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LA POESÍA COMO ASCESIS

RAFAEL RODRÍGUEZ GUERRA

Semejante al personaje bíblico que en cierta ocasión proclamó: ¿Qué es el hombre para que Dios se ocupe de él? Cabría preguntar: ¿Quién es el hombre para que la poesía lo busque? Somos totalmente ineptos para entender la grandeza de ese algo misterioso, la poesía. La poesía no es sustancia, materia, conocimiento, virtud, espejo, soplo, ingenuidad, deseo, nulidad. La poesía abarca tanto espacio que la mayoría de nosotros es incapaz de percibirla. Ella nos busca pero huimos, nos avergonzamos una vez que asoma su faz divina. Aparece, nos reintegra, nos vivifica, sopla en nuestros espíritus ese hálito purificador que nos permite tan siquiera suponer de dónde venimos, quienes somos y adónde vamos. A través de la poesía tenemos el privilegio único de encontrarnos. El hombre común, el hombre contemporáneo, ha perdido irremediablemente la esencia del ser. Absolutamente nadie en esta era caótica de banalidad, de indiferencia; puede explicarse cuál es el sentido de la existencia. Una vez que el hombre contemporáneo se soltó las amarras de la fe, se aferró incurablemente a lo momentáneo, a lo fácil y maniqueo. De ahí que resulte casi imposible que alguien encuentre o sienta ese misterio profundo cuya esencia puede dar explicación a nuestra presencia en el mundo. No es el eros ni la religión, la ética o la estética. Es algo mucho más inexplicable: se trata de lo invisible, lo que no podemos ver a simple vista. Eso es poesía. Muchos aseguran que poetizar no es más que una expresión de la experiencia vital. Están completamente equivocados. Quien así piense, puede que logre buenas versificaciones, que sus poemas estén impecablemente rimados, que al oído tengan buen ritmo, pero se quedará en un límite. No irán más allá de lo formal. Se le puede cantar himnos a los campesinos, a los héroes, a la naturaleza, a la experiencia amorosa y, no encontrar ese divino invisible que es el misterio de la poesía. Ella es incognoscible porque lo abarca todo. Es inconmensurablemente grande y traspasa los límites del universo. Por eso es que sólo vamos a poder encontrar tan sólo una ínfima porción de ese hálito misterioso. Muchos se acercaron: Eliot, Lezama, Donne, Novalis, Li Po, Baudelaire, Claudel, Valery, etcétera. Sin embargo, en varias ocasiones, se quedaron en los límites de sus respectivas experiencias personales. Ahora bien, no hay nada tan puro, transparente y honesto como la muerte. La muerte es un suceso cuya duración es mucho más pequeña que la del orgasmo. Esa transición desde un estado miserable hacia otro donde no somos pequeños ni grandes, sino que somos, éramos y seremos. Estamos y no estamos en ninguna parte. Ya nada de lo que antes de ese tránsito nos angustiaba puede seguir haciéndolo porque ha disminuido tanto desde la inmensidad de nuestra infinitud que lo perderemos de vista. Sólo después de esa, pudiéramos llamarle, transformación; nos encontraremos realmente con el invisible que es, a su vez, la poesía. La poesía es, entonces, el hombre trascendiéndose a sí mismo. Pudiera parecer una locura pero lo cierto es que, el estado delirante absoluto es otro camino hacia el misterio. De modo que, si entendemos a la poesía como misterio casi inalcanzable, podemos concluir que sólo después de algo tan misterioso como la muerte estaremos cara a cara con ella. No debemos olvidar que en alguna ocasión, Martí afirmó: no hay mujer más bella que la muerte. Hacia ella vamos luego de habernos enfrentado a las miserias de la vida material. Pero no fluimos o nos arrastramos sino que nuestra esencia es succionada hacia ese estado tremebundo, hacia esa aparentemente ínfima porción de tiempo que es el instante de morir. La invisibilidad de la muerte no es la nada sino que es el todo absoluto. Así pues, la muerte no es un vacío. Pero lo es en tan grande desmesura que apenas si podemos comprenderla. El ser humano es una criatura maravillosa, en cuanto conserva sus recuerdos. Tiene historia. El hombre creativo atesora esa historia a través de las ideas que produce. Conocemos de la existencia de los egipcios gracias a la simbología de los jeroglíficos. Asimismo, conocemos como eran los europeos del siglo XV gracias a creadores como Leonardo da Vinci o Petrarca. Eso no es sino poesía. La poesía de la Edad Media se concretó en las catedrales góticas. Sus particularidades proceden de un sistema de pensamiento que sólo producían los hombres de esa época. Resultaría muy difícil que un ser humano del siglo XXI, por muy creativo que sea, produzca ideas relativas a lo gótico… Por eso es tan maravillosa la cualidad trascendente de la poesía. Las especies inferiores no se reconocen a sí mismas, no saben nada acerca de su existencia. Nosotros las historiamos, por eso trascienden a costa de nuestra capacidad de raciocinio. Trascender no es asunto nimio, como cree la mayoría. Vivir tan sólo el momento no tiene importancia porque las especies irracionales lo hacen. Si las personas sólo se ocupan de vivir el presente, se equiparan a los seres irracionales. la idea de trascendencia es un preciado, mágico y maravilloso atributo humano.

 

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