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Dos almas (y un cuerpo)
En el diálogo 11 de los muertos (Lucien, Voyages extraordinaires, tr. A. Ozanam, París, 2009), Luciano toca el problema del dualismo entre alma y cuerpo. Era el gran argumento de los cristianos y, antes, de todo el pregnosticismo que también transmite Platón. El cínico Diógenes de Sinope le toma el pelo a un Heracles que dice ser el fantasma del verdadero Heracles, que en verdad como dios está en los cielos, casado con Hebe.
Luciano busca la comicidad en la sorpresa de Diógenes, cada vez más burlesca: “Dime, hermoso vencedor, ¿estás muerto? Porque yo en la tierra te hacía sacrificios como a un dios”.
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El Heracles fantasmal le explica que él es sólo una imagen (???????), que bajó al Hades cuando el otro subió al Olimpo. Diógenes afirma satirizando: “así que te ha entregado como sustituto a Plutón, y ahora tú estás aquí muerto en su lugar”. El verbo de la primera frase ??????????? también significa ‘traicionar’, ‘dar en traición’. Además hay una reminiscencia del caso del dios que para salvarse del infierno entrega a alguien a cambio, y se puede comparar con la versión mesopotámica del mito de Dummuz e Inanna, tal como se recoge en el poema sumerio ‘Descenso de Inanna a los infiernos’ (Lorsque les dieux faisaient l’homme, J. Bottéro, S. N. Kramer, Ed. Galimard, 1989, p. 276 y ss.) o en la tablilla VI de la versión acadia del poema de Gilgamesh, donde queda calificado de simple jugarreta. Está claro que Luciano conoce estas tradiciones, de las que la resurrección de un dios (cf. Jesús) es sólo una variante más.
Heracles contesta, empezando a mosquearse: “algo así”.
Cuatro intervenciones más tarde ya exclama, fuera de sus casillas: “eres un atrevido y un charlatán”, porque Diógenes le ha puesto la cuestión de que quizá sea él el verdadero Heracles y que la sombra se haya casado con Hebe. Hay parecido con el mito de Ixión, que intentó unirse a Hera, aunque ésta o Zeus le dio el cambiazo por una nube a imagen de la diosa, y concibieron a los centauros. El centauro es también el ejemplo que utiliza Diógenes más tarde para explicarse ese misterio de dos naturalezas en una. Como seres brutales y precivilizados, es otra burla.
Pero el cínico no quiere perder su filón. Trata enseguida un problema de doble naturaleza y doble alma que iba a tener ocupados a los concilios cristianos de un siglo y pico más tarde, en torno a las herejías trinitarias. Parecería prematuro en su tiempo, pero como siempre Luciano despeja el ambiente enrarecido de las supuestas innovaciones cristianas, y las pone en su justo lugar histórico, según la perspectiva antigua, más amplia, no medieval. “Pero, dime, por tu Heracles, ¿cuando él vivía estabas unido a él, siendo también una imagen? ¿O erais uno solo durante la vida, y después de morir, separándoos, uno se fue volando con los dioses...”. Y aquí Heracles cae en la trampa, en algo parecido al mismo apaño cristiano que ya se iba gestando por su parte (y que ya sabemos que son herencias del dualismo propio de todas las mitologías antiguas: cf. la purificación de Aquiles en las aguas del Éstige): uno nació de Anfitrión y el otro de Zeus. Ah, se hace el tonto Diógenes, erais dos gemelos (???????) que conseguisteis engañar a todos haciéndoos pasar por uno. No. Entonces quizá un centauro, físicamente mitad dios y mortal. Heracles le pregunta si no es capaz de entender que todos los hombres están compuestos de alma y cuerpo. Se trata del gran dualismo pregnóstico y gnóstico del que hablo, que constituía la sabiduría subyacente a las mitologías indoeuropeas, y que acabó recalando en el cristianismo (o forjándolo), entonces especialmente preocupado en mitigarlo, tal como se ve en la obra de San Ireneo, activo aquel mismo siglo.
Así entonces, todo queda aclarado: el alma va a los cielos y la parte muerta con los muertos.
Pero le advierte Diógenes: a ver si van a salir tres Heracles, porque, oh hijo de Anfitrión, tú eres sólo una imagen, no un cuerpo. El fantasma se desespera y antes de que le llame sofista (lo que es Luciano) el cínico tiene tiempo de aconsejarle que debería buscar un tercer padre para el cadáver.
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Habiendo destruido, sin saberlo, gnosticismo y trinidad a partes iguales, Luciano preludia en su Heracles la graciosa desorientación de un personaje existencialista (como el Augusto Pérez de Niebla) o su angustia de no haber nunca existido.

 

Daniel Álvarez Gómez

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