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La lección del mar que siguió Unamuno

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La lección del mar que siguió Unamuno

Arturo del Villar

 

   DESTERRAR consiste en expulsar a alguien de un territorio, según el Diccionario de la lengua española editado por cuenta de la Real Academia. El desterrado se instala en otro lugar, y continúa residiendo en la tierra, con lo cual no es más que trasterrado. En el caso de Miguel de Unamuno el destierro fue tan completo que se sintió instalado en el mar, como un residente en el mar. Pudo experimentarlo así por encontrarse en una isla, en la que no halló nada en la tierra que mereciera su atención, mientras que el mar le sorprendía continuamente. Llegado desde su Salamanca de adopción, en donde se hallaba enterrado físicamente entre piedras históricas, el destierro le vino bien para tomar contacto con otra visión, la marítima.

   Incapaz de callar sus opiniones con respecto a la dictadura militar del general Primo, instaurada por decisión del rey Alfonso XIII para evitar que el Congreso discutiera su injerencia en la guerra de Marruecos, expresó y publicó su opinión acerca de los dos personajes, a sabiendas de que eran políticamente los dueños del reino de España, y no le consentirían sus críticas.

   La respuesta del monarca y su dictador a esos comentarios se insertó en el diario oficial, Gaceta de Madrid, el 21 de febrero de 1924, página 949, en forma del real orden por la que se informaba del acuerdo tomado por el Directorio Militar de desterrarle a la isla canaria de Fuerteventura, y se disponía su cese en sus cargos de vicerrector de la Universidad de Salamanca y decano de su Facultad de Filosofía y Letras, con suspensión de empleo y sueldo.

   También se insertó ese día la orden de cierre del Ateneo de Madrid, confiscado por el Directorio, que impuso una junta rectora servilona, y el destierro a Fuerteventura del periodista republicano Rodrigo Soriano, compañero forzoso y no deseado de Unamuno.

 

Dos libros  del destierro

   Resultó un gravísimo error de la dictadura desterrar a Unamuno, porque levantó la protesta de intelectuales de todo el mundo. Al mediodía del 21, el andén de la estación de ferrocarril de Salamanca estaba abarrotado de estudiantes y trabajadores, ya que los sindicatos declararon huelga en la ciudad. A su llegada entre dos policías fue recibido con aplausos y gritos contra el rey y su dictador. Las protestas por su castigo se multiplicaron en los siguientes días, cursadas por intelectuales de diversos países europeos y latinoamericanos.

   Llegó a Fuerteventura el 10 de marzo, y entretuvo el tiempo mediante la lectura, la escritura, la tertulia con unos pocos amigos, y la toma de baños de sol. Se negó a solicitar perdón al rey, por no considerarse culpable de cometer ningún delito.

   El director del periódico parisiense Le Quotidien, Henry Dumay, dispuso la evasión de los dos desterrados, con los elementos propios de una película de acción, para lo que fletó un bergantín. En la madrugada del 9 de julio abandonaron la isla rumbo a Las Palmas, en donde embarcaron para Cherburgo, lugar que acogió en triunfo a los evadidos, con una recepción oficial de las autoridades municipales, una manifestación, un mitin y un banquete. De allí se trasladaron a París, adonde llegaron en la noche del 28. Esta escapatoria significó un revés para el rey y su dictador, al convertirse el destierro forzoso en exilio político voluntario.                                                               

   En el aspecto literario, el destierro resultó muy provechoso, ya que la inacción forzosa incrementó más todavía la inspiración siempre atenta de Unamuno. Dos libros de poemas fueron el resultado: De Fuerteventura a París. Diario íntimo de confinamiento y destierro vertido en sonetos, París, Excelsior, 1925, 169 páginas con 103 sonetos anotados, un prólogo y una carta a Jean Cassou, y Romancero del destierro, Buenos Aires, Alba, 1928, 158 páginas, con 55 poemas, un prólogo y notas finales. También pudo contactar con editores franceses y alemanes, con los que concertó publicar traducciones de sus obras.

 

 

En campaña política

   Mantuvo sus colaboraciones en periódicos latinoamericanos, y fue uno de los animadores del semanario republicano España con Honra, editado en París con la subvención de Blasco Ibáñez, bajo la dirección de Eduardo Ortega y Gasset y Óscar Esplá, entre el 20 de diciembre de 1924 y el 10 de noviembre de 1925. Esta revista molestó tanto al dictador que el fiscal inició el procesamiento en rebeldía de Blasco, Ortega y Unamuno el 20 de enero de 1925, por delito de lesa majestad; fue sobreseído en 1930.

  Unamuno fue recibido en audiencia por el jefe del Gobierno francés, Édouard Herriot, lo que confirma por un lado su prestigio intelectual, y por otro el desprecio que la monarquía española apoyada en la dictadura militar inspiraba a los políticos de otros países. A consecuencia del destierro la figura de Unamuno fue la del antimonarca español.

   De donde resulta que la pretensión del rey y su dictador de impedirle hacer “propaganda disolvente” en España, dio lugar a una propaganda internacional mucho más agresiva, puesto que en el exilio se hallaba libre de censura, y podía escribir y publicar lo que quisiera. Por otra parte, al residir en una isla se vio obligado a tomar el mar como referencia de sus visiones y deseos, algo imposible en su Salamanca adoptiva, lo que tuvo una generosa implicación literaria.

    

 

El mar como terapia

   Vamos a revisar los sentimientos inspirados por el mar en De Fuerteventura a París, un itinerario que contempla algunas de las principales inquietudes unamunianas. Desde su llegada a la isla el 10 de marzo, su justa indignación contra el rey y su dictador se disparó en sonetos. Sin embargo, la cercanía del mar le produjo tanta placidez como para hacerle superar las pesadillas nocturnas, y a menudo diurnas, que atormentaban su cerebro.

   El noveno soneto, fechado el 13 de mayo, expone su idea de preferir el mar a la tierra. En su opinión, la tierra se hallaba envilecida por las envidias que segregan a los seres humanos, en tanto el mar se libra de las mezquindades y se extiende en libertad. El comienzo alude al inicio del libro bíblico del Génesis, en donde se cuenta que Caín mató a su hermano Abel por envidia, y Dios le impuso como castigo del crimen que fuera maldito para la tierra (4:8-12). La herencia de esa maldición la percibía Unamuno en su tiempo y en su carne:

Tú, mar, que ocultas a mis ojos vivos

la tierra envilecida por la envidia,

………………………………………..

y yo, curado de la noche el miedo,

despierto al sueño que es mi noble vida.

   Esta declaración final carece de retórica, porque es cierto que Unamuno pasaba unas noches angustiado, con grandes miedos a que le llegase la muerte repentina durante el sueño. Los médicos no consiguieron curarle ese temor nocturno, diagnosticada muy bien por los psiquiatras, pero de mala solución clínica. La encontró en Fuerteventura, en donde el mar le sanó, haciéndole despertar al sueño de su vida, calificada por él de noble.

   He aquí una de las paradojas tan frecuentes en su escritura: no despertaba a la realidad cotidiana, sino al sueño. Se explica por su afición al drama calderoniano de La vida es sueño, muy citado en su escritura. Al despertar en el amanecer a la luz, tras haber padecido el pavor nocturno, empieza el sueño cotidiano de la vida. Son tantas las referencias al sentido barroco de la vida como un sueño, que no es posible reseñarlas ahora. De cualquier manera, lo que nos importa es resaltar que debido a encontrarse cerca del mar Unamuno se sentía más confiado que en la tierra castellana en la que solía residir.

   Es verdad que en medicina se utiliza la talasoterapia para curar algunas enfermedades características, de modo que el poder sanador del mar está comprobado científicamente, y los médicos recurren a él en determinados casos. En el de Unamuno hemos de aceptar su propia confesión, por carecer de otros datos nosológicos. Al tratarse de lo que antes se denominaba genéricamente una enfermedad nerviosa, es lógico que sintiera el efecto sedante del mar. En tal caso el destierro a la orilla del mar constituyó para él un premio, no imaginado por el rey y su dictador.

  

El consuelo del mar

   Tras la escapatoria de Fuerteventura, una vez radicado en París, echaba en falta el arrullo del mar en las noches isleñas. Lo confesó en un artículo titulado como el libro de sonetos, aparecido en la revista Caras y caretas, de Buenos Aires, el 4 de octubre de 1924, recogido en el tomo viii de sus Obras completas, Madrid, Escelicer, 1970, páginas 602 y siguientes. Esta edición es muy útil, salvo para conocer la poesía del destierro, ya que los dos libros que la contienen se hallan mutilados a causa de la censura. En este artículo opuso la vida intensa del París cosmopolita en el que se hallaba exiliado, y la calma tranquila de la isla que acababa de perder y añoraba:

   Y ¿dónde estaba más cerca de la civilización, de la civilidad, eternas e infinitas? ¿Allí, en la isla árida y sedienta, a la que briza el sueño el arrullo del Atlántico africano, o aquí, en la Ciudad Luz, a la que no deja dormir en paz el traqueteo de los autos? […]

   ¡Oh, aquellas noches plácidas, junto a la mar compasiva y consoladora, viendo rielar la luna sobre las olas brizantes! La mar no es el Sena. La mar eterna, la mar que adormece nuestros ensueños.

   En los sonetos y prosas del poemario prefirió el autor definir al mar con el artículo femenino. El calificativo de eterna se lo aplicó también en otros escritos; obsérvese que en el texto citado lo hizo paralelamente a la civilización, lo que sorprende en un pensador inquieto siempre por la finitud de la vida humana, que es pareja de todo lo vivo, animales y plantas, en nuestro planeta, y por descontado de la civilización o la civilidad. Regaló el adjetivo alegremente, sin pensar en sus implicaciones.

   No aclaró en ese escrito si al perder la tranquilidad marítima de la isla volvieron a inquietarle los temores nocturnos antes padecidos. Sería comprensible, al faltarle el sosiego adormecedor del mar. En los párrafos copiados de la cita se repite dos veces que el mar briza, palabra que según aclaró se usaba en la provincia salmantina con el significado de mover la cuna para adormecer a los niños, pero que en el resto de España se hallaba ya en desuso. A él parecía gustarle mucho, porque la empleó otras veces.

   Lo cierto es que Unamuno se sintió brizado por el mar en Fuerteventura, durante las noches más tranquilas de su vida, cuando logró superar el pánico a morir durante el sueño, que le desesperaba en la tierra firme. De ahí derivaba la definición del mar como un elemento eterno en este planeta con fecha de caducidad, aunque lejana si la insensatez de los políticos no fuerza su anticipación por medio de una guerra nuclear.

   Podríamos hacer uno de esos juegos de palabras a los que era tan aficionado, y contar que si primero fue des--terrado de Salamanca por real orden, después fue des--marado de Fuerteventura por su voluntad de sentirse libre, pero rechazaba la forma de vida adoptada por la sociedad.

 

 

La enseñanza del mar

      El 10 de octubre compuso el soneto lxxiii en alabanza del mar, evocado desde París con añoranza, como una imagen de la libertad sin ataduras a los convencionalismos sociales, sentidos especialmente en la ciudad considerada entonces capital de la cultural europea. El comentario en prosa acompañante de los versos resume el ánimo del desmarado, y una confesión valorando los beneficios obtenidos gracias a la decisión del rey y su dictador. Empezamos por leer la nota:

   Lo que más echo de menos aquí, en París, es la visión de la mar. De la mar que me ha enseñado otra cara de Dios y otra cara de España, de la mar que ha dado nuevas raíces a mi cristiandad y a mi españolidad. (No me gusta ni cristianismo ni españolismo: -ismo es pedantería helénica; -dad es vida, romance.)

                                          

   La confesión es muy clara: la convivencia con el mar le había facilitado una comprensión original de la fe en Dios y en España. No explica el motivo de ese cambio, pero es fácil suponerlo: en el mar entreveía una señal de eternidad, ese anhelo íntimo que tanto le desasosegaba, por ser el origen de la vida animada sobre el planeta, según opinan los científicos. Atisbó entre sus olas en perpetuo movimiento la presencia de Dios, el Dios creador del Universo según el relato bíblico del Génesis.

   Al parecer, la contemplación reiterada del mar le facilitó el entendimiento de cuestiones metafísicas y teológicas, hasta entonces vividas como problemas. No es que a partir de ese contacto físico con el mar desapareciesen las dudas de su pensamiento, porque sabemos que le acompañaron hasta el último día de su vida; pero se sintió aliviado y confortado. La idea del Dios censor de la conducta humana dio paso a otra de sus caras, la del creador de un planeta hermoso para disfrute de los seres humanos, aunque no pueda ser un paraíso precisamente por culpa de los humanos.

   En cuanto a la nueva comprensión de España, es claro que habitar en una isla depauperada, con escasos recursos económicos, le ofreció un panorama ampliado sobre el conocido hasta entonces por él en sus excursiones por la península. Descubrió un modo de vivir peculiar, para unos compatriotas alejados del centro español en todos los conceptos y aspectos. Y él, vasco castellanizado y universitario, congenió íntimamente con gentes sencillas e iletradas de allende el mar.

 

El mar salado y dulce

   Veamos ahora el principio del soneto, en el que se explicita el mismo pensamiento que en el comentario en prosa, pero más literariamente expuesto. Parte de una exclamación propia de los discursos retóricos de los que tanto abominaba, aunque no tuvo inconveniente en utilizar sus métodos cuando le convenía. Ese tono declamatorio del comienzo se debe probablemente al intento de conseguir un efecto paralelo a la grandiosidad de su nuevo estado de ánimo, alcanzado gracias a la complicidad del mar. Esto es lo que exponen los cuartetos:

   ¡Oh, mar salada, celestial dulzura

que embalsamaste mi esperanza loca,

te subes a los ojos y a la boca

cuando revive en mí Fuerteventura!

   Espero aún, ya que mi fe perdura

fraguada allí sobre su roca, roca;

el sol eterno con su luz la toca;

de todo frágil barro la depura.

   Ese inicio de manera exclamativa para acompañar una vulgaridad, con la mención de la mar salada, se resuelve inmediatamente de forma equiparable, cuando afirma que es una celestial dulzura, vulgarismo religioso. Sin embargo, en el fondo campea la antinomia buscada entre salada y dulzura: la oposición entre ambos sabores, salado y dulce, salva el valor de un verso que parecía destinado a hundirse en la trivialidad más chabacana. La calidad poética se reserva por el simple hecho de contraponer en el segundo segmento otro tópico del lenguaje coloquial. Con seguridad el resultado es favorable, porque se desbaratan mutuamente los vulgarismos por su contigüidad opuesta.

   Descubrimos en el segundo verso una confidencia importante: el mar embalsamó la esperanza del poeta, calificada de loca. De ello se infiere que antes de ir a Fuerteventura su esperanza, tanto la puesta en Dios como en el destino de la patria, estaba loca, seguramente por no ajustarse a ninguna razón. Lo que esperaba Unamuno resultaba imposible, y al acomodarse a vivir en Fuerteventura a la orilla del mar lo comprendió así. Por ello se embalsamó su esperanza en el verdadero sentido del término: es verdad que se embalsama a los cadáveres para conservarlos, pero un bálsamo posee numerosas aplicaciones curativas, y se aplica a los niños para tonificar su piel. En el caso de Unamuno embalsamó su esperanza.

      La influencia del mar continuaba presente a pesar del distanciamiento, seguía contemplándolo y gustándolo en la distancia, según cuenta, “cuando revive en mí Fuerteventura”. De manera que la isla a la que llegó desterrado muy en contra de su voluntad, se le había ahondado dentro, y revivía en su interior. No pudieron imaginar el rey y su dictador que el castigo pensado para Unamuno iba en realidad a tornarse beneficioso para su cuerpo, para su espíritu y para su escritura. Y que además no se recataría de continuar insultando a los dos, en prosa y en verso.

 

Y la eternidad

   La esperanza de Unamuno estaba viva, pero sujeta a razón. Precisamente el segundo cuarteto comienza con esa declaración: afirma seguir esperando, y en su caso la esperanza tiene connotaciones religiosas. Su fe se había acrecentado sobre la roca de la isla, y además se hallaba depurada por la experiencia sufrida. Si comprobamos antes que en un comentario en prosa atribuía al mar la condición de eterno, aquí es el Sol quien merece ese adjetivo. En su afán por eternizarse dilapidaba el calificativo de manera exagerada. Habitar una Tierra eterna calentada por un Sol eterno, con él como residente, colmaría su esperanza, aunque la fe, que no el pensamiento, dudase acerca de su posibilidad.

   Los astrónomos señalan que nuestro sistema solar tuvo un comienzo y tendrá un fin, por lo que es inadecuado considerar eterno a nada físico existente. Lo sabía Unamuno, como es lógico, aunque no le importaba faltar a la verdad científica en un poema, para imaginarse un mundo persistente. Se puede considerar una licencia poética. Esa palabra le resultaba tan querida, por anhelarla para sí mismo, que la utilizaba sin discreción.

   El destierro le causó disgusto por alejarle de su familia y de sus amigos, y además por alterar sus costumbres, algo que para él tenía aspecto de revolución. Sin embargo, la relación física con el mar le descubrió otra dimensión insospechada de sí mismo. No pretendió personificarse en el mar, pero lo sentía dentro de sí, y al mirarlo con atención descubrió su propia esencia, matizada por dos virtudes, la fe y la esperanza. En Fuerteventura aprendió a  esperar con fe, y de esa manera se tranquilizó su espíritu. Por el momento, naturalmente, ya que su idiosincrasia le impedía vivir en paz consigo mismo, en primer lugar, y con el resto del mundo como consecuencia propia.

 

Brizado por el mar

   Comprendió además a España, en aquella isla española, sí, aunque tan menospreciada por el rey y su dictador que la destinaban a desterrar en ella a los adversarios políticos. Todo era pobre en la tierra de la isla, pero el mar aparecía rodeándola en su grandiosidad. Allí recibió dos lecciones, una de ética y otra de estética, dotadas de una profunda unidad, capaz de aclarar sus sentimientos, antes confusos.

   Todo ello repercutió en su escritura con perspectivas inéditas, como señales de un mundo nuevo encontrado en el mar. En el prólogo del libro, una carta a un majorero con el que intimó en la isla, le recordó cómo le había visto llorar al dejar la isla, porque en ella había echado raíces, pese a la necesidad de alejarse de ella para recobrar la libertad, haciendo además un desplante al rey y a su dictador. Burló el destierro y se llevó al mar consigo espiritualmente.

   El deseo de sentirse brizado por él le incitó el 22 de agosto de 1925 a salir de París para radicarse en Hendaya, desde donde sentía el influjo benéfico del mar, y estaba más cerca de España, siempre viva en su memoria. Acogido como un huésped ilustre, fue recibido el día 25 por el alcalde la localidad. Desde allí continuó combatiendo al rey y su dictador del modo que sabía, mediante la escritura.

   Bien podía gritar ¡Thálassa!, con la misma alegría con que lo hizo el ejército de Jenofonte al divisar las orillas del mar Negro. Era un náufrago en tierra, ansioso por recobrar el mar. No iba a conseguirlo.

 

 

 

 

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