MARUJA TORRES
Mariposa de sangre

(www.elpais.es)
¿Por qué le cuesta tanto a Occidente entender que todo Oriente
Próximo es un territorio herido y, de una u otra forma, propenso a
crear conflictos que alcanzarán la puerta de nuestra propia casa?
¿Por qué esos paños calientes cada vez que a Israel le arde la zarza
y se desahoga masacrando palestinos? ¿No ven que el Estado judío,
digan lo que digan, no está ahí para defendernos de los árabes, sino
para fastidiarnos con sus acciones, amplificando las antipatías que
despertamos en esta parte del mundo por nuestra bestial
indiferencia? ¿Por qué no habríamos de exigirle a Israel el
comportamiento que pretendemos de cualquier otra nación? ¿Por qué
les tratamos mejor que a los blancos de la Suráfrica del apartheid,
si no lo son? Aquella Suráfrica del encarcelado Mandela también era
una de las pocas democracias de la zona: para blancos, como ésta lo
es para judíos. Y los otros, en bantustanes. Israel va más lejos que
el apartheid: los elimina masivamente.
Pero el mundo será víctima del efecto de la mariposa de sangre que
planeó sobre Gaza.
En los últimos días del recién fenecido 2008, soldados y tanquetas
del ejército libanés salieron de nuevo a las calles y tomaron
posiciones. Era la primera vez que eso ocurría desde que se
retiraron, a finales de mayo pasado, después de los acuerdos de Doha
que pusieron las bases al enésimo intento de reconciliación entre
libaneses.
¿Qué estaba pasando? Israel machacaba Gaza, y las consecuencias que
ello podía acarrear en la república del cedro, trufada de campos
palestinos -divididos en facciones pro-Fatah y pro-Hamas, y en donde
hay muchas armas y, posiblemente, grupos salafistas seguidores de Al
Qaeda- y con el Estado judío como vecino del sur -y ocasional
visitante, invitado o no-, no estaban nada claras; un poco de orden
en las calles tal vez se revelaría como disuasorio. O tal vez
provocador.
En el peor de los casos, el movimiento chiita Hezbolá se pondría
chulo y provocaría a los israelíes para obligarles a aflojar su
presión sobre los palestinos, desviándoles hacia Beirut. En el
mejor, volverían a las calles las manifestaciones indignadas, la
tensión de los problemas no resueltos. De nuevo, pues, uniformes en
el portal, metralletas y dedos acostumbrados al gatillo fácil.
Así fue como pasé el fin de año y entré en 2009. Leí muchas
informaciones durante esos días. Sobre todo de periódicos
occidentales, de uno israelí que vale la pena -Haa'retz-, y alguna
que otra voz árabe sensata que destacaba entre la hipocresía y la
demagogia imperantes.
Una de las cosas que más sorprenden cuando se vive en esta orilla
del Mediterráneo, lo decía al principio, es lo poco en cuenta que se
tiene, en la orilla de enfrente, la situación regional completa.
Cuando estalla uno de los muchos conflictos que ahora mismo
desgarran Oriente Próximo, los europeos sólo préstamos atención a
ése, al menos en lo que se refiere a la información. En cambio, aquí
se nos agranda la visión, miramos con un ojo los atentados que
ocurren en Pakistán o las muertes de Afganistán, con el otro
permanecemos atentos a los bombardeos de Israel contra los
palestinos, mientras el de en medio continúa observando lo que puede
en la Desmesopotamia resultante de la invasión de Irak. No
desdeñamos, entre tanto, temer por el futuro del empobrecido Egipto,
en manos de un gobernante corrupto y matusalénico y sin otra
oposición que la de los Hermanos Musulmanes, cuyo triunfo en unas
hipotéticas elecciones -si es que Mubarak muere algún día y su
heredero no se hace con el trono presidencial- resultaría tan
contraproducente, a efectos israelí-norteamericanos, como lo fue el
de Hamas.
La locura iraquí perpetrada por Bush no fue sino, a gran escala, una
copia de la estrategia militar que Israel pone en marcha cada vez
que se le antoja, sea con sus vecinos libaneses, sea con los
palestinos, a quienes sitió después de ocuparlos y despojarlos de
tierras y derechos. Y el mundo empeora en cada ocasión que eso
sucede, y en cualquier rincón hay quien se siente justificado para
acometer la anticruzada terrorista.
Así no llegaremos a ninguna parte.
