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CUESTIÓN DE GÉNERO, O PERPETRACIÓN DEL LENGUAJE

A diario vemos en la prensa escrita o escuchamos en el habla de algunas personas, nuevas formas idiomáticas cuyo objetivo parece ser extremar los postulados de la corrección política. No dejar a nadie afuera; que nadie vaya a sentirse disminuido por la no inclusión. Y en ese derrotero se perpetran barbarismos como un horroroso “jóvenes… y jóvenas”, o el ya trillado “buenos días a todos y a todas”. La imposición “progre” ha instalado la necesidad furiosa de incluirlo todo, de no excluir a nadie, de imponer a toda costa una supuesta igualdad que deje conforme a todo el mundo. Si digo “a todos”, las “todas” podrían sentirse ofendidas porque sin motivo las dejé afuera. El error está en olvidar que el lenguaje hace comprensivo a todos (y a todas), cuando usa sólo el masculino. En la lengua culta ha sido así desde siempre, y nadie se ha rasgado las vestiduras por eso. Hoy se demoniza con una virulenta furia el uso de un masculino omnicomprensivo. Tal vez muchas feministas enfervorizadas se sentirán agraviadas con algo semejante, quizás sin advertir que el reconocimiento de derechos no pasa por cuestiones retóricas que convierten a la forma de hablar o escribir en forzada y artificial. No parece sensato pensar que las mujeres se sientan más realizadas porque artificiosamente se les dedique unos segundos más en pronunciar el “todas”. Algunas veces pareciera que se ignoran deliberadamente las normas del idioma. Las palabras son palabras. No son pronunciamientos categóricos que reivindiquen per se a nada ni a nadie. Toda palabra debe ser entendida en un determinado contexto, en el cual está siendo usada por el que habla o escribe. Muchos parecen pensar –erróneamente-que en el idioma castellano, la letra “o” al final de un sustantivo denota un género masculino, y la “a”, uno femenino. ¿Qué ocurre entonces con las que terminan en consonante? ¿O en una “e”? Efectuar este razonamiento absurdo es ignorar absolutamente la etiología y la etimología de las palabras, forzando hasta consecuencias ridículas la cuestión del género. Hay casos que pueden ilustrar esto con bastante claridad: Contribuyente – Debemos referirnos a “el” o “la” contribuyente. ¿O cometeríamos el crimen de inventar el contribuyento y la contribuyenta? ¿Por qué? ¿Y por qué no, si de reemplazar vocales se trata, contribuyenti, o contribuyentu? ¿La adolescenta? ¿El adolescento? ¿La votanta? ¿El votanto? ¿El cantanto? ¿El taxisto? ¿El taxidermisto? ¿El humoristo? Y si en una oración nos referimos a “parte”, usada como sustantivo, por ejemplo: “Las partes acordaron reunirse la próxima semana”, o “La parte del grupo A opinó tal cosa” ¿Y si esa parte es un señor? ¿Lo estaríamos discriminando al designarlo como femenino? Si efectuáramos ese razonamiento forzado en pos de una pretendida corrección política del que muchos abusan, deberíamos inventar las expresiones “el parto”, o “la parta”, en aras de no ofender a nadie. Entonces el señor, el masculino, estará feliz de ser incluido como “el parto del grupo A…” Claramente se llegarían a situaciones absurdas, ya que “parte” es un sustantivo de género femenino, y siempre deberá concordar con artículos y adjetivos conforme su género; y además, deberá ser contextualizado según la situación en la que se emite el mensaje. Hay que tener presente además que en nuestro idioma castellano, los sustantivos tienen género (y así, debe darse la concordancia con los artículos y los adjetivos para que la construcción sea correcta), pero en otros idiomas esto no existe. Tal vez por eso se ha aprovechado –de la peor manera- la maleabilidad de nuestra lengua. Una cosa es decir “buenos días a todos y a todas” como manía compulsiva de inclusión, lo cual es sobreabundante e innecesario, y otra muy diferente sería, en lugar de decir “buenos días damas y caballeros”, decir solamente “buenos días damas”, ya que estaría excluyendo deliberadamente y sin razón, a los caballeros (salvo que en la sala hubiera solamente damas, claro está). Desde luego, el idioma es algo vivo, que va modificándose conforme las circunstancias, y adaptándose a ellas. Hoy nos parece común oír o leer “profesora”, o “médica”. De hecho, hace mucho tiempo, cuando solo los hombres accedían a estos títulos, seguramente no se usaba la palabra que denotaba un género femenino. Pero NO TODAS LAS PALABRAS admiten, automáticamente, el cambio de una vocal para ajustarse a los caprichos inclusivos. Resulta más que notoria la artificiosidad de estas construcciones –ya que devienen de un esfuerzo que se realiza al hablar o al escribir, lejos de la fluencia con la que se maneja comúnmente el lenguaje- a la hora de estilos discursivos agresivos, violentos o conflictivos. El orador que está en una reunión donde reina un clima de concordia y buenos modales, seguramente utilizará el “todos y todas”, pero no lo hará si la situación se aleja de un clima cómodo. Así, probablemente un superior, en el momento de reprender o llamar la atención a sus colaboradores díscolos, y más aún si se siente molesto o encolerizado, no enunciará un “¡Todos y todas están advertidos, la próxima vez que ocurra esto cada uno y cada uno tendrá su merecido!”. Me permito insistir: las palabras son palabras, y hay que leerlas u oírlas en un contexto determinado. No es forzando los giros idiomáticos con cambios de vocales que incluiremos a los grupos históricamente postrados, o les otorgaremos derechos que los reivindiquen. Eso se hace con acciones reales y concretas, no con absurdos lingüísticos que abren la puerta a las más horrendas aberraciones del idioma.

 

Maria Daniela Lescano Molina

 

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