ANTROPOS

Roxana Basso Alvari

Perfecto en su simetría y de proporciones clásicas, esbelto, hermoso -y por supuesto, blanco-, el hombre de Vitruvio davinciano (1492) es al homo cibernéticus lo que era el homo antessesor al sapiens. Representa la imagen mental más antigua y aceptable que el hombre moderno tiene de si mismo. Es el boceto final que rubrica de forma rotunda la superioridad de occidente frente a la inferioridad... del resto. El hombre de Vitruvio se yergue como una sequoia sobre el oscurantismo del medioevo y lo sepulta para siempre -o eso es lo que nos contaron. Antropos renace de entre las garras de Dios. La pose vitruviana, su registro, o lo que sea, legitima la gran ilusión occidental: no es que el sapiens esté hecho a imagen y semejanza del Universo, es que el Universo está hecho a imagen y semejanza del sapiens. Podemos manipular la naturaleza a nuestro antojo. He aquí la gran impostura del Renacimiento. La manipulación nos traerá el Progreso y con él la aniquilación del dolor y la ilusoria superación de la muerte. Sin embargo, Antropos se libera del trauma vital de forma deficiente enjaulando otros modelos artísticos por generaciones. No se pregunta qué será de ellos, directamente los confina: mejor pensar que nunca han estado allí. Para justificar su avidez, se crea una organización y un sistema con unas leyes incuestionables que refuercen su cosmovisión. Siglos después, y ya agotado en su excelencia tecnológica y artesanal, llega la apatía. Un tiempo de lisura. Más tarde una cierta desaceleración. Quizá un hartazgo, variante del síndrome de Diógenes a escala occidental. Antropos descubre que la saciedad puede ser tan esclavizante como la escacez. Que el tiempo se desinfla, y que tal vez esté caminando por sus bordes. Unos bordes a los que cada día resulta más difícil aferrarse. A falta de aristas, Antropos se aferrará a la historia. Se irá de vacaciones a Italia y entrará con pierna izquierda en la Galería Uffizi. Habiendo sido educado en la tradición clásica, Antropos no puede permitirse borrar de un plumazo toda una insfraestructura conceptual basada en la supuesta superioridad del arte renacentista, con lo que pasada la primera media hora de andanza por el museo se sentirá abordado por sentimientos contradictorios. Por una parte le entrará el desencanto, ya que los cuadros colgados de las paredes no consiguen que pase al siguiente embargado por la emoción o la náusea que tan bien describe Stendhal. Por la otra podría surgir, incómoda pero segura, la vergüenza -¿cómo es posible que no te guste Cellini?¿pero tú estás loco?¿qué clase de ignorante eres?, etc-. En el fondo, y a modo de poza, yacerán el más soporífero aburrimiento de la hora de la siesta, una cierta rigidez de mandíbula, los pies hinchados y el dolor de cuello resultante de forzar las cervicales para ver los frescos que decoran los techos. En esos momentos Antropos echa de menos no ser un invertebrado. A estas alturas empieza a sospechar que ningún museo fiorentino merece un pasaje de avión: ¿para qué, teniendo cerca tanta belleza natural, viviente y suelta? Podrá resultar una reflexión odiosa, pero negarla le conducirá al autoengaño. Mientras recorre los interminables pasillos del palacio, Antropos se pregunta si a la hora de hacer una revisión histórica no ha de tomarse en cuenta la posibilidad de que el arte renacentista no sea el máximo exponente de lo insuperable, sino sólo la máxima manifestación de una cultura hegemónica. Y he aquí la segunda gran impostura: la dudosa superioridad de un Antropos sin una genuina autonomía de Dios. Pleitos interminables entre artistas, curas y miembros de la alta burguesía -pagando, no olvidemos, su diezmo a la Iglesia a la que tanto decían haber superado- donde el mecenazgo papal representa la cúspide del poder capitalista mientras, más abajo, la alta burguesía juega a las canicas a los pies de papá-papa. Un circuito que continúa hasta hoy; lo único que ha cambiado es el mecenas: antes era el papa, hoy es el mercado. Puede que a Antropos le entre la sensación de haber sido engañado. La voz de su conciencia, insidiosa, disidente: toda la historia del arte puede ser una grandísima patraña. Lo que hasta hace poco más de cincuenta años le resultaba incuestionable, hoy él mismo lo pone saludablemente en cuestión. La superioridad indiscutible del arte renacentista es para él un todo discutible. La antigua confusión entre imposición de un modelo hegemónico y la calidad, se deshace en el horizonte de formas artísticas que saltan del museo a la calle. El museo ha muerto, larga vida a las tapias. A Antropos ya no le emociona el cuadro colgado de las pestañas como una mariposa con sus cuatro alfileres en las puntas. Desde hace un tiempo viene necesitando acción. Action. Esto le hace rechazar el confinamiento de la obra de arte a la morada aséptica de museos y galerías. Vitrubio ha renunciado a la perfección del círculo y ahora baila desnudo en una lámpara de lava. Hay quienes aseguran, inclusive, la naturaleza rotundamente glam de Leonardo. Como sea, la obra de arte es todo cuanto conservamos como testimonio vivo de un pasado que nunca hemos de ver; sin embargo hoy, cuando la física cuántica lleva a debate la dimensión unidireccional del tiempo, ¿importa crear un arte que sea para perdurar? Antropos quiere ver el arte ingresando en los salones heterodoxos de la diversidad. Pero no lo ve ingresando a través de un mecenas, sino del propio artista. Hay quien apuesta por la peligrosa y siempre discutible ética de sustituir el heterónimo por la acción artística en sí, la eternidad por una finitud capaz de gestar mundos dinamizadores en constante evolución, y el rechazo de cuajo de la figura del mecenas. Pocos lo entienden, menos se lo creen y el hombre de a pie lo celebra -a veces. La acción artística se mezcla con el mobiliario urbano, lo interviene, recupera su espacio vital entre la gente. Gracias a ello, el artista ya no necesita ser un marginal. Surge una nueva terminología: se habla de empoderamiento y auto-gestión. Surjen las redes sociales. Para Antropos, la ética autogestionaria del artista antivitrubiano está caliente, y urge. Antropos quiere soñar con un nuevo hombre de Vitrubio, en cuyo círculo abierto entren los nombres que todavía no han sido escritos. Y mientras recorre los interminables pasillos del palacio Uffizi, piensa en la gran paradoja de la filosofía del arte ha sido que cuatro chavales armados con sus aerosoles y sin más nada que perder, pusieran en entredicho la tan anunciada muerte de la esperanza.


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