen un anhelo nuevo. Más tarde, estas tendencias lograrán su núcleo y se definirán. 

   Eso es lo que suele llamarse un cajón de sastre, y en efecto, Vltra lo fue, porque su arte poética consistía en no tener arte poética, de modo que un poema era ultraísta porque así lo calificaba su autor. Al no ser una escuela, carecía de normas programáticas, y al no estar definidas sus intenciones cualquiera podía asegurar que su escritura era ultraica, y nadie se atrevería a negarlo, en tanto ese núcleo anunciado no se concretase, lo que nunca sucedió. Al carecer de unas bases teóricas aprobadas, el “anhelo nuevo” catalogaba la escritura ultraísta, y cualquiera podía alegarlo en su favor.

   El manifiesto de Vltra no manifestó más que un afán por constituir un movimiento estético renovador a tono con las noticias llegadas de Francia, pero sin sedimento teórico alguno. Lo único que imponía a los adeptos era la “voluntad de un arte nuevo […] obra de renovación literaria […] Nuestra literatura debe renovarse […] que expresen un anhelo nuevo […] sólo lo nuevo hallará acogida”. De qué manera podía lograrse un estilo no lo explicaron los firmantes. En otros manifiestos vanguardistas se especifican las orientaciones propuestas para que los adeptos supieran lo que debían creer y aplicar para entrar a formar parte del movimiento. Los ultraístas carecían de una idea clara sobre sus pretensiones, por lo que se limitaron a propugnar la plasmación de “un anhelo nuevo”, dejando a la interpretación de cada lector suponer cómo debía concebirse y llevarse a la práctica.  

   De los firmantes del manifiesto solamente dos han dejado huella en la literatura castellana, Pedro Garfias como poeta, y Guillermo de Torre como ensayista, aunque éste afirmó que se había incluido su nombre sin contar con él. Los demás firmantes fueron Bóveda, César A. Comet, Fernando Iglesias, Pedro Iglesias Caballero, J. Rivas Panedas y J. de Aroca, nombres sin eco en nuestra lírica, que poco material importante podían aportar al Vltra. Organizaron veladas literarias, en las que el público asistente se convertía en protagonista con sus insultos y descalificaciones a los poetas. Dado que eso era precisamente lo que buscaban, no se arredraron por ello.

 

Un humano fracaso

   Resulta llamativo que Grecia fuera concebida inicialmente como una revista modernista, en línea con la poética rubendariana, una estética denostada por los ultraístas como perjudicial para la literatura, y se pasara enseguida a la nueva estética. El patriotismo de sus fundadores la hizo aparecer el 12 de octubre de 1918, dirigida por Isaac del Vando--Villar. En su quinto número, fechado el 15 de diciembre de 1918, se insertaron “Los Poemas del Ultra”, firmados por Cansinos, pero que en realidad no tenían nada de ultraicos, ni de poesía. Deseaba contribuir al movimiento que pretendía capitanear, y para ello escribió unos versos tan rancios como su prosa, a los que definió como ultraístas aprovechando que el recién nacido movimiento carecía de normas definitorias.

  En enero de 1919 Cansinos fue designado director de otra revista de nombre equívoco, Cervantes.En un “Liminar” equivalente al editorial en el que daba a conocer su programa de actuación, adelantó el deseo de acoger en sus páginas “La intención de un ultraísmo indeterminado”. El adjetivo advierte sobre la ausencia de criterio estético en el movimiento. Todo era indeterminado porque la única norma exigible consistía en aplicar un “anhelo nuevo” para componer poemas ultraicos, y el anhelo resulta difícil de circunscribir. La ultraoriginalidad se convirtió en divisa única.

   Cansinos hizo lo que pudo para arraigar el movimiento, pero podía muy poco. Uno de sus ensayos se titula El divino fracaso (1918), con el que parece intentó justificarse. La inspiración lírica le falló, porque su escritura resultó plúmbea tanto en verso como en prosa, y los que denominó con desdén sus epígonos ignoraban cómo debía componerse un poema ultraísta, puesto que no se concretó un arte poética. En el prólogo de su libro Ismos (Madrid, Biblioteca Nueva, 1931, página 10) afirma Ramón:

   Primero creí que las escuelas eran una cosa complicada y pitagórica; pero después he ido viendo que sólo eran “una figura” la figura creadora solitaria y personal. 

   Evocamos a Filippo Tommaso Marinetti al frente del futurismo, a Tristan Tzara dirigiendo el dadaísmo, a André Breton en su puesto de pontífice máximo del superrealismo, también a Vicente Huidobro como definidor del creacionismo, y resultaría absurdo colocar a su lado a Rafael Cansinos--Asséns organizando el ultraísmo. No era la “figura” necesaria para capitanear un movimiento consistente, porque hubiera debido empezar por fijar sus características, y el ultraísmo no tenía otra finalidad que acoplar lo nuevo como credo, fuera como fuese.        

 

Para buenos entendedores

   A  tono con la vaguedad del manifiesto se expresaron los primeros defensores del Vltra. Al repasar sus declaraciones se comprende que ninguno sabía qué era aquello que habían bautizado con tan avanzado nombre. Por ejemplo, uno de los firmantes, voluntario o forzoso, Guillermo de Torre, que llegó a ser el mejor historiador de las vanguardias europeas, intentó clarificar las intenciones del ultraísmo en fecha tan temprana como noviembre de 1920, en un documentado estudio sobre “El movimiento ultraísta español”, aparecido en el número 23 de la revista madrileña Cosmópolis.Lo leemos y tratamos de entender lo que exponía con esta jerigonza abstrusa  en la página 479:

   El Ultra –dilucidaremos ahora sumariamente— es el lema distintivo y el reflector luminoso que llevan en la hélice los velívolos ultraístas. […]

   El ULTRA es el lampadario—proyector de los lucíferos ultraístas. El ultraísmo es la etiqueta genérica de un movimiento que engloba varios “ismos” específicos en una perfecta coexistencia, como rosas consanguíneas, aún en su diversa foliación polipétala.

   Lo único claro de este embrollo lingüístico es que el ultraísmo era una síntesis de varios movimientos vanguardistas, aunque no acertemos a imaginar cómo se analiza la consanguinidad de las rosas, ni qué tiene que ver con la poesía. Los velívolos y lucíferos ultraicos madrileños aprovecharon las aportaciones de los innovadores afincados en París, para utilizarlas en su beneficio, y presentarse como los inventores de una manera original de escribir. No pondrá nadie en duda que la prosa de Torre en aquel tiempo resultaba muy nueva. Por eso no la entendía nadie.

  Si embargo, lo que se tolera en la poesía, compuesta en verso o en prosa, por dificultosa que resulte su interpretación, no es admisible en un estudio teórico. Un ensayista que pretende explicar a sus lectores los condicionantes de un nuevo estilo literario recién nacido, tiene que exponerlos con claridad, de manera que no haga falta una elucidación de la interpretación, como echamos en falta en el artículo de Torre.    

 

Crítica desde dentro

   Las carencias del ultraísmo las advirtió enseguida Juan Larrea, esporádico contertulio del Café Colonial cuando viajaba a la capital española desde su residencia en Euskadi, lo que le afianzó en su aceptado creacionismo. Le comunicó sus impresiones a su antiguo condiscípulo Gerardo Diego, también en aislamiento provinciano entonces, y asimismo interesado por el devenir de la poesía. Lo hizo en una carta fechada el 22 de junio de 1919, recogida en el volumen Juan Larrea: Cartas a Gerardo Diego 1916—1980, San Sebastián, Mundaiz, Universidad de Deusto, 1986, página 92:

   Del ultraísmo poco he de decirte pues en la actualidad –si dentro de él no comprendemos el creacionismo— es únicamente un deseo, mal comprendido por espíritus mediocres, sin más razón de existir que el odio a lo pasado, aunque ellos no hayan dado una nota, verdaderamente artística, nueva. […]

   Para comprender el ultraísmo se necesitaría un poeta. Hoy por hoy, hasta que no venga, es vano y artificial.

   Esto se debía a que fue concebido, como era habitual en la mentalidad de Cansinos, para anular a Huidobro, al que deseaba suplantar en su papel de instigador de una vanguardia poética a la hora última de Europa. En realidad Vltra tomó del creacionismo todo lo que precisaba para dar fe de su existencia. Por eso no estuvo en condiciones de definir un arte poética original con caracteres propios. Con postular el culto a lo nuevo le parecía suficiente, pero lo nuevo por el simple hecho de serlo no siempre es válido, y mucho menos estético; se precisa añadirle unas facultades comunicadoras verosímiles para darle consistencia armónica.

   La nota específica apuntada por Larrea de “el odio a lo pasado” no es distintiva, sino común a toda la vanguardia. Desde que los futuristas declararon la guerra a las bibliotecas y los museos para borrar cualquier residuo de épocas precedentes, todos los movimientos posteriores rivalizaron en el intento por abolir la historia, y empezar a contarla desde su propia entrada en la escena artística. Quien mejor supo representar esa intención fue Picasso en sus reinterpretaciones de obras antiguas, como Las meninas de Velázquez, revisadas desde una visión cubista original.

   Invitaba Larrea a incluir el creacionismo dentro del ultraísmo, aunque lo lógico sería hacerlo al revés, puesto que primero fue el creacionismo, importado a Madrid en el verano de 1918, con tiempo para que Cansinos aprendiera su poética, y en diciembre postulase la aparición de Vltra, sin concretar sus características. El dato cierto de que aquellos poetas buscadores de un arte nuevo pasaran a la vez por el creacionismo y el ultraísmo, y dada la indefinición de Vltra, permite que los mismos nombres se inscriban en los dos movimientos. El único poeta que se interesó por clasificar sus versos en cada una de las dos tendencias ha sido Diego, y los editó por separado, distanciándolos además de su poesía clasicista.

   Muy lejos de su momento generador, en 1951, recopiló unos poemas de aquella época con el título de uno de ellos, Limbo, que estaba dedicado a todos los ultraístas de Grecia.En la presentación de este libro en la antología Versos escogidos (Madrid, Gredos, 1970, página 33) reconoció:

   […] la dedicación de mi poema no dejaba de significar veladamente un poquito de guasa. Todos estábamos por aquellos meses un poco en el limbo, quisiéramoslo o no. [..]

   Por lo que toca al ultraísmo su limbo era de credulidad infantil y de ausencia de blanco a donde dirigir los disparos. En términos generales los poetas ultraístas nos lanzábamos a una aventura constante hacia lo desconocido, pertrechado cada uno con el equipo que encontraba más a su alcance.

   De modo que ni el mismo practicante del ultraísmo más notable y asiduo tomó en serio aquellas manifestaciones iconoclastas, a las que no por eso renunció. Debió de considerarlo un juego retórico divertido, y lo practicó.

 

Garfias el arrepentido

  El otro poeta destacable entre los adeptos del Vltra, Pedro Garfias, fue decisivo en la propagación de la buena nueva estética. Intervino en veladas, colaboró en las revistas del grupo y editó otra por su cuenta, Horizonte, que alcanzó cinco números entre 1922 y 23. Parece que quedó deslumbrado por Cansinos, a juzgar por el poema que le dedicó llamándole “¡oh Maestro!” en el número 12 de Grecia el 1 de abril de 1919, nada ultraico y lleno de vulgaridades, “abierta ya la panadería  / que exhala un fuerte olor apetitoso”. El poema exhala olor a arcaico, y el autor tuvo el buen criterio de no incluirlo en sus libros, como un pecado perdonable de juventud. 

   Tampoco recogió la mayor parte de los poemas aparecidos en las revistas ultraístas en su primer libro, El ala del Sur, impreso a su costa en Sevilla en 1926. Este dato nos incita a pensar que estaba arrepentido de haberlos compuesto, y prefería olvidar su existencia. Para entonces ya el ultraísmo había dejado de existir, y únicamente Diego persistiría al cabo de los años en mantener viva la memoria del movimiento.

   Estos dos poetas, Garfias y Diego, son los más valiosos del Vltra. En un principio fueron amigos, pero después se convirtieron en enemigos feroces. No se debió a la ideología política opuesta, Garfias comunista y Diego fascista, sino a un motivo económico, según me lo explicó el mismo Gerardo durante una charla en su casa. Además de ser una revista Horizonte anunció que editaría libros de poesía, corriendo los autores con todos los gastos, como era y sigue siendo normal en este país.

   Diego tenía organizado un libro creacionista del que se sentía legítimamente orgulloso, Manual de espumas, y acordó con Garfias la publicación, para lo cual le envió el original y el dinero, pero el libro no salió y el dinero no retornó. En la presentación de este título dentro de la citada antología Versos escogidos, página 37, contó así la historia:

   Yo hubiera querido que el libro […] apareciese en el invierno de 1923, y se lo envié a un amigo que tenía el compromisode encargarse de la edición. No hubo tal edición, y el perjuicio económico y la desilusión amistosa me perjudicaron al retrasar hasta enero de 1925 la salida del libro que lleva la fecha de su composición tipográfica a fines del 24.

  

   Por este motivo Garfias quedó proscrito en las dos antologías de poesía contemporánea editadas por Diego en 1932 y 1934, aunque tenía tanto merecimiento como algunos de los seleccionados, también con escasa bibliografía. La sensibilidad de los poetas es colosal.   

 

El valor de Vltra

   Llegados aquí debemos resumir que Vltra queda en la historia de la literatura castellana como un intento fallido de ponerse a tono con las innovaciones comunicativas desplegadas en París. Le faltó un jefe capacitado para moverlo hasta ese punto, porque el que lo pretendió, Cansinos, carecía de aptitudes para ello, y precisamente por eso sus seguidores no lo tomaron en serio. Tanto Garfias como Diego hubieran podido serlo, pero prefirieron separarse de un presunto movimiento en realidad estático, y Larrea no quiso contaminarse con sus imprecisiones. 

 

 

 


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