El sionismo ha borrado las diferencias ideológicas
Pierre Stamboul
Viento Sur
Si el sionismo
nace a fines del siglo XIX; una importante escisión se produce en su
seno hace 80 años. Una nueva corriente que se llama a sí misma
“revisionista” aparece. Su principal animador se llama Vladimir (Ze´ev)
Jabotinsky.
El “transfert”: un viejo proyecto
Hasta entonces, los inmigrantes sionistas instalados en Palestina
bajo mandato británico, tenían tendencia (como la mayor parte de los
colonialistas) a ignorar la existencia misma del pueblo autóctono.
Israel Zangwill había proferido la mentira fundadora afirmando que
había que encontrar “una tierra sin pueblo para un pueblo sin
tierra” y que esa tierra sería Palestina. David Ben Gurion había
señalado claramente que el país estaba poblado. Pensaba (con razón)
que esos “fellahs” eran los descendientes de los hebreos. Pero,
fingiendo ignorar la realidad colonial, imaginaba que esos “fellahs”
se integrarían en el proyecto sionista. La revuelta palestina de
1929 (en Hebrón) y sobre todo la insurrección de 1936 iban a
desmentir esos sueños. A partir de ahí, para Jabotinsky (admirador
del fascismo italiano) y sus discípulos, la vía a seguir es clara.
Puesto que está claro que los palestinos son valerosos y están
dispuestos a resistir con determinación, hay que expulsarlos más
allá del Jordán. Desde el fin de los años 1930, el terrorismo de la
derecha sionista se desarrolla, atacando tanto a palestinos como a
británicos. Para la mayoría sionista que se reivindica del
socialismo, la derecha es intratable y los “socialistas” no dudan en
calificarla de racista y de terrorista, incluso de fascista. Sin
embargo, desde el comienzo, “izquierda” y derecha sionistas están de
acuerdo en lo esencial: privilegiar a cualquier precio la
construcción del futuro estado judío en detrimento de cualquier otra
consideración. Dos actitudes complementarias
En 1933, los judíos americanos decretan un bloqueo económico contra
la Alemania en la que Hitler acaba de llegar a canciller. Ben Gurion
se opone a ello y el comercio entre el Yichuv (comunidad judía de
Palestina antes de la creación del estado de Israel) y la Alemania
nazi proseguirá. En la derecha, el grupo Stern se ha lanzado a una
guerra total contra los palestinos y los británicos. Su facción más
dura dirigida por el futuro primer ministro Itzhak Shamir asesinará
soldados británicos y tomará contactos con el régimen hitleriano
cuando el genocidio nazi está en su apogeo. Ese mismo grupo
asesinará al conde Bernardotte durante la guerra de 1948 para
significar claramente que el nuevo estado de Israel no respetará el
derecho internacional. Con la apertura de los archivos, los
historiadores israelís han confirmado lo que los palestinos decían
desde hace mucho. La “Naqba” (catástrofe), es decir, la expulsión de
800.000 palestinos de su propio país era premeditada y había
comenzado en gran medida en el momento de la entrada en guerra de
los países árabes vecinos en mayo de 1948. Los grupos terroristas de
extrema derecha y el ejército regular dirigido por la “izquierda
sionista” (la Haganah, el Palmach) jugaron papeles complementarios.
Así en Deir Yassine, un grupo terrorista, el Irgun, dirigido por el
futuro primer ministro Menahem Begin masacró a la población, pero
fue el ejército regular el que ocupó el pueblo. Deir Yassine no
existe ya, se ha convertido en el barrio de Giv´at Shaul y el tunel
de la carretera que pasa por debajo lleva el nombre del asesino:
Menahem Begin.
Las responsabilidades de la “izquierda sionista”
“Izquierda” y sionismo, es un oximoron. Si la derecha sionista ha
reivindicado siempre la necesidad de la limpieza étnica (algunos
lamentan hoy que no se hubiera terminado la guerra de 1948 y que
queden “árabes” en Israel), la izquierda lo ha practicado sin
vergüenza. De hecho, la “izquierda” sionista está comprometida en
todos los crímenes cometidos contra el pueblo palestino. En 1948, la
“izquierda” estaba en el poder durante la guerra. No solo planificó
la expulsión, sino que confiscó las tierras de los expulsados y se
opuso a todo retorno de los refugiados desde la firma del
armisticio. La idea del país “de izquierda” ayudado por la URSS con
kibutz y pioneros que trabajan su país para hacer de él un jardín,
es falsa desde el comienzo: este país nació de una limpieza étnica.
En 1956, la “izquierda” estaba en el poder cuando el ejército
israelí, aliado a los imperialistas franceses e ingleses,
conquistaba el Sinaí. El mismo año, 49 palestinos de Israel eran
masacrados en Kafr Kassem. Protestaban por el robo de sus tierras.
En 1967, se sabe ahora que la crisis sobre el estrecho de Tiran era
un pretexto. La conquista era premeditada y desde el verano de 1967,
la colonización estaba decidida. Es un ministro “de izquierdas”
Yigal Allon, jefe de un pequeño partido “socialista” (el Ahdut
Ha´avoda) el que organiza la colonización de Cisjordania. Como no
tiene el personal político para colonizar, va a reunirse con la
única corriente religiosa sionista, la de los discípulos del rabino
Kook. Les ofrece millones de shekels para que vayan a colonizar.
Hoy, esta corriente nacional-religiosa, apoyada al comienzo por la
“izquierda”, representa la cuarta parte de la sociedad israelí y una
buena parte de los 500.000 israelíes instalados en los territorios
conquistados en 1967 se reclama de ella. Por supuesto, la llegada al
poder de los discípulos de Jabotinsky en 1977, con la derrota
electoral de la “izquierda” frente a Begin, parece un giro
histórico. Es uno porque, por primera vez, el electorado sefardí
sanciona a los fundadores del estado de Israel a la vez que hace el
juego de la derecha racista. En 1987, Yitzhak Rabin es ministro de
Defensa cuando la primera Intifada es reprimida con una gran
brutalidad. En 1993, esta misma “izquierda” parece haber aceptado la
idea de “la paz por los territorios” al firmar los acuerdos de Oslo.
Durante los pocos meses que separan esos acuerdos del asesinato de
Rabin, 60.000 nuevos colonos son instalados. ¿Por qué? El episodio
de Simón Peres en el poder antes de su derrota frente a Benjamin
Netanyahu es una sucesión de crímenes destinados a relanzar la
guerra: masacre en el pueblo de Cana en el Líbano, asesinato en Gaza
de Yahia Ayache, “artificiero” de Hamas (según Peres) en pleno
período de tregua (1996). A partir de este período, la “izquierda”
sionista participa en numerosos gobiernos de coalición. Es un
ministro “de izquierdas” (Fouad Ben-Eliezer) quien está en el origen
del muro que corta Cisjordania (llamado cierre de separación en el
novlenguaje). Es un ministro laborista supuestamente sensible a las
cuestiones sociales (Amir Peretz) quien, como ministro de defensa,
organiza el ataque contra el Líbano en 2006. Y es otro ministro “de
izquierdas”, Ehud Barak quien dirige la carnicería que acaba de ser
cometida en Gaza. Hay tan poca diferencia entre “izquierda” y
derecha sionistas que, cuando Ariel Sharon (un puro discípulo de
Jabotinsky), más clarividente que sus antiguos compañeros, decide
evacuar Gaza (para mejor poder destruir esa región), una parte de
los laboristas (con Simón Peres a la cabeza) se une a él en el
partido Kadima.
En el origen del consenso
Justo antes de atacar Gaza, Tzipi Livni consultó al conjunto de los
partidos sionistas y todos le dieron su acuerdo, incluso el Meretz,
varios dirigentes del cual estaban en el origen de los acuerdos de
Oslo. El antiguo movimiento de masas Shalom Arshav (La Paz Ahora) se
ha convertido en un apéndice del partido laborista. Los grandes
escritores considerados como conciencias morales (Amos Oz, Avraham
Yehoshua, David Grossmann) han aprobado la agresión contra Gaza tras
haber aprobado la del Líbano dos años antes. Michel Warschawski ha
considerado siempre que la minoría anticolonialista en Israel es una
pequeña rueda. En 1982, esta pequeña rueda había arrastrado a una
grande y centenares de miles de manifestantes habían denunciado la
invasión del Líbano y las matanzas de Sabra y Chatila. Se acabó. Las
manifestaciones contra la carnicería en Gaza (al margen de las
organizadas por los palestinos de Israel), no reunieron más que
10.000 participantes. La frontera no pasa en Israel entre
“izquierda” y derecha. Separa a los sionistas de los no sionistas o
antisionistas. El “complejo de Massada” ha logrado convencer a la
mayoría de la población israelí de que está en peligro, que se la
quiere destruir, que las víctimas son los judíos, que no hay socios
para la paz y que los palestinos prosiguen el proyecto de
aniquilación nazi. Hezbolá y Hamás han sido hábilmente erigidos en
espantajos intratables. Puesto que el enemigo es monstruoso, el
permiso de matar existe y no hay que hacerse preguntas. El discurso
de los fanáticos religiosos (“los palestinos son amalecitas, la
Torah dice que está permitido matarles así como a sus mujeres, sus
hijos, sus rebaños) se ha convertido en el discurso dominante. Por
otra parte, el rabinato militar ha oficializado este discurso
racista e integrista excusando por adelantado todos los crímenes de
guerra cometidos en Gaza. Las barreras morales se han hundido.
Los electores han preferido el original a la copia
Las últimas elecciones en Israel, significan un poco como si la OAS
hubiera ganado la guerra de Argelia y las elecciones francesas se
decidieran entre Philippe de Villiers, Bruno Mégret y Jean-Marie Le
Pen. Sin duda el antiguo gobierno Livni-Barak tenía pensamientos
electorales en mente cuando atacó Gaza e imaginaba ganar así votos.
Es sintomático ver que los tres partidos que han llegado a la cabeza
en las últimas elecciones israelís son tres “herederos” diferentes
de Jabotinsky. El que aparece más intratable ha sido matón en una
discoteca en Moldavia. Avigdor Lieberman, como un cierto político
célebre en Francia, tiene la reputación de decir bien alto lo que
una buena parte de la opinión pública israelí piensa en bajo. Ha
propuesto, hace algunos años, que se lanzara una bomba atómica sobre
Teherán o que se bombardeara la presa de Asuán. Este “diplomático”
un poco particular es hoy ministro de Asuntos exteriores. Su éxito
electoral ha venido de una idea más que centenaria, la que ha estado
en la base de todos los nacionalismos asesinos: un estado
étnicamente puro. Propone sin reír que el millón y medio de
palestinos de Israel se declaren vasallos del dios sionismo, y que
en caso de negativa, sean desprovistos de su nacionalidad y
expulsados. No se dice opuesto a un estado palestino si Israel
guarda lo esencial, es decir, las colonias. Su éxito era previsible
en el electorado rusófono, su discurso seguritario (que ha estado a
punto de acabar en la prohibición de los partidos políticos de los
palestinos de Israel) le ha permitido enormes progresos, en las
colonias o en Sderot. Es cómico oír a los medios franceses
preguntarse si su llegada al ministerio no va a “suponer un frenazo
al proceso de paz”. ¿Qué frenazo? ¿Qué proceso? ¿Qué paz? El
heredero “legítimo” de Jabotinsky, Begin y Shamir, es Netanyahu. No
ha cambiado, sigue siendo hostil a cualquier estado palestino.
Frente a la cuestión demográfica (5 millones y medio de judíos y 5
millones de palestinos entre el Mediterráneo y el Jordán), su
estrategia es el Gran Israel y el Apartheid: confinar a los
palestinos en zonas cada vez más restringidas, empujarles a irse,
instalar 300.000 nuevos colonos. No teniendo nada que proponer a los
palestinos, ni siquiera algo que podría hacer que se recuperara la
Autoridad Palestina, desvía la atención proponiendo un ataque
“preventivo” contra Irán. Esta idea es popular en Israel donde se ha
preferido siempre ahogar la cuestión palestina en un universo más
grande: el del choque de civilizaciones y de la guerra del bien
contra el mal. Heredera de Jabotinsky y de Sharon, calificada de
“centrista” por los medios, Tzipi Livni (antigua miembro del Mosad
donde organizó atentados contra los palestinos) está en el origen de
la carnicería de Gaza. Sin duda, Barack Obama habría preferido que
ella ganara las elecciones para mantener la ficción de posibles
negociaciones. Los Estados Unidos intentarán seguramente llevarla al
poder de aquí en algún tiempo. El partido Kadima no se dice hostil a
un estado palestino a condición de que Israel se quede con Jerusalén
Este, Maale Adoumim, Airel, los bloques de colonias, el valle del
Jordán… En definitiva, habría bantustanes dispersos, no viables,
ligados por túneles y se llamaría a eso el estado palestino.
Una clase política nula
¿Y los demás partidos? La prisa de Ehud Barak por unir el partido
laborista a la extrema derecha no tiene nada de sorprendente. Nada
les opone en el fondo.
Es Barak quien ha impuesto la idea de que no hay interlocutor para
la paz y que no hay ninguna alternativa al aplastamiento de Hezbolá
o de Hamás. Es Barak quien ha convencido a los dudosos de la idea de
una guerra sin fin. Su alianza recuerda los peores momentos de la
guerra de Argelia cuando los “socialistas” Guy Mollet, Robert
Lacoste, Max Lejeune hacían causa común con los militares
“pacificadores” (los generales Massu y Bigeard), los adeptos de la
tortura o los futuros dirigentes de la OAS. El partido socialista
francés necesitó 20 años para recuperarse de ello. Muy disminuido en
las últimas elecciones, el partido laborista israelí corre el riesgo
de sufrir la misma suerte. A su izquierda, el Meretz está en un
callejón sin salida. Preso del sionismo, ha fracasado en la idea de
un “sionismo de rostro humano” que aceptaría grosso modo una
retirada a las fronteras de antes de 1967. De todas formas, esta
frontera internacionalmente reconocida (la línea verde) ya no
existe. No figura en ningún mapa israelí. La anexión no es ya
rampante, se ha hecho todo lo posible para hacerla definitiva. La
autovía Tel-Aviv/Jerusalén atraviesa los territorios ocupados en
Latrun. Gigantescas empresas se instalan en Cisjordania ocupada. Las
ruinas de Herodion o de Qumran (Cisjordania) se han convertido en
parques nacionales israelíes, la mayor parte de Jerusalén-este ha
sido transformada en extrarradios residenciales. Las carreteras de
circunvalación han redibujado el mapa de Cisjordania. Para que la
solución de “dos pueblos, dos estados” sobre la base de la línea
verde exista, sería necesario que los 500.000 colonos partieran o
aceptaran convertirse en ciudadanos palestinos. Tanto lo uno como lo
otro se han convertido en más bien irrealistas. Por no haber
planteado las cuestiones esenciales (el colonialismo, la igualdad de
derechos), el Meretz no tiene ya nada que proponer. Del lado de los
religiosos, los que han conservado desconfianza o aversión hacia el
sionismo (como el grupo Netouré Karta) son hoy muy minoritarios. Lo
que tiene el viento de popa se basa en una síntesis entre mesianismo
fanático (“Dios dio esta tierra al pueblo judío”), nacionalismo
guerrero y racismo. Así, el jefe espiritual del Shass (partido
sefardita religioso que tiene 11 diputados), el rabino Ovadia Yossef,
declaró que los palestinos eran todos serpientes y que la Shoah era
un castigo divino contra los judíos que se habían portado mal. El
franco palestino Salah Hamouri está en la cárcel por sospechoso (sin
pruebas) de haber tenido intenciones hostiles contra este jefe
“espiritual” de otra época. Los partidos religiosos rivales no son
mejores. Lo que unifica la clase política israelí es la
corrupción
Sharon y sus hijos han tenido problemas con la justicia. También
Ehud Olmert, implicado en el asunto de permisos de construcción
pagados cuando era alcalde de Jerusalén, ha tenido que dimitir. El
propio Netanyahu ha conocido momentos de eclipse. Lieberman está hoy
con problemas con la justicia por desviación de fondos en la
financiación de los partidos que podrían costarle el puesto. Hace
dos años, una miembro de su partido, Eterina Tartman, mintió
descaradamente sobre su titulación para poder convertirse en
ministra de ciencias (en lugar de un “árabe” presentido para ese
puesto). Fue empujada a la dimisión cuando apareció la verdad. En el
momento del desencadenamiento de la guerra del Líbano, el general
jefe del ejército Dan Halutz había cometido un delito de utilización
de información privilegiada vendiendo todas sus acciones y
precipitando la caída (el 8%) de la Bolsa en Tel Aviv. Cuando los
dirigentes israelíes no son encausados por desviaciones de fondos,
lo son por delitos sexuales como el antiguo presidente Moshé Katzav,
acusado de acoso sexual y de tentativa de violación. No hay nada que
esperar de esta clase política en la que el dinero y el
individualismo se han convertido en los valores dominantes. Es poco
probable que salga de esta clase alguien como el surafricano De
Klerk, capaz de negociar un compromiso histórico y de pensar en el
futuro. Rabin pagó con su vida el hecho de haber parecido serlo.
¿Qué esperanza?
Los palestinos han retenido de su trágica historia que hay que
resistir, no volver a irse. Se está en la cuarta generación desde la
Naqba. El loco sueño de los sionistas de que los palestinos
desaparecerían fundiéndose en el mundo árabe de alrededor o que no
estuvieran ya (a imagen de los amerindios de los Estados Unidos o de
los aborígenes de Australia) en situación de reclamar sus derechos
no es posible. Al mismo tiempo, ninguna paz justa será posible
mientras el proyecto sionista esté en marcha porque ese proyecto se
ha basado siempre y se basa en la negación de Palestina. ¿Entonces?
Poco antes de la carnicería de Gaza, las elecciones municipales de
Tel-Aviv habían dado un resultado sorprendente. La principal lista
de oposición estaba dirigida por un joven miembro del Hadash (el
partido comunista) que era refuznik (objetor de conciencia) y
antisionista. Había palestinos de Jaffa en esta lista que obtuvo el
36% de los votos. Parece que los jóvenes hubieran votado masivamente
por un refuznik (es un índice). Pero el resultado obtenido muestra
una aspiración a vivir “normalmente” sin una guerra cada dos años,
sin una movilización permanente, sin esta huida hacia delante
criminal y suicida. Todo israelí que reflexiona sabe que la política
actual de destrucción de Palestina y de crímenes repetidos no puede
durar indefinidamente sin consecuencias muy graves para los
israelíes. Si la sociedad israelí se tomara el tiempo mirar a su
alrededor, tendría el tiempo de ver sus verdaderos problemas: la
violencia, el ultraliberalismo, el borrado de las identidades, el
militarismo, la segmentación, la pérdida de referencias y de
valores. La superación del sionismo supone responder a estos
desafíos. Pero ¿para cuando? El tiempo pasa, los crímenes se
acumulan. Este cambio indispensable y esta ruptura del “frente
interno” urgen.
9 de agosto de 2009
Pierre Stamboul es miembro del Secretariado Nacional de la UJFP (Union
Juive Française pour la Paix)
Traducción: Alberto Nadal para VIENTO SUR
http://www.vientosur.info/articulosweb/noticia/index.php?x=2546
