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Tres novelas de King

Carlos O. Antognazzi

A Stephen King (Maine, Estados Unidos, 1947) habitualmente se lo asocia con el género del “terror”, aspecto que si bien lo define bastante no lo agota, porque también ha incursionado en otras facetas literarias, como la CF (La cúpula), la fantasía con presencias malignas (Desesperación), los fantasmas (Un saco de huesos) o percepciones alteradas (La zona muerta), la lucha entre el “bien” y el “mal” (la ambiciosa Apocalipsis —de la que en parte fue deudora Lost, una de las series más cautivantes de los últimos años—), o la locura (El resplandor o Misery). Pero hay además otro King que, por fuera de estas categorías aunque con puntos en común con ellas, aborda el “suspenso psicológico” (aceptando que esta casilla, más allá de la provisional comodidad que supone para graficarla, también puede constituirse en categoría literaria). En 1992 King dio a conocer El juego de Gerald, una oscura novela de 450 páginas en donde se centra obsesiva, exclusivamente, en un único personaje: Jessie Malhout (la película se estrenó en Netflix, con la bella Carla Gugino en el papel). Sabiendo que tiene una buena historia entre manos y que narrarla en sus vicisitudes y mínimos detalles le llevará muchas páginas, King no se va con rodeos y ya en la apertura de la novela Gerald, marido de Jessie, la esposa al espaldar de la cama para erotizarse y, según él, erotizarla también a ella, y poder así tener un satisfactorio encuentro sexual. El problema es que antes de consumar el acto Gerald sufre un ataque cardíaco y cae muerto al lado de la cama, y Jessie queda a cuatro metros de las llaves de las esposas, “crucificada” en su cama, en una cabaña aislada a orillas de un lago, fuera de la temporada de veraneantes, alejada de todo. Al año siguiente King publica Dolores Claiborne (1993), una novela más breve pero igualmente oscura y cerrada sobre su personaje, la Dolores del título, quien a lo largo de su exposición confesará que, efectivamente, como sospecha todo el pueblo, asesinó a su marido treinta años antes, pero que de ninguna manera el día anterior asesinó a su empleadora. King asume la voz de Dolores en primera persona y prescindiendo de la división en capítulos o la intervención de otros personajes secundarios (los policías que están recibiendo su confesión), concibe una novela compacta y potente (vale la pena la película, con el mismo título y con la espléndida Kathy Bates en el papel principal). Algo relaciona estas dos novelas: ambos personajes están atrapados, una por las esposas que la retienen en la cama y un pasado que intenta olvidar, otra por un marido abusador que ha comenzado a amenazar a su propia hija. Ambas historias, también, tienen como marco un eclipse de sol que durante casi un minuto dejó una estrecha franja del condado de Maine en sombras absolutas en el verano de 1963, abarcando desde el pueblo de Sharbot, al oeste de Maine, en cuyas cercanías una Jessie aterrorizada verá cómo pasan las horas sin poder escapar, a la isla de Little Tall, en el este, en donde otra aterrorizada Dolores decide aprovechar el momento del eclipse para cometer un asesinato que ha estado planificando como única forma de salvar a su hija (y a ella misma) de un abusador alcohólico que empeora día a día. Pero hay también un tercer aspecto que relaciona ambas historias: por uno de esos misterios sin explicación que ocurren en las novelas (y quizás en la vida, ¿por qué no?), mientras Dolores huye de su marido en plena oscuridad del eclipse, guiándolo hacia un pozo en medio del terreno trasero de su casa, percibe en flashes mentales a una niña que nunca ha visto, de la que desconoce todo salvo que está en un grave peligro. Esa niña, que también ve en flashes a Dolores sin saber quién es, y que también la percibe en peligro, no es otra que Jessie. Nunca se conocerán, nunca sabrán nada de la otra salvo esa comunicación extraña y asordinada que las muestra en un momento de peligro, pero ambas sabrán también, en ese momento, que su dolor y su lucha tienen un espejo en otra persona a cientos de kilómetros y que pueden mirarse en él y, a su manera, sentirse acompañadas. Es decir: que no están solas en su pesar, sino que los abusos de los adultos a los hijos son más comunes de lo que se piensa. Porque la Jessie que está en peligro durante el eclipse es la Jessie niña, que cuando nuevamente se enfrenta al peligro esposada a la cama, muchos años después, recordará ese flasheo que le permitió vislumbrar unos segundos a Dolores en la oscuridad del eclipse. Jessie esposada a la cama es una Jessie que recuerda y que constantemente discute con voces que pujan en su cerebro y que la ayudan o denigran en un contrapunto atroz que marcará el ritmo de toda la novela. La lucha por liberarse de las esposas es también la lucha por liberarse de esas voces que la atormentan desde adentro. Algunos años después King publicará otra novela, La chica que amaba a Tom Gordon (1999), en donde nuevamente, como en estas novelas citadas, la protagonista es una mujer. En este caso una niña de nueve años que, en una jornada de trekking con su madre y su hermano mayor, se pierde en el bosque. Trisha usa una gorra de los Red Sox y una remera con el número 36 en la espalda, el mismo que cada partido usa su ídolo Tom Gordon. La novela incluso está compuesta como un partido de béisbol, en donde cada capítulo es una “entrada”. Trisha lleva en su mochila algunas cosas para el día, porque le excursión no les insumiría más que unas pocas horas. Pero su aventura se extenderá por nueve largos días, sola en el bosque y con la presencia ominosa de animales en la noche, caminando durante el día, siguiendo arroyos que mueren en pantanos, con hambre, sed y fiebre, pero con una voluntad a toda prueba por sobrevivir. Esta voluntad es lo que la relaciona con las otras dos novelas: el arrojo por superar el encierro que la ahoga (Trisha está “encerrada” en lo abierto de la naturaleza) y la focalización desde la que King narra su odisea. En Trisha no se vislumbra abuso alguno (al contrario, la relación con su padre es óptima), pero sufre el divorcio de sus padres y luego, cuando se pierde en el bosque, la desazón que va minando poco a poco su voluntad. Cierto es que Trisha parece más un personaje literario que uno tomado de la realidad (por momentos se hace difícil pensar que una niña de nueve años pueda tener ese coraje y pueda recorrer las decenas de kilómetros que recorre a lo largo de esos días de zozobra), pero King no escatima esfuerzos para hacerlo verosímil, o todo lo verosímil que se puede, en todo caso, como para que el lector disfrute y se emocione, especialmente en las páginas finales, con la protagonista. La escena final (lamento el spoiler) cara a cara con un oso y la decisión de Trisha, ya exhausta, es maravillosa. Cierto es también que en esa odisea, y como parte de la verosimilitud, Trisha se acompaña con su walkman, en donde cada noche escucha la trasmisión de un partido de béisbol en donde juega Tom Gordon. Esa voz lejana, que sin embargo para ella es lo que le permite sentirse parte del mundo humano en medio de la soledad y el afuera, es la que le dará la energía para sobreponerse cada día y avanzar un poco más, a campo traviesa, guiada sólo por el instinto. En dos o tres oportunidades King se sale de su focalización e informa al lector que la decisión que la niña ha tomado la aleja, por ejemplo, de un pueblo que está apenas del otro lado de la colina, o que cruzó sin saberlo del estado de Maine al de New Hampshire, o que si sigue en esa dirección llegará, 650 km después, a Montreal. También nos enteramos, por las noticias que escucha Trisha en los entretiempos, que la buscan muy lejos de donde realmente está, y que incluso, dado el tiempo que lleva desaparecida, están perdiendo las esperanzas de encontrarla con vida. Son datos que le otorgan suspenso al texto y que colaboran con mantener al lector en el borde de la angustia, haciendo suya una idea que cada tanto invade a Trisha: «No era justo que muriese después de haber luchado con tanta resolución». Pero la Naturaleza no es justa ni equitativa, sino bullente y salvaje, impiadosa. La Naturaleza se expande y desarrolla al margen de los sentimientos humanos. Los animales lo saben y viven de acuerdo a ello. Los humanos lo hemos olvidado por milenios de cultura, que nos ha ido relajando y sepultando bajo toneladas de libros, películas, música, arte. La facultad de pensar, que nos hace humanos, es también nuestro yugo: no podemos escapar de nuestro yo, somos producto de la cultura y somos esclavos de ella, también. Y la forma en la que vemos el universo es desde esa cultura construida y adquirida que nos hace ser esto que somos. La imagen que tenemos generalmente los seres humanos de la Naturaleza es una versión edulcorada, no la realidad. Es Trisha quien lo comprende demasiado temprano en la vida, y quien se sobrepondrá a ello impulsada por la presencia y la voz de un Tom Gordon fantasmal con quien habla (y a quien ve también caminar junto a ella a medida que la fiebre avanza). No es sencillo adoptar el punto de vista del otro género; lo sé por experiencia. Requiere de un esfuerzo mayor para el escritor, de un saber salirse de la comodidad del género propio (masculino en mi caso y el de King) para sumergirse en lo “desconocido” del universo femenino y adoptar pensamientos, discusiones, actitudes y decisiones que uno, simplemente, no conoce en forma empírica, desde la misma psicología del personaje. Y todo debe resolverse en forma verosímil. Debe ser, realmente, la protagonista quien habla y no uno desde el punto de vista de ella. Es una diferencia sutil, pero de su correcta resolución se puede estar ante una buena novela o ante un bodrio. ¿Por qué planteo esto con tanta insistencia? Porque en el caso de King las tres novelas funcionan con fluidez, uno las lee y nunca se cuestiona si es o no una mujer quien protagoniza la historia. El punto de vista nunca se pone en discusión. Sea la primera persona de Dolores o la focalización en Jessie o en Trisha, todas se desarrollan ajustadamente. De todos modos King tiene altibajos, y esto se lamenta en alguien que tiene la habilidad de concitar el interés del lector a lo largo de tantas páginas. En el caso de El juego de Gerald es incomprensible que se extienda 70 páginas para “explicar” una presencia ambigua en la noche, en la cabaña, porque la novela en realidad termina cuando Jessie consigue liberarse de las esposas. Todo lo que sigue (esas 70 páginas finales) podrían haberse evitado porque el personaje “ambiguo” no aporta nada a la trama. Y si realmente “había” que incluirlo, King debió hacerlo con una acotación: en la cesta con huesos y alhajas que porta ese personaje debían encontrarse las alianzas que Jessie arrojó allí. Sin ese dato no tiene sentido alargar la novela como lo hizo. Porque, además, el “juego” de Gerald ya terminó. La incorporación de este otro personaje no corresponde al juego, sino a un enigmático deseo de King. Se sabe que King en ocasiones alarga innecesariamente (resabio, quizás, de la época en que a los autores de Estados Unidos que vendían bien se les pagaba por palabra y no por libro), pero es indudable que tiene oficio: aunque uno note el relleno, hay que saberlo hacer. Y ese oficio, que mantiene la tensión constante durante casi 400 páginas, mientras Jessie permanece esposada, es evidente. King resuelve la novela con un único personaje y sus voces interiores, en el reducido espacio de un dormitorio y con los movimientos acotados a los quince centímetros de cadena de cada esposa (será interesante ver cómo se resolvió tanta claustrofobia en la película, sabiendo de antemano que lo que puede permitirse un escritor en un libro no siempre es lo que se puede permitir un director filmando ese mismo libro. Hay ritmos diferentes, hay libertades y prohibiciones diferentes, cada modo de narrar una historia, sea en papel o en imágenes, tiene sus prerrogativas). En las tres novelas King plantea tres luchas feroces por liberarse de algún yugo: el del abuso incestuoso y la violencia, en dos, y el de naturaleza brutal, en la otra. Sus tres protagonistas son mujeres que se construyen desde el dolor o las circunstancias que les han tocado en la vida, y cada una sale, con heridas y cicatrices, fortalecida. Es probable que, vistas sus propias historias en perspectiva, ninguna reniegue de lo que le tocó vivir para poder erigirse en lo que, finalmente, supieron hacer de sí mismas. Postdata: en la edición que conseguí de Dolores Claiborne King incorpora, en la primera página, un mapa del estado de Maine donde ubica la franja que abarca el eclipse y los diferentes pueblos que hay. Aparece allí el pueblo de Derry, muy cerca de Bangor (ciudad ésta donde King reside). En Derry está ambientada la vasta It. Pero, como ocurre con el Combray de Proust o el condado de Yoknapatawpha, de Faulkner, Derry no existe más allá de la imaginación de King. En Derry transcurren también otras ficciones de King y, en suma, no es otra cosa que una representación de Bangor. Que lo haya ubicado, no obstante, en ese mapa, en un claro paratexto, sugiere que su aliento traspasa el ejercicio literario y busca erigirse y abrirse camino, como juego no tan ficcional, en el mundo cotidiano. Los lectores cómplices, una vez más, agradecemos el guiño.

 

 

 

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