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Robert Walser: El paseo

Siruela, Madrid, 2016.              

Tal vez el propio ritmo de la bella prosa de Walser tenga, también, el ritmo de un paseo demorado, estético en el mirar y en el sentir, culminado siempre por una emoción –rica, contradictoria en cuanto el bien o el mal deducido de lo observado- pero vivo, humano, inteligente.                Se ha utilizado el paseo, desde Pío Baroja a Stendhal sin ir más lejos, como símbolo del contar, del describir, pero por ello, implícitamente, del observar, del escuchar; desde luego del sentir y reflexionar (‘Solvitur ambulando’). ¿Acaso al que pasea no hay ‘alguien’ o ‘algo’ que le cuenta una historia, y quien pasea no es sino un oyente atento de lo que el paisaje le narra? El propio Walser lo expresa de una manera tan sencilla como elegante: “Pasear –respondí yo- me es imprescindible, para animarme y para mantener el contacto con el mundo, sin cuyas sensaciones no podría escribir media letra más, ni producir el más leve poema en verso o prosa”. Y aún añade argumentos propios, de percepción sensible, que parecen explicar y justificar por sí propios, para todo lector atento, la pertinencia infinita de este libro: “Sin pasear estaría muerto, y mi profesión –la de escritor- a la que amo apasionadamente, estaría aniquilada” A partir de aquí el lector de este libro está, de alguna manera, siendo advertido, esto es, tendrá a su disposición un texto de una finura estilística y espiritual, podrá acceder a un ritual de lectura tan vivo como sensible o imaginativo; podrá acceder a un mundo, el que le rodea, más vivo e interesante de cuanto pudiera haber advertido hasta ahora. Podrá disfrutar con todos los sentidos de una lección literaria que ha de pervivir, a buen seguro, dentro de su memoria más querida. Leamos: “Con supremo cariño y atención ha de estudiar y contemplar el que pasea la más pequeña de las cosas vivas, ya sea un niño, un perro, un mosquito, una mariposa, un gorrión, un gusano, una flor, un hombre, una casa, un árbol, un arbusto, un caracol, un ratón, una nube…” Y aquí entraría ya la participación imaginativa, reflexiva, del que siente, del que pasea o lee, pero Walser no le deja sólo en la tarea, sino que le sigue alentando con su ayuda literaria en cuanto a la rica minuciosidad de lo observado: “…una montaña, una hoja o tan solo un pobre y desechado trozo de papel de escribir, en el que quizá un buen escolar ha escrito sus primeras e inconexas letras” Sea, pues, parece decirle al lector, decídete a pasear como un ejercicio físico y espiritual, lee y disfruta el mundo mientras ejercitas las piernas y el corazón. Mientras vives. La traducción me ha parecido muy cuidada y precisa. E instructivo el prólogo                                                                                             

Ricardo Martínez

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