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NOVEDADES EDITORIALES -  MAYO 2007

La editorial Alfaguara inicia una nueva colección a partir de ...
ProDownload - Argentina

La editorial Veleta rescata el primer poemario de Leopoldo Panero
Granada Hoy - Granada,Spain

'La Herejía': continúa la fiebre por la novela histórica
Nosotras.com - Barcelona,Spain

Esteban Martín y Andreu Carranza 'estructuran' en 'Clave Gaudí ...
Terra España - Spain

Juan Pedro Aparicio inaugura la colección de novela de Menoscuarto
El Norte de Castilla - Castilla y León,Spain

'Ínsula de Libros' difunde en España la obra de tres novelistas ...
Latinoamérica Exterior - Barcelona,Barcelona,Spain

Ha salido al mercado editorial el libro LOS DIEZ MANDAMIENTOS DE LA INFIDELIDAD, ideado y escrito por al periodista, cineasta y escritora chilena CAROLINA CARDEMIL QUEZADA, que se encuentra en España para la promoción del mismo.

Esta obra abre la Colección IMPACTO de EL PAÍS LITERARIO EDITORIAL. Por las características, estilo y tema que presenta, la infidelidad, promete ser un auténtico éxito editorial tanto en España como en Latinoamérica donde Carolina Cardemil es una reconocida profesional del periodismo y la escritura.

La editorial Phaidon reedita 'La cuchara de plata'
Diario ADN (España) - Barcelona,Cataluña,Spain

Una editorial italiana publica una antología de narrativa ...
El País (España) - Madrid,Spain

López Andrada publica un libro de poesía y una novela
ABC Córdoba - Córdoba,Andalucía,Spain

EL CLUB DE LOS MUERTOS', LA NUEVA NOVELA DE CHARLAINE HARRIS
Aullidos.com - Spain

Javier Reverte no quiere volver al periodismo y prepara nueva novela
El Panamá América - Panama

Ábaco edita 'Almas Mortales', una novela en la que José Antonio ...
Digital Wave - Spain

Reeditan la novela “Si hubiera mar...” de Lourdes Mcluf
Once TV - Mexico

En la colección de BASSARAI ENSAYO tenemos un nuevo título, esta vez del escritor y periodista GERMÁN YANKE, con el título de CIUDAD SUMERGIDA, un personal diario que muestra su pasión por los libros, con Bilbao como escenario literario y social de fondo.


German Yanke (Bilbao, 1955) es periodista. Tras haber desarrollado buena parte de su vida profesional en su villa natal, ha trabajado en Madrid para radio y televisión. En la actualidad es cronista del diario ABC y columnista del periódico digital Estrella Digital.

Ha publicado varios ensayos, cuatro poemarios y una antología de la poesía española de los ochenta. En los últimos años ha impartido cursos y seminarios sobre literatura española, especialmente sobre la obra de Miguel de Unamuno, en varias universidades norteamericanas.

A Bilbao –tema fundamental de este libro– ha dedicado cientos de artículos periodísticos y breves ensayos. La villa es también el escenario de Bilbao considerado como una de las Bellas Artes y de su biografía de Blas de Otero.


Ciudad sumergida es una obra en la que se mezcla el dietario con el tono ensayístico y tiene como eje central la ciudad de Bilbao a finales del siglo XX y principios del XXI. El escritor y periodista German Yanke relata en clave autobiográfica episodios, paseos, conversaciones o viajes, intercalando sus experiencias con las lecturas de los libros que llegan a sus manos.

«Mi vida es la de un oficinista (un poco ilustrado si se me concede, pero oficinista a la postre), y si de este empeño surge una chispa de interés, un instante en el que el lector no diga “bueno, ¿y qué?”, tendrá que ser por la arquitectura, por el modo de construir una ciudad verosímil, sumergida en las palabras».

184 páginas
ISBN 978-84-96636-09-5
Precio sin IVA: 12,48 Euros.
PVP 13 Euros
 

Mañana aparecerá “La llaga”, la gran novela del paraguayo Gabriel ...
ABC Color - Asunción,Paraguay

Skármeta presenta nuevo libro, anuncia película
El Nuevo Herald - Miami,FL,USA

Javier Azpeitia publica 'Nadie me mata', una 'novela policíaca ...
Terra España - Spain

 

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CÓMO ESCRIBIR SOBRE UNA LECTURA
(Guía practica para redactar informes editoriales y reseñas literarias)

 Carme Font
978-8484283423
12,5 €
104 pp.

La redacción de un escrito en torno a una lectura está íntimamente ligada al acto de la lectura profunda que permita extraer todos los conocimientos y la belleza que el texto nos ofrece.

Cómo escribir sobre una lectura nos ofrece las herramientas prácticas para abordar en primer lugar el acto de la lectura con la conciencia y espíritu crítico para poder analizar y valorar una obra en profundidad.

De forma práctica, nuestra guía enseña al lector a comunicar por escrito lo que ha leído. Por una parte, muestra las herramientas necesarias para elaborar un informe editorial completo que resulte útil para su práctica profesional y, desde una perspectiva más literaria, por otra, enseña a abordar la reseña literaria sobre la lectura crítica.

Sobre la autora:
Carme Font Paz
Es doctora en filología inglesa por la UAB, y profesora de literatura inglesa del siglo xix en la UAB. Además, trabaja como lectora y traductora para las editoriales Edhasa, Planeta, y Siruela, entre otras. Colabora regularmente como crítica literaria y articulista en varias publicaciones, entre ellas World Press Review y Planet Magazine. Imparte nuestro curso de Formación de Lectores Profesionales.

 



Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006
Marcelo Luján

En algún cielo
(fragmento)

La mujer que estuvo llorando a mi lado acaba de bajarse en Areeiro. No sé por qué insisto en seguirla con la mirada mientras ella recorre sin ganas la planicie del andén, un poco errante, yendo y viniendo extraviada, arrastrando los zapatos y el rostro y vaya uno a saber cuántas cosas más.
Bajo levemente la vista, revuelvo las manos: entre las piernas tengo una bolsa, en mi memoria el sonido vívido de su llanto. Todo lo tangible queda relegado y de pronto es superfluo. Sé que dentro la bolsa hay un vestido para mi madre. Sé que las puertas del vagón aún están abiertas y que el tren, en efecto, continúa detenido. Sé que la gente espera de pie y también sentada y que en cierto recoveco, debajo de aquel asiento o sobre la maqueta gomosa del suelo, en el sudor que pegotea los dedos al hierro del pasamano, en las yemas de esos dedos, la suerte juega a la escondida y los segundos son minutos y los minutos horas y las horas compases que terminan siendo el corazón de una vida.
Pero lloraba, la mujer.
Había subido una estación después que yo, en Baixa-Chiado, la segunda parada de este tren con dirección Campo Grande, destino al que me dirijo después de una larga jornada de turismo, que comenzó sobre las nueve de la mañana, cuando salí del hotel y desayuné y fui hasta Cais do Sodré para tomar otro tren costero y trashumante que me depositó por fin en Estoril. Y ahora Estoril no es más que un efímero recuerdo que se opaca o disuelve bajo el candor de esa mujer, de esa, la que todavía puedo ver a través del cristal de la ventanilla. Las puertas siguen abiertas y los desconocidos se miran entre sí como si en el otro rostro estuvieran las respuestas de lo que nunca pudo ser.
Un viejo de pelo largo, de pie en el fondo del vagón, suelta un chistido ruidoso y mueve la cabeza como si lo molestara una mosca. Aquella señorita de chaqueta blanca o crema consulta varias veces su reloj: algo, entre las agujas y el cuadrante, comienza a no tener solución. Esos dos, codo a codo, se dicen cosas por lo bajo: el que acerca las palabras tiene todo claro, el otro descubre que nada es eterno o que la eternidad se quedó para siempre en los días de la escuela primaria. Y esa niña que tararea una canción, y esa madre de mirada ausente que no la oye. Una abuela vestida para la hora del té, pensativa tras el maquillaje y los años y las arrugas. Un adolescente con mochila, de pie: el ruedo de sus anchos pantalones lamiendo la mugre o la indiferencia. Hay más gente, por allá, por acá. Todos en la terca maquinaria de la carcoma, en el cansancio de la mala espera. Sí: nunca es bueno el ambiente cuando un tren (subte, tranvía o trolebús) se queda parado más de lo debido: la gente se pone arisca, inquieta, observadora y hasta agresiva o irónica. Tal vez esto se deba a la simple pero fatal certeza de estar atrapado bajo la tierra: una ecuación de aristas claustrofóbicos que pocos logran descifrar. Abro las piernas y, al mismo tiempo, la bolsa: veo el vestido, las flores, la etiqueta grapada a un costado del escote. Se oye un pitido y las puertas se cierran con hermetismo.
Pero el tren aún no arranca.
Ladeo un poco la cabeza, busco el ángulo. Toda mi visión se reduce a la enorme publicidad de jabón en polvo que empapela la pared del andén, donde una niña rubia se acurruca sobre una torre de ropa recién lavada. Y sonríe o resuella. Y de su sonrisa o resuello sale la frase têm uma borboleta preta. Está la niña, la ropa, la caja del producto y, en el vértice de ésta, una mariposa negra. Me resulta algo siniestro el mensaje, la combinación entre lo rubio y lo preto, entre lo limpio y lo negro, lo sucio, lo perfumado, la sonrisa. Y todo para anunciar jabón en polvo.
Rozo el vidrio de la ventanilla con el pelo, me apoyo en ella para encontrar a la mujer. Ahí está: primero de pie junto a una papelera y después en cuclillas: intenta cubrirse el rostro. Se nota que es joven pero también que los años comienzan a pesarle. Ahí está: camina unos pasos y vuelve a sentarse contra la pared (otra vez el rostro cubierto o escondido). Se pone de pie y observa algo secreto. Otra vez camina, siempre sin rumbo aparente, siempre con el peso de esos malos años que envejecen a cualquiera. Pasa justo frente a mi ventanilla, absorta. En cierto momento levanta la vista y, por primera vez, puedo verle los ojos claros.
Esa mujer, esa misma mujer, acá, al lado mío, antes de bajarse, lloraba.
Cierro la bolsa y también las piernas. Pienso en mi madre, en que hoy es su cumpleaños. Pienso en el vestido que le compré, en llamarla ni bien llegue al hotel, en por qué a ella nunca la vi llorando. Pienso en cada uno de los motivos que tuvo para llorar, todos lejanos, ninguno narrado con detenimiento.
El tren da, por fin, los primero tirones y la planicie del andén, lentamente, comienza arrastrarse más allá del cristal de la ventanilla.
Ya no puedo seguir viendo a la mujer. Todo lo que tengo es el recuerdo de su cuerpo alejándose para siempre, rayones horizontales, niñas rubias que resuellan, paredes abovedadas, carteles en portugués, flechas en portugués, palabras, salidas o entradas, una mariposa negra posada heroicamente en el vértice de una caja de jabón en polvo.
Lo cierto es que la mujer que estuvo llorando a mi lado ya no está al alcance de mi vista. Supongo que habrá continuado caminando de una punta a la otra del andén, tal vez se haya sentado, tal vez sus ojos, tal vez su pañuelo, o puede que haya decidido salir a la calle con la misma velocidad con la que saltó del asiento para bajarse definitivamente en Areeiro. Cuando digo saltó del asiento no es en sentido figurado: la verdad es que su cuerpo dio un salto, se puso de pie con un movimiento brusco, eléctrico, como estos primeros tirones del tren, que va tomando velocidad y ya no hay a la vista ni mujer ni llanto ni jabones en polvo. Veo por última vez el nombre de la estación, me detengo en la doble e y enseguida se me viene encima la oscuridad del túnel.
Lloraba, la mujer. Había subido en silencio, como todos. Cuando se abrieron las puertas y la vi entrar al vagón, estaba pensando en lo contenta que se iba a poner mi madre con el vestido que le compré esta mañana en un puestito callejero de Estoril. Hoy es su cumpleaños. Desde que me tuvo, creo que es el primer cumpleaños que pasa sola, sin mi presencia física quiero decir.
Mientras me imaginaba la sonrisa plácida de mamá, paradójicamente, distinguí a la mujer entre el apelmazamiento de un modo más o menos instantáneo; acaso por cómo estaba vestida, por el modo de atravesar el vagón: la inercia de los que avanzan sin olvidarse de sufrir. Se sentó a mi lado pero sin observarme, sin siquiera revolear la vista a su alrededor, indiferente, con la cabeza gacha, apoyó un bolso negro sobre sus muslos y, en dos minutos como mucho, comenzó a llorar. Primero se cubrió la cara con las manos y enseguida las pausadas convulsiones que te suben desde el vientre y que terminan en un coletazo simple pero impostergable de la cabeza. Intenté dejarle un poco más de espacio, moviéndome sin apuro, como si para relegar el llanto alcanzara con la miseria de la comodidad.
Durante todo el tiempo que estuvo ella acá, sentada a mi lado, no tuve la valentía de girar para mirarla, para preguntarle si se sentía bien o alguna cosa que las personas suelen preguntar aunque más no sea por cortesía. No tuve la valentía, digo (o la arrogancia o la indiscreción o la desfachatez de los invasores), de mirarla, en el buen sentido de la palabra. Sólo intuía los acontecimientos desde ese tacto parcial que otorga el estar muy cerca de algo que el ángulo de la visión, sin embargo, no termina de captar.
Lloraba, entonces, la mujer.

(...)



 


 

 

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