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Unamuno y su Otro

Arturo del Villar

 

   LA literatura universal es pródiga en relatos sobre escisiones del yo. Probablemente el más conocido es el firmado por Robert L. Stevenson, The Strange Case of Dr. Jekyll and Mr. Hyde, en el que se describe cómo un médico descubre un fármaco que le permite desdoblarse en otra persona de carácter completamente opuesto al suyo, que estaba en su interior. Sin embargo, el desdoblamiento de la personalidad no es un tema literario, sino patológico, y lo han descrito psiquiatras y psicoanalistas. Un texto clásico es el del doctor Ronald D. Laing, que en la traducción mexicana del Fondo de Cultura Económica se titula El yo dividido.

   En la historia humana existen numerosos testimonios demostrativos de que se trata de un fenómeno frecuente, manifestado con diversas formas. Algunas personas afirman sentir a otro ser dentro de ellas, que les dirige las actuaciones; otras ven proyectado fuera de ellas a ese misterioso ser, que se comporta de manera inesperada; en unos casos muestra una actitud afín a la del sujeto paciente, pero hay otros en los que resulta hostil; a veces la escisión del yo se patentiza en dos o incluso tres personajes con personalidades diferenciadas cada una de ellas.

   El tema es complejo y alcanza hasta a las interpretaciones religiosas. Por citar un solo caso, aseguraba Juana de Arco seguir las instrucciones de unas voces internas que parecían amistosas, aunque por obedecerlas acabó siendo quemada en la hoguera, y la Iglesia catolicorromana que la persiguió terminó declarándola mártir y santa, pese a que para algunos era una histérica visionaria. También sufrió martirio por obedecer a su yo íntimo Sócrates, el filósofo griego que no escribió al parecer ni una letra siquiera, y sin embargo ha influido enormemente en la cultura occidental por medio de sus discípulos, a los que enseñó a razonar. A él no se le puede considerar ni histérico ni visionario, por más que afirmase escuchar las voces de un extraño ser que se comunicaba con él desde su interior.

El caso de Unamuno

   Vamos a analizarlo ahora en un filósofo español, que fue también ensayista, novelista, dramaturgo, articulista y, en primer lugar, conforme a su criterio, poeta, Miguel de Unamuno. Se sirvió del tema para literaturizarlo desde una experiencia propia, por lo que resulta muy interesante. A él tampoco sería tolerable presentarlo como un histérico visionario, ya que si es cierto que fabuló en sus novelas y dramas, no lo es menos que en sus ensayos razonó con la inteligencia muy despierta, y se le estudia en las historias de la filosofía, pese a no haber sistematizado su pensamiento, porque aportó sus propias especulaciones en torno a la existencia humana y su trascendencia proyectada sobre el mundo.

   Existen coincidencias notables entre estos dos personajes reales. Si Sócrates era griego de nación, Unamuno enseñó lengua y literatura griegas. Los dos reunieron en torno de ellos algunos fieles discípulos, a los que enseñaron con su palabra y su ejemplo. En la Atenas clásica el ágora le servía a Sócrates como cátedra, y aunque Unamuno ocupaba una cátedra en la muy antigua y prestigiosa Universidad de Salamanca, también hablaba con sus amigos durante las largas caminatas que solía emprender, un sistema con raigambre: Aristóteles filosofaba con sus discípulos mientras caminaban, por lo que fueron llamados peripatéticos y crearon escuela. 

   El método de comunicación empleado tanto por Sócrates como por Unamuno era semejante, la mayéutica, para dar a luz sus ideas con tanta parsimonia como profusión. Los dos se sirvieron de la ironía y la paradoja, con el fin de llevar a sus oyentes hasta un laberinto del que solamente ellos conocían la salida, porque eran sus constructores.

El daímon interior

   Recordar al ateniense cuando se menciona la escisión de la personalidad es obligado, porque afirmó escuchar a un daímon interior que le aconsejaba cómo debía actuar en cada situación vital. Fue quien le impidió huir de Atenas para evitar la sentencia de muerte a que se le había condenado, como le propusieron los discípulos, que la consideraban injusta, criterio al parecer no compartido por el daímon, excesivamente legalista.

   Quizá el de Unamuno puso en peligro su vida, empujándole a cometer acciones muy peligrosas, como la llevada a cabo en la Universidad de Salamanca el 12 de octubre de 1936, al censurar a los militares rebeldes que llenaban el paraninfo: le causó insultos, amenazas y persecuciones, y el encierro en su casa hasta su muerte al acabar el año. Empezó su discurso afirmando que no había pensado intervenir en el acto, pero se sentía compelido a hacerlo. No explicó quién le empujaba a romper su propósito inicial, aunque al conocer la influencia del Otro sobre él está muy claro de quién se trataba. Fue un impulso suicida, que le costó muy caro, y salvó la vida a duras penas.

   Además de los veinticinco siglos que separan a los dos filósofos en la historia, se diferencian igualmente en que Sócrates enseñó de viva voz, sin dejar ningún escrito, y en cambio Unamuno además de profesar en la cátedra nos ha legado una abundantísima herencia literaria: sus Obras completas editadas por Escelicer en Madrid entre 1966 y 1971 comprenden nueve gruesos volúmenes, a los que se hubiera añadido un décimo y tal vez otro más con la copiosísima correspondencia salida de su pluma, una verdadera pluma de ave hecha por él mismo para escribir mojándola en el tintero, de no haberlo impedido la quiebra de la editorial. Todas las citas de sus escritos se hacen siempre por esta edición, indicando el volumen en números romanos y la página en arábigos.

   Si creemos al autor, escribió tanto porque lo hacía al dictado del daímon, que por serlo sabía de todo, y le inspiraba lo que debía anotar. Al que dicta se le llama dictador, lo mismo en la escuela que en la política. El de Unamuno fue un dictador literario que demostró ser muy aventurado, porque en ocasiones le sopló críticas al rey Alfonso XIII y a su dictador político el general Primo, que le causaron la destitución de todos sus cargos en la Universidad y el destierro a la isla de Fuerteventura, y pudo ser más grave todavía. El daímon llegó a convertirse en otro ser, en el Otro, a veces antagónico del Yo, otras su consejero o su inspirador. Vamos a examinar ese dualismo, siguiendo las confidencias dejadas en la escritura.

El dictador íntimo

   La confesión más radical se encuentra en un artículo con forma de carta a un amigo publicado en 1906, “El sepulcro de Don Quijote”. Ahí delató la responsabilidad del Otro en sus escritos, más que como partícipe como autor, aunque los firmase él. Conforme a su revelación, el dictador verdadero se hallaba en el interior de su cuerpo, o más concretamente de su espíritu, que es un lugar inconcreto:

   ¡No, mi buen amigo, no! Muchas de estas ocurrencias de mi espíritu que te confío ni yo sé lo que quieren decir, o, por lo menos, soy yo quien no lo sé. Hay alguien dentro de mí que me las dicta, que me las dice. Le obedezco y no me adentro a verle la cara y si me dijese su nombre me moriría yo para que viviese él. (III, 94.)

   Sin duda se trata de una referencia doble al Antiguo testamento. Sabemos que ningún otro español de su tiempo leía la Biblia con tanta asiduidad como Unamuno, en contra de la prohibición inquisitorial de la Iglesia catolicorromana. También es conocida la amistad que mantuvo con pastores de iglesias reformadas, y su costumbre de imitar la vestimenta utilizada en su tiempo por los clérigos protestantes, difusores de las lecturas bíblicas en oposición a los clérigos catolicorromanos. Según relata el libro del Éxodo, 33:20, el mismo Dios le advirtió a Moisés en el monte Sinaí que si alguien contemplaba su cara moriría instantáneamente, y en el del Génesis, 32:29, se explica que conocer el nombre de una persona implica alcanzar autoridad sobre ella.

   Lo más significativo de la cita es que declarase tener a alguien dentro de él que le dictaba cuanto escribía. Así denunciaba la presencia del Otro, alguien o algo indefinible. La palabra griega daímon se traduce en castellano por dios o espíritu en primera acepción, pero también por auxilio divino. En el caso de un escritor puede equivaler a inspiración para expresarse adecuadamente, de manera que acierte en la comunicación de las ideas con las palabras oportunas.

   De acuerdo con su costumbre, repitió la confesión en otras ocasiones, que no es necesario citar, lo que demuestra su sinceridad y obliga a tomarla en consideración. Sin embargo, los críticos de su obra la consideran una de las paradojas a las que era aficionado, pese a detestar él esa palabra, sin concederle categoría de confesión. Pero el dato de esa reiteración en exponerla debe avisarnos de la importancia que concedía al asunto. Además, por tratarse de un tema carente de originalidad, puesto que cuenta al menos con veinticinco siglos de antigüedad, le faltaba el atractivo necesario para repetirlo un escritor, de no ser verdaderamente cierto lo que describe. Debemos aceptar como verídica la intervención del Otro sobre la escritura unamuniana, tal como él mismo la expuso con toda sencillez.

El demonio interior

   Lo atestigua otra confirmación de su papel de simple escriba copista de un dictador literario. El 6 de octubre de 1910 publicó “La sima del secreto”, con una revelación acerca de las motivaciones primordiales de su escritura. Explicó que un mes antes, al despertarle a medianoche una tormenta, “se encontró” con un relato completo en su memoria, por lo que se puso a transcribirlo simplemente:

      Y me encontré con él sin precedentes, sin explicación, sin símbolo, con todas sus íntimas contradicciones. Y todo él, entero, con sus detalles todos. Encendí la luz y me puse a escribirlo, a escribirlo al dictado. Al dictado, ¿de quién? No lo sé. ¿De dónde me ha venido este relato? No lo sé tampoco. (III, 434.)

   En esta cita no señaló quién era el dictador, alegando ignorar de quién se trataba y cómo actuaba. Sin embargo, en otros escritos mencionó al daímon socrático como antecedente, empleando su traducción castellana como demonio. Puesto que era catedrático de lengua griega, es forzoso aceptarla sin poner en duda su exactitud. No obstante, conviene advertir que esa palabra castellana posee un matiz perverso ausente por completo en la griega. El demonio castellano, que incita siempre a los humanos la comisión de maldades, no es idéntico al daímon griego, considerado tanto un dios menor como un intermediario entre los dioses y los seres humanos, un espíritu que lo mismo podía ser bueno como malo, según los casos.

   Comprobemos ahora otra manifestación, hecha en un artículo fechado el 22 de junio de 1917 y titulado precisamente “Artículos y discursos”, con referencia a los suyos. Suyos en el supuesto de que se le deba atribuir su paternidad, lo que a juzgar por cuanto llevamos comprobado resulta discutible, y más todavía por lo que declaraba en él:

   Yo sé de mí decir que improviso casi todos mis artículos y que los escribo como si los dictara –y con tanto calor como un discurso--, si es que no me los dicta, lo que a menudo sucede, un demonio interior como aquel que a Sócrates asistía. (VII, 1325.)

   De modo que la intervención del daímon se presentaba esporádicamente, acontecía “a menudo”, entendemos que con mucha frecuencia, sobre su escritura literaria. Al editar los dictados con su nombre como autor, es claro que los asumía como propios, y en consecuencia se responsabilizaba del contenido, también cuando censuraba las actuaciones del rey y de su dictador militar. La inspiración le llegaba por medios no naturales, y además inexplicables por ser incomprensibles para él.

   El año anterior a su muerte, exactamente el 26 de abril de 1935, en “Cantar es sembrar” les confiaba a sus lectores la permanencia de su daímon interior, que no lo abandonaba. Y otra vez empleó la referencia a Sócrates como antecedente creíble:

   “Esto es más seguro” –me decía mi demonio familiar. Que lo tengo, como le tenía Sócrates--. (V, 1208.)

    Aquí lo define como un demonio familiar, adjetivo que elimina las connotaciones malignas habituales en el diablo según la tradición cristiana. Por lo tanto, no siempre su papel consistió en dictar, sino que también aconsejaba qué expresión resultaba preferible utilizar para que la escritura quedase más exacta, o quizá más literaria.

Una fantasmogénesis

   El daímon de Unamuno se comportaba de manera más imperante que el de Sócrates, según nos reveló el autor asustado. Por lo que nos han confiado quienes lo han sentido, la esencia del daímon consiste en ser interior a la persona con la que mantiene una relación psíquica, incluso cuando se escuchan sus voces en el exterior, como psicofonías salidas de una dimensión espacial desconocida, en principio extraplanetaria. Lo usual es que sus palabras sean sentidas en el interior del cuerpo del elegido, generalmente en el cerebro.

   Hubo al menos una ocasión en la que Unamuno se enfrentó físicamente al misterioso personaje, al que entonces denominó Él, para diferenciarlo de su Yo. Los dos mantuvieron un diálogo extraño, publicado el 11 de diciembre de 1920 con el título de “La telaraña”. Según el relato unamuniano, se hallaba meditando en su despacho a solas, cuando de repente se le presentó Él de una manera muy material, aunque no se materializó exactamente, porque se dejó sentir sin tomar una forma concreta:

   De pronto sentí sobre los hombros el peso como de dos cuñas de una poderosa prensa hidráulica. La terrible presión me quitaba casi el respiro. Luego me percaté de que eran dos manos invisibles. Sentí diez dedos, y sobre todo los pulgares. […] Era su voz, su voz como de otro mundo, su voz que brotaba de aquel silencio prenatal que arraiga en la cordura de las entrañas de mi espíritu. (V, 1145.)

   No le vio a Él, sino que sintió físicamente su presencia, con dos manos invisibles que oprimían terriblemente sus hombros. No fue, en consecuencia, una materialización ectoplasmática, sino que parece más bien una fantasmogénesis, que se hacía notar por medio de la presión y de la palabra, y él la sentía y la escuchaba, pero no la veía. Con ello demostró poseer Unamuno una hiperafia, una hiperalgesia y una hiperacusia muy desarrolladas, que hacían de él un agente ideal para los aportes metapsíquicos. De la irritabilidad de su sistema nervioso nos informó él mismo con detalle. En la situación descrita no sólo se hallaba en estado vigil, sino que estaba meditando, lo que dejaba su mente en plena actividad lógica, y en consecuencia poco propicia para las alucinaciones. Tampoco invocó a ese Él extraño, sino que se materializó sorprendentemente al margen de su voluntad.

   En el terreno paranormal se carece de leyes, al encontrarse fuera del espacio y el tiempo. Podemos conjeturar que Unamuno era un paragnomo bien dotado para recibir percepciones extrasensoriales, como lo fue Swedenborg, por recordar a un escritor afín. Probablemente más de un psiquiatra diagnosticaría esa confidencia literaria como una declaración expresa de esquizofrenia paranoide, causante de la disociación del Yo y del cuerpo material, comprobable en la escisión de su personalidad en dos sujetos, a los que denominaba Yo y Él. En su ser humano tan complejo como Unamuno, la duda ha de quedar si resolver.

Una sensación pavorosa

   Las experiencias parapsíquicas pueden llegar a atemorizar al que las experimenta. Son muy inquietantes las de Unamuno, quien nos las dejó escritas como testimonios vividos para que profundizáramos en el conocimiento de su personalidad. Hubiera debido acudir a la consulta de un psicopatólogo para contárselas y escuchar su diagnóstico, pero no lo hizo, que sepamos. Y eso a pesar de que sintió la escisión del Yo como algo real, según esta revelación suya:

   La sensación, sensación que puede llegar a ser pavorosa, que yo he experimentado alguna vez, es la de quedarme un rato a solas mirándome a un espejo y acabar por verme como otro, como un extraño y decirme: “¡conque eres tu!”, y hasta llamarme a mí mismo en voz baja, la sensación terrible del desdoblamiento de la personalidad, de convertirme en espectador de mi propia persona. (VIII, 298.)

   Cuando se estudia el pensamiento de unamuno los tratadistas lamentan que no fundamentase un sistema lógico, por lo que es necesario ir rastreando sus ideas por las diversas materias en las que se comunicó con los lectores. Tal vez el motivo de esa falta se encuentre precisamente en la escisión de su personalidad, que le impedía razonar en una sola dimensión estructural. Quizá lo que él percibía era distinto de la percepción de su Él o de su Otro, y a consecuencia de ello los dos se mostraban antagónicos: serían las dos almas de que hablaba Fausto según la opinión de Goethe. Es forzoso dejarlo en términos dubitativos y condicionales.

   Lo seguro es que en estas revelaciones íntimas no hizo literaturización de la vida. Trataba un asunto demasiado trascendental para él, no podía sacarlo del ámbito de la confesión. Si lo exponía al público desde el momento en que lo publicaba, lo hacía por su deseo de presentarse ante los lectores tal como era, en cuerpo, alma y espíritu. En cierto modo, la totalidad apabullante de su escritura constituye unas descomunales confesiones íntimas, tan sinceras como las ejemplares de Agustín de Tagaste o de Rousseau: los tres desnudaron sus espíritus ante los siglos.

   En el caso especial de Unamuno, por tratarse de un literato volcó sus experiencias personales en la escritura de obras de ficción. Así, en su primera obra dramática, La esfinge, escrita en 1898, el protagonista, significativamente llamado Ángel, se asusta y se habla a sí mismo al verse reflejado en el espejo (V, 235). Se trata, pues, de la misma situación contada como experiencia real suya, aquí trasladada del gran teatro del mundo a un escenario reducido para el espacio escénico. Esto sí es literatura, pero vivida y padecida por el escritor.

El misterio de la personalidad

   La vida cotidiana de Unamuno en su ciudad adoptiva de Salamanca fue monótona y aburrida, con una sorpresa durante el período de su destierro político forzoso en Fuerteventura y de su exilio voluntario en París y Hendaya. En cambio, su vida espiritual resultó tremendamente agitada, convulsa y caótica: es la que se refleja en su obra literaria, por lo que sus confesiones son espirituales, a diferencia de las rousseaunianas, que son biológicas, a menudo incluso demasiado biológicas, y escasamente espiritualistas. Introducir experiencias vitales en la escritura fabuladora consigue que la obra resultante sea realista. Esto es así incluso cuando el tema surge de una psicopatología profunda, como en el caso unamuniano, volcada sobre la experiencia.

   Todo cuanto queda dicho está resumido en una obra dramática compuesta en 1926, durante su exilio en Hendaya. Titulada precisamente El Otro, aborda el tema del Yo escindido, aquí expuesto en dos mellizos de nombres alegóricos, Cosme y Damián. Según la tradición cristiana, Cosme y Damián eran dos hermanos que en el siglo III practicaban gratuitamente la medicina para ayudar a los pobres, pero fueron martirizados por diversos métodos, sin que los verdugos consiguieran matarlos hasta que los decapitaron con las cabezas bien separadas de los cuerpos. Son los patronos de los médicos y los boticarios, catolicorromanos, por supuesto, aunque también auxilian a las mujeres estériles que desean tener hijos, si les presentanla figura de un falo como exvoto.

En la tragedia unamuniana, uno de los hermanos mata al otro, no se sabe quién a quién, porque el vivo dice ser el Otro, y exige que se le llame así, hasta que finalmente se suicida. Es conocido que los esquizofrénicos sienten por lo común tendencias a la autodestrucción, que en el caso de Unamuno se resumieron en la escritura. Habrá que estudiar la complicidad de los escritores en los crímenes cometidos por los entes de ficción creados por ellos, tal vez para sublimar tendencias criminales ocultas. Un tema apasionante, que ahora no resulta pertinente abordar. Sí importa, en cambio, recordar lo que declaró Unamuno en una autocrítica previa al estreno de El Otro, acerca de la génesis de esta tragedia:

   El Otro me ha brotado de la obsesión, mejor que preocupación, del misterio –no problema— de la personalidad, del sentimiento congojoso de nuestra identidad individual y personal. (V, 653.)

   Este “sentimiento congojoso” equivale al “sentimiento trágico de la vida” que dio título a su ensayo más próximo a la metafísica. De ahí se infiere que el único problema humano, verdaderamente humano es el que afecta a su esencia, es el de la personalidad como expresión de su identidad. Si la personalidad se halla sometida a una patología cualquiera, queda reproducida en la escritura: por mencionar un solo ejemplo, se ha estudiado la incidencia del asma sobre el estilo narrativo de Proust.

   Dos personalidades se enfrentaron en el de Unamuno, la suya y la del Otro que estaba en él, pero era un Él diferenciado del catedrático universitario de vida tranquila. Por eso es lógico que resulte un estilo combativo, a veces agresivo, al estar compuesto por dos personalidades inseparables a menudo enfrentadas. Quizá sea por ello el estilo que mejor define al siglo XX, el período más sanguinario en la inhumana historia de la humanidad. Las guerras significan la exteriorización del combate interior librado en el espíritu de las personas comprometidas en el desarrollo imparable de la historia. ¿O será todo solamente una fantasía?

 

 

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