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Un sueño no cumplido de Antonio Machado

Arturo del Villar

 

   ES difícil imaginar a Antonio Machado como un capitán de navío. Nacido en Sevilla, su biografía limita entre Madrid, Soria, Baeza y Segovia, además de unas estancias en París, muy lejos siempre del mar, aunque las vicisitudes de la guerra lo empujaran a residir en Valencia y Barcelona, y a morir en su orilla en el exilio francés de Colliure. Sin embargo, el mar es recurrente en sus versos. Y en uno de ellos confesó sentir la tentación del mar en su lejanía terrenal, por aquellos campos de Castilla que tan certeramente supo describir con tonos líricos.

   Cuando era niño, antes de abandonar Sevilla para siempre, por venir a instalarse en Madrid en 1883, su padre los llevó a él y a su hermano Manuel a Huelva, Palos de la Frontera y Moguer, para que contemplasen el mar, en este caso el océano, por suponer que tal vez no tuvieran otra oportunidad de hacerlo. Parece que el descubrimiento del mar a sus ocho años le impresionó tanto que no lo olvidó, y sintió su añoranza mientras viajaba tierra adentro “siempre sobre la madera / de mi vagón de tercera”, ya que uno de los más grandes poetas de la lengua española cobraba un sueldo mísero, que le obligó a vivir habitualmente instalado en la pobreza. 

   Aquella visita fugaz al mar colombino debió de quedar fijada en su memoria, y le permitía imaginar aventuras marineras en su infancia, continuadas en la edad adulta por la tentación del mar. Lo confesó muchos años después en un romance escrito para acompañar el libro de versos compuesto por un marino poeta. Lo tituló “A Julio Castro para su libro La voz apasionada”, y lo situó en “Tierras de Soria, 1932”. Se trata de un dato importante, porque Machado se trasladó a Soria ese año para recibir el título de hijo adoptivo de la ciudad en la que fue feliz unos pocos años.

La llamada del mar

   Tal vez el poeta, en aquellos momentos en los que recibía el reconocimiento de la ciudad castellana en la que trabajó como profesor, revisó su vida y concluyó que había equivocado su vocación. Verdaderamente a Machado no le gustaba enseñar francés, como a Unamuno le disgustaba enseñar griego en su Salamanca adoptiva, y así lo declaró varias veces. Ambos se dolieron de su destino obligado.

   Es probable que Machado sospechase en aquellos días que había malgastado su vida, al desempeñar un trabajo muy distante de sus aficiones fundamentales. Quizá por ello evocó entonces lo que hubiera podido ser su biografía de haber seguido un sueño infantil, convirtiéndose en “pastor de olas, capitán de estrellas”, que es como definió la profesión de marino.

   El romance de Machado abrió el libro de Julio Castro como un “Envío” en 1932, y posteriormente el autor lo incorporó a la cuarta edición de sus Poesías completas, aparecida en 1936, dentro del poemario Nuevas canciones: ahí se titula simplemente “A Julio Castro”, y suprimió los dos versos suyos que habia puesto al frente como cita. Además introdujo dos pequeñas variantes: “libro” fue cambiado por “verso”, y a su vez “verso” sustituido por “copla”. La voz apasionada, con ilustraciones de Timoteo Pérez Rubio, fue impreso en la Tipografía Yagües, de Madrid, por cuenta del autor, y es recordado precisamente por el prólogo lírico que lo engrandece. Repasemos el “Envío” machadiano, como un texto confesional:

Siento fuertemente

la llamada del mar.

J. Castro.

   DESDE las altas torres donde nace

un largo río de la triste Iberia,

del ancho promontorio de Occidente

--vasta lira, hacia el mar, de sol y piedra--,

con el milagro de tu verso, he visto

mi infancia marinera,

que yo también, de niño, ser quería

pastor de olas, capitán de estrellas.

Tú vives, yo soñaba;

pero a los dos, hermano, el mar nos tienta.

En cada verso tuyo

hay un golpe de mar, que me despierta

a sueños de otros días,

con regalo de conchas y de perlas.

Estrofa tienes como vela hinchada

de viento y luz, copla donde suena

la caracola de un tritón, y el agua

que le brota al delfín de la cabeza.

¡Roncas sirenas en la bruma! ¡Faros

de puerto que en la noche parpadean!

¡Trajín de muelle, y algo más! Tu libro

dice lo que la mar nunca revela:

la historia de riberas florecidas

que cuenta el río al anegarse en ella.

De buen marino, ¡oh Julio!

--no de marino en tierra,

sino a bordo--, bitácora es tu libro

donde sonríe el norte a la tormenta.

Dios a tu verso y a tu barco guarde

seguro el ritmo, firmes las cuadernas,

y que del mar y del olvido triunfen,

poeta y capitán, nave y poema.

  El tono general del poema resulta un poco exagerado, al equipararse el autor con el marino. Su vida monótona, de casa, aula y tertulia en el café o en la rebotica, choca con la imagen errante del marino residente en un barco. Empieza por situar el lugar en donde compone los versos, en los picos de Urbión, en el nacimiento del río Duero. Hay que destacar el calificativo puesto a la “triste Iberia”, derivación lógica de los variados poemas críticos sobre la España de Alfonso XIII que llevaba compuestos. El requisito de la asonancia le impuso mencionar a Iberia, en lugar de la España tan citada otras veces. Por supuesto, la geografía española no era triste, sino la población que la habitaba, y es cierto que le han sobrado los motivos para ello a lo largo de su historia.

 Sueños de marino en tierra

   Leemos una descripción más de muelle y faro que de singladura marítima, porque el poema es una exposición de deseos frustrados mejor que de realidades. Por eso le contó al capitán amigo que el libro compuesto por él constituía una bitácora de buen marino, y aclaró: “no de marino en tierra.” Probablemente esta expresión sea un recuerdo del poemario de Rafael Alberti titulado Marinero en tierra, distinguido en 1925 con el premio Nacional de Literatura, concedido por un jurado del que formaba parte Machado, su gran valedor en esa circunstancia. En cualquier caso, lo indudable es que el marino o marinero en tierra aludido en el verso es el mismo Antonio Machado, por no haberse decidido a seguir la vocación de embarcarse, como sí hizo su amigo, y pasarse la vida en tierras alejadas de las costas.

   Le contó al amigo poeta y marino que sus versos le habían hecho evocar “mi infancia marinera”, en desacuerdo con su biografía, ya que en los ocho primeros años pasados en Sevilla solamente contempló el río Guadalquivir, antes de la fugaz visita a Huelva para descubrir el océano. Por eso explicó que no era más que un sueño el deseo de ser marino, y que la lectura del libro de Castro le transportó a su niñez sevillana.

   Sin embargo, lo significativo es que Machado seleccionara como lema dos versos de Castro, que declaran sentir “la llamada del mar”: al colocarlos al frente de los suyos, los asumía como propios y desde ellos creía escuchar el sonido del mar. Pese a ello, se sintió obligado a reconocer que mientras Castro vivía en el mar, él soñaba en la tierra.

   Aquel año de 1932 cumplió Machado 57 de su edad, y solamente le quedaban seis de vida. En el poema a su amigo, el poeta y capitán de barco Julio Castro, resumió su saber y su querer. Fue la consecuencia de leer unos versos nacidos en y sobre el mar, en un libro, como él mismo dice, “que me despierta / a sueños de otros días”, los infantiles. Repárese en lo antinómico de la expresión despertar no a la realidad cotidiana, sino a sueños antiguos, lo que equivale a seguir durmiendo. Además aquellos sueños fueron inevitablemente quiméricos, por lo que resulta imposible despertar de un sueño para continuar en otro. Se despierta del sueño, no al sueño.

Dos batallas humanas

   El razonamiento de Machado presenta un argumento principal: Julio Castro ha realizado plenamente sus aspiraciones humanas, por cuanto es poeta y capitán de navío. De esa conjunción precisamente ha surgido este libro que él acompaña con sus versos. De este argumento general derivan otros secundarios a la consideración del lector, en su mayor parte relacionados con él mismo, y no ya con el destinatario del poema.

  Se trata, por ello, de un escrito confesional, en donde Machado hizo unas declaraciones para contar lo que le hubiera gustado ser en algún momento de su vida. Por ese motivo encontramos las alusiones al sueño, cuando se liberan nuestras apetencias más íntimas, conforme a la teoría psicoanalítica. En el lenguaje cotidiano se menciona que alguien sueña con ser o con poseer algo de lo que carece. Respecto al sueño hay que leer el número xxviii de los “Proverbios y cantares” insertos en Campos de Castilla, porque expone una teoría de dudosa veracidad:

   Todo hombre tiene dos

batallas que pelear:

en sueños lucha con Dios;

y despierto, con el mar.

   La lucha con Dios en sueños se refiere a la narración del Génesis bíblico (32:22 ss.), según la cual Jacob pasó una noche entera luchando con un misterioso personaje, que el texto da a entender era su Dios. Tanto es así que a consecuencia precisamente de ese combate Jacob cambió su nombre por el de Israel, equivalente a “luchar con Dios” en castellano. La noche es el momento elegido por regla general para dormir, y en ese período se producen los sueños. Sin embargo, es demasiado generalista la afirmación de que “Todo hombre” combate en sus sueños con su Dios. Aceptamos que Machado lo hiciese, pero no debiera implicar a “todo” el género humano.

   También resulta dudosa la otra aseveración, según la cual todos los hombres cuando estamos despiertos luchamos con el mar. Conforme con que lo hagan los marinos y los pescadores, pero difícilmente puede verse implicado en esa tarea un hombre de tierra adentro, que tal vez muera sin haberse acercado nunca al mar, sobre todo en aquella época preturística.

Dos metáforas complementarias

   Debemos entender el mar y Dios como metáforas. Probablemente el mar se refiera a las dificultades materiales con las que nos encontramos en el vivir cotidiano, y Dios a las dudas espirituales que suelen inquietarnos. En tal sentido, los versos pueden alcanzar si no a todos, sí a muchos de los bípedos implumes capacitados para pensar. El hombre, considerado en representación de la humanidad total, lucha con el mar cuando está consciente, porque el vivir es como seguir un río que termina en el mar, imagen lírica de la muerte, según la clásica y manida definición manriqueña.

   Salvo los suicidas y algunos héroes, nadie quiere morir, por lo que el hecho de vivir alcanza una categoría épica: se convierte en un combate diario para mantenerse en pie frente a la muerte inevitable. Las religiones aprovechan esa seguridad para anunciar el encuentro del difunto con los variados dioses de cada cultura, y ahí puede ser quizá cuando empiece la lucha con Dios. No hace falta recordar que en el lenguaje cotidiano se alude al sueño de la muerte como un período transitorio, aunque otros poetas y dramaturgos han considerado que el sueño es la vida, del que se despierta al morir, al suponer que entonces empieza una vida calificada de eterna.

   Hay otros poemas en los que aparece Dios en los sueños del poeta. Sin duda exponen el deseo de considerar la existencia de un Dios como una apetencia natural del ser humano, algo que durante la vigilia puede cuestionar su razón, pero que se introduce en el sueño. El tema es sugerente, pero no nos interesa ahora, mientras estamos en el mar.

     

Sueños de río

   Cuando se hallaba Machado en Sanlúcar de Barrameda, junto a la desembocadura del Guadalquivir, se encaró con el río, siguiendo la tradición clásica muy notable, que permite representar a los ríos con figuras de hombres dotados de la palabra, una humanización que asimilaba el poeta con naturalidad. Por ello podía soñar, y así le preguntó en el número lxxxvii de los “Proverbios y cantares” de Nuevas canciones:

   Como yo, cerca del mar,

río de barro salobre,

¿sueñas con tu manantial?

   Nótese que describe al río como “de barro salobre”, lo que nos incita a pensar en la teoría judía expuesta en el libro bíblico del Génesis, según la cual el primer ser humano en este planeta fue creado por Dios de barro. Por eso el río se asemeja a los humanos, como ya dejó expuesto para siempre Manrique en versos más duraderos que el autor. Y quiere saber el poeta si en el momento decisivo de perderse en el mar, el río sueña con su nacimiento. El sueño es real, pero quizá no lo sea el manantial, si todo está soñado. Otro de esos mismos “Proverbios y cantares”, el número xciii, pregunta, esta vez a sí mismo, si el sueño puede ser más verdadero que el río:

   ¿Cuál es la verdad? ¿El río

que fluye y pasa

donde el barco y el barquero

son también ondas del agua?

¿O este soñar del marino

siempre con ribera y ancla?

   Los interrogantes quedaron pendientes de respuesta, porque ignoraba cuál sería la exacta. Cada lector deberá proponer la suya, que será certera para él, aunque no necesariamente para los demás. Con las preguntas empezó la filosofía a inquietar la consciencia de los griegos, y continúan abiertas a la investigación. En la poesía de Antonio Machado se halla implícita una filosofía existencialista, que no llegó a sistematizarse en los escritos en prosa, a pesar de las constantes referencias filosóficas. Y salta a la vista que reiteradamente utilizó imágenes literarias relacionadas con el mar, para dedicarlas a meditar sobre la vida, presentadas con originalidad.

La tentación marinera

   Volviendo a la glosa al libro de Castro, vemos que sus versos le motivaron para recordar el pasado, y probablemente imaginó cómo hubiera podido ser su vida de otra manera, en el supuesto de haber obedecido el impulso de seguir la llamada del mar, caso de que fuese real y no una licencia poética. En ese momento de 1932 aún tuvo que escribir cómo “a los dos, hermano, el mar nos tienta”, en presente, y refiriéndose al mar físico, sin ninguna interpretación simbólica. Es claro que se trataba de una tentación teórica, puesto que a aquellas alturas de su vida era imposible que pensara seriamente en embarcarse, ya que sus condiciones físicas se lo impedían

   Aunque el mar ofrece varias interpretaciones en la poesía machadiana, especialmente relacionadas con el devenir humano, en este poema la simbología se halla matizada por la realidad del mar como ser físico. Se encuentran imágenes literarias, como es obligado en un poema lírico, incluso con una alusión mitológica impropia de un poema realista del siglo XX, al escribir que “suena la caracola de un tritón”. Asimismo asegura que los ríos hablan, siguiendo una larga tradición literaria, y dice estar contenidos en los versos de Castro “la historia de riberas florecidas / que cuenta el río al anegarse en ella”. Un libro de poemas no es un cuaderno de bitácora.

   Lo cierto es que “A Julio Castro” es un poema con fondo y trasfondo, obra de madurez vital y estética, en el que su autor especuló sobre las aspiraciones infantiles superadas por la necesidad de adaptarlas a la conveniencia de la edad adulta. Es decir, un enfrentamiento entre la realidad y el deseo siempre opuestos. Utilizó el arte para construir un buen objeto estético, mediante el cual especular sobre cuestiones metafísicas perturbadoras.

También interviene el arte

   En una de las “Parábolas” incluidas en Campos de Castilla, la número iv, titulada “Consejos”, el arte es la referencia ante el mar para significar el hecho de vivir. Es una creencia antigua decir que la vida es corta y el arte largo, por lo que algunos artistas confían en la posteridad para salvar su memoria en la que posean las sucesivas generaciones, a manera de eternización. Así se lo aclara Mefistófeles a Fausto en el drama de Goethe, por ejemplo, y en la vida real lo han aceptado poetas como Horacio en la antigüedad, y entre nosotros Juan Ramón Jiménez o Miguel de Unamuno

   Sin embargo, para Machado comprender que el arte es más duradero que la vida del autor no constituía un consuelo. En su opinión, tampoco el arte salva la memoria de su creador, porque a fin de cuentas carece de importancia. Las obras de arte van a desaparecer como la memoria de sus fabricantes, debido a su insignificancia temporal:

   Sabe esperar, aguarda que la marea fluya

--así en la costa un barco— sin que al partir te inquiete.

Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya:

porque la vida es larga y el arte es un juguete.

Y si la vida es corta

y no llega la mar a tu galera,

aguarda sin partir y siempre espera,

que el arte es largo y, además, no importa.

   Esperar consiste en aguardar el fin inexorable con tranquilidad, es decir, sin pasarse la vida temiendo que llegue su momento final, que es seguro. La recomendación machadiana consiste en meditar acerca del final supremo sin angustia, lo mismo que abordó otros temas. Eso es saber esperar.

   Como el barco en el puerto, es preciso esperar el momento idóneo para comenzar la singladura definitiva, o decidirse por no hacerlo si parece preferible que permanezca anclado inmóvil. La vida puede resultar corta o larga mientras se espera, según la actitud del que la vive. El artista distrae la suya creando objetos estéticos, con los que confía perpetuarse en la memoria de sus sucesores. Sin embargo, Machado advierte a sus lectores que el arte es un juguete carente de importancia. Vana será, pues, la esperanza de quien confíe en la fama como una eternidad efímera en este mundo.

Un jardín en el mar

   Todo es pasajero, tanto la vida como la fama, y nada perdurará. Todo en el mundo es vanidad de vanidades, nos está advirtiendo el Eclesiastés desde hace siglos. Además, los planes humanos suelen desbaratarse por cualquier causa imprevista, ya que los vivientes ignoramos el futuro, salvo la seguridad de la muerte. Las actividades humanas son pasatiempos sin importancia, en espera de la hora de partir.

   Lo expresó Machado en una de sus “Parábolas”, la iii, sin título. Se refiere a un marinero que un día decidió cambiar de oficio, y escogió el de jardinero, así que hizo un jardín en el mar. Fue sin duda una actuación llevada a cabo en sueños, porque ese trabajo es irrealizable en la realidad cotidiana. Pero he aquí que cuando ya había vencido todas las dificultades, y el jardín presentaba un aspecto lucido con flores variadas, el jardinero falleció, y su obra y su tiempo se perdieron para siempre, porque nadie siguió ocupándose del jardín que solamente él sabía cuidar: el jardín marítimo es metáfora de la vida soñada. He aquí esa historia puesta en verso:

   Érase de un marinero

que hizo un jardín al mar,

y se metió a jardinero.

Estaba el jardín en flor

y el jardinero se fue

por esos mares de Dios,

   Así es la vida, semejante a un insólito jardín en el mar, imposible de mantenerse a flote ante el asedio continuo de las olas. El mar es una vez más imagen de la muerte, que pone fin a las ilusiones. El marinero ejecutó un trabajo inútil, como él lo sabía antes de empezarlo, pero lo concluyó porque así realizaba su vida. En esta parábola Machado expuso lo que ya hemos leído, que “el arte es un juguete […] y, además, no importa”.

   Comprobamos, pues, que sus pensamientos se confundían con sus sueños. Se pierde el tiempo lo mismo al hacer caminos en tierra que jardines en el mar. A sabiendas de esa realidad inapelable, el poeta aceptó el sueño de creerse en disposición de vivir como si ignorase el capítulo definitivo de su vida. A fin de cuentas, la vida es sueño, como salvavidas desnortado de una realidad incomprensible. El ser humano sueña su vida, y se ve en ella dominador del tiempo, puesto que no se le siente transcurrir durante el sueño, al hallarse dormida la consciencia. Vuelve a su nacimiento, como si de ese modo iniciara un retorno capaz de prolongar su existencia.

Miedo de naufragar

   El ser humano acostumbrado a meditar acerca de la vida, inevitablemente tropieza con un misterio resuelto finalmente con la muerte. Siendo así, podemos suponer que no sirve para nada ocupar la vida indagando sobre lo que ella es. No obstante, una persona dotada de sensibilidad ha de preguntarse por las razones de su existir, a no ser que prefiera pasarse la vida soñando, si es cierto que la vida es sueño, como decía Calderón de la Barca.

   En ocasiones se siente el vértigo del desastre. La palabra nada se presenta entonces como valor supremo. Pudiera suceder que el final del sueño condujese a la nada, y el durmiente pasara del sueño al no ser. Lo dice el número xlvii de los “Proverbios y cantares” de Campos de Castilla:

   Cuatro cosas tiene el hombre

que no sirven en la mar:

ancla, gobernalle y remos,

y miedo de naufragar.

   Sí, el ser humano consciente tiene miedo del naufragio anunciado de su vida, cuando le llegue el momento de perderse en la llanura interminable del mar para siempre, y hundirse en el abismo sin fin. Ese temor no le sirve al marino para navegar, porque si lo sintiera no desatracaría su barco del puerto. Estamos de acuerdo en que debe evitarse a bordo, pero se trata de un sentimiento que sólo se puede temer en el mar, ya que en la tierra es imposible el naufragio. Lo que reclama una mayor exégesis es el verso que relaciona tres elementos, “ancla, gobernalle y remos”, que tiene el ser humano en tierra y no le sirven en el mar. Por ser tres elementos marítimos inutilizables en tierra, debemos interpretarlos metafóricamente, ya que en principio donde no nos sirven es en tierra, y sí a bordo del barco.

Lo inservible en el mar

   Repárese en que Machado afirma que esas “cuatro cosas” las tiene el hombre, concepto integrador también de la mujer. El miedo estamos de acuerdo en que es un estado de ánimo propio de los seres humanos, compartido con los animales, imposible en las cosas. Sin embargo, los otros tres elementos materiales son inherentes al arte de navegar. Los remos se emplean en las barcas, mientras que el ancla y el gobernalle resultan imprescindibles en un navío, de modo que los utilizan los navegantes en el mar.

   Lo que cuenta Machado es que son cuatro cosas que pertenecen al hombre, no al barco; precisamente son imprescindibles para navegar. Todo ello parece un absurdo, pero el poeta explica que son cuatro cosas que tiene el hombre, no un barco, y las enumera. No es posible que se trate de cosas físicas, puesto que ninguna persona anda por la calle con anclas, timones o remos. Debemos entender que el ancla es la atadura al deseo de vivir y seguir haciéndolo, el gobernalle el afán de mantener ese rumbo vital sin que se escore, y los remos las pasiones que empujan el sentir. En cuanto al miedo de naufragar, entendiendo el naufragio como el acabamiento del viaje marítimo, representa el temor a la muerte.

   No dice que no se deba temer el desenlace de la vida, sino que ese temor consigue echar a perder la travesía, por lo que resulta una carga rechazable. Ciertamente sería preferible no tener que cuestionarse las razones de morir, pero ya que es forzoso hacerlo, el ideal consiste en procurar superarlas. Tal vez por medio de la sumisión al sueño sin pensar en el despertar. Pero eso también es una apetencia vana: todo ser humano cultivador de la inteligencia, se ocupa y se preocupa por su situación en el mundo, y se interroga por el devenir aceptado como fatalmente obligatorio.

Su corazón y el mar

   Son tan recurrentes en los poemas de Antonio Machado las menciones del mar, que por fuerza hemos de aceptar que sentía fuertemente su llamada, según afirma la cita de Julio Castro puesta como lema en el poema que le dedicó. Lo notable es que no se las inspiraba la visión cotidiana de las olas, debido a que residió siempre en el interior de España, y solamente le quedaba el recuerdo de haberlo contemplado fugazmente en su infancia. Es preciso reconocer, pues, la importancia del mar como símbolo intelectual imaginario trasvasado a sus poemas.

   Por ese motivo con frecuencia el mar está presente con la virtualidad del sueño, puesto que no era físicamente real. En otras ocasiones fue causa de meditación, al proporcionarle claves imaginativas relacionadas con el devenir humano. Aprovechó la comparación, tan bien descrita por Jorge Manrique, del mar como desembocadura de la vida humana.

   No encontramos ni una sola vez descripciones líricas del mar en estos poemas. Todas las menciones se refieren a su utilización simbólica, aunque se relacionen con aspectos naturalistas del mar. Lo utilizó como una herramienta para acercarse al entendimiento del existir humano, lo que para él constituía la máxima inquietud. Su poesía es confesional, ofrece su retrato lírico a los lectores por medio de las referencias a las cosas importantes, visibles o imaginadas. Sus menciones del mar son las más significativas, porque fijan los momentos de mayor inquietud por las cuestiones vitales comunes a todos los seres.

  Durante uno de los instantes más atroces, cuando la muerte tan temprana de su mujer, compuso unos poemas en los que dialogaba en sueños con ella o con Dios, recogidos en Campos de Castilla. En el número cxix, solamente un serventesio de cuatro alejandrinos, expone su máxima desolación, dirigiéndose al Dios que decretó el fallecimiento de su esposa, según la tesis bíblica judeocristiana: “Señor, ya estamos solos mi corazón y el mar.” Para representar físicamente la inmensidad de su dolor, tuvo que recurrir a la inmensidad del mar, como único término comparativo capaz de contenerlo. Todo el universo se redujo para él a dos elementos equiparables, su corazón como lugar del cuerpo sintetizador de su sentimiento, y el mar que asume simbólicamente la significación del morir. Eso era todo lo que le quedaba en el mundo, una soledad tan grande como el mar. Y la capacidad poética para describirla, por supuesto.                                                            

 

 

 

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