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Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid

Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, Madrid, Comisión Cultura Ayto. Madrid, 1957.

Mª Ascensión Fernández Pozuelo

            El escritor Ramón Gómez de la Serna es conocido por ser el pionero en introducir el movimiento vanguardista España y como creador de las greguerías; sin embargo, su ingente obra es lamentablemente poco conocida en su país. Tuvo su época de esplendor con la publicación de su primer libro El rastro en 1914 y la prensa fue determinante en su carrera con la que colaboró en múltiples diarios y revistas. Su voluntario exilio a Buenos Aires en 1936 ante la inminente Guerra Civil le produjo un inmenso dolor. No podía soportar que los españoles se mataran entre sí y, aunque amaba su patria como muy pocos, encontró en Argentina el calor humano que necesitaba en esos crudos momentos. Los comienzos no fueron fáciles por su apoliticismo que mantenía como principio fundamental y, a pesar de las dificultades económicas que le obligaban a escribir incluso en su declive físico para poder subsistir, fue consecuente hasta su fallecimiento en 1963.

            He elegido Elucidario de Madrid  por ser un libro documental sobre las costumbres de la ciudad que tanto quiso y añoró cuando estaba lejos y por el interés de Ramón en su publicación. El día 16 de octubre de 1952, el «Instituto de Estudios Madrileños» inauguró solemnemente el Curso académico de 1952-1953 en un acto celebrado en el Salón Real de la Casa Panadería, bajo la presidencia del Conde de Mayalde, alcalde de Madrid, y del Presidente del Instituto D. Joaquín de Entrambasaguas. Después de exponer las tareas desarrolladas por el Instituto, desde su creación en noviembre de 1951 y de anticipar los proyectos existentes para el Curso que se iniciaba, Gaspar Gómez de la Serna dio lectura a su conferencia «Ramón y Madrid». Ramón era Miembro honorario y Gaspar colaborador.

            Inició su conferencia[1]  hablando de Ramón como el gran escritor madrileño, que, con su corazón en Madrid, escribía desde hacía dieciséis años en la soledad de su lejana celda literaria del número 1.974 de la calle de Hipólito Irigoyen en Buenos Aires. Hizo un recorrido sobre las distintas etapas de su trayectoria literaria elogiando su generosidad e individualismo basándose en la afirmación de quienes le conocían: Ramón escribe todo lo que se le ocurre, publica  todo lo que escribe y regala todo lo que publica. Resaltó la inmortalidad de su obra literaria resumiendo el Madrid de su época y aconsejó seguir observando el Madrid del medio siglo «para ver lo que queda de aquel ramonesco Madrid de entreguerras.»[2]  Madrid se había convertido en una ciudad industrializada con el consecuente cambio social provocado por la cantidad de forasteros que llegaban para trabajar. Había perdido su carácter provinciano y las clases sociales se habían unificado introduciéndose en los ámbitos comerciales e industriales donde prevalecía el dinero. A pesar de estos cambios, Gaspar consideraba que «esa sustancia, que es como el espíritu madrileño amasado con la luz y el aire de Madrid por todos los espíritus pasados y presentes que le pueblan, permanece intacta, y es justamente en lo que Ramón es más madrileño y Madrid más ramoniano.»[3]

            Ramón sigue fiel a Madrid, pero preocupado por estos cambios y, aunque Madrid lo ignora, sigue confiando en su esencia, prueba de ello es la carta que escribe en febrero de 1952 a Gaspar en la que le comenta que no le preocupa la informalidad de una editorial madrileña por no publicar su Explicación de Buenos Aires; sin embargo, le dice a renglón seguido: «Lo que sí me importa es la reedición de Elucidario de Madrid, que Echarri propuso al Ayuntamiento, que éste aceptó y que no sale nunca. La reedición del Elucidario sería viva señal de esa sustancia que no pasa, en medio del tiempo fugitivo.»[4]

            Por fin Elucidario de Madrid se publica en 1957, se configura como un libro documental, escrito desde un profundo sentimiento de cariño hacia Madrid en el que Ramón recoge su visión de la auténtica ciudad. Podemos contemplar el Madrid de su tiempo y recorrer con Ramón sus sitios privilegiados que más ha frecuentado y con los que, según mi opinión,  mejor se identifica como «la Puerta del Sol», «el Retiro», «la plaza de Oriente» y «el Jardín Botánico» o plazas adonde Ramón asiste más como observador que como ferviente paseante describiéndolas por la importancia que han tenido en la historia de Madrid como «la  Plaza Mayor» y «la plaza de la Cebada».          

            Hay diversos capítulos en los que Ramón trata y detalla temas muy variados como pregones, bodegones o celebraciones y fiestas que considero relevantes para conocer las costumbres de su época. Ramón observa y analiza toda clase de personajes típicos y curiosos que pululan por estos lugares, algunos han sufrido cambios y otros han desaparecido. 

            En el «Prólogo» Ramón especifica la intención de su libro y adelanta su concepto de Madrid: «Este libro destaca lo más amable de Madrid, lo que le da carácter sobre el ensañamiento de la demasiada erudición madrileñista. Lo que está en pie con vitalidad perenne y ayuda a divulgar su secreto, ya demolido en parte, es lo que erijo en este libro.»[5] 

            «La Puerta del Sol» es un sitio emblemático para Ramón y es la que, para él,  resume todo el carácter de España: «        Ha dado optimismo ella sola a una nación pobre y de difícil problema diario.»[6]  Ramón, presente en la Puerta del Sol desde muy temprano, muestra los cambios que se producen en ella un día cualquiera con el paso de las horas y describe a las gentes que se encuentra o pasan por ella. Su actitud y atuendo son la base para plasmar sus metáforas, personificaciones e impresiones con las que crea el ambiente que en ella se respira según su particular visión. De todas las horas del día, prefiere la Puerta del Sol cuando empieza a anochecer. Hasta las ocho de la tarde Ramón es más un observador que  relata minuciosamente lo que sucede; sin embargo, a partir de esa hora adquiere más protagonismo, sus reflexiones van aumentando y son cada vez más optimistas llegando a su punto álgido en las tres y cuatro de la mañana. Hay poca actividad, salvo los mangueros que empiezan su trabajo de limpieza, sólo quedan los últimos trasnochadores que han perdido el tranvía.

            A partir de las siete de la mañana van apareciendo por la plaza mujeres que van a comprar churros para el desayuno o que acuden a las primeras misas; los primeros vendedores de periódicos; las burras de leche; las asistentas; las niñas que se dirigen a sus colegios; las que acompañan a la cocinera hacia los mercados y un anciano y entrañable fraile que siempre pasa de siete a siete y media de la mañana y no se le vuelve a ver después.             Empieza la limpieza de los cafés y, en sus puertas, se paran los carros de los traperos que intentan sonsacar lo que sea. Ramón se apiada de un desdichado vendedor de periódicos que, con su escudilla, pide algo a la trapera para poder desayunar. Entran a primera hora maestros de obras, yeseros, vendedores de ladrillos rojos y corredores de carbones. Pasan por la plaza las primeras monjas que salen a pedir entre las que destaca la hermana cocinera con un gran cesto blanco; las Hermanas de la Caridad que van a relevar a sus cansadas compañeras por haber pasado la noche junto a enfermos graves; los carteleros con sus largas escaleras de las que va colgado un cubo; el desfile militar con trompetas y flautas;  los cobradores de recibos con sus pequeñas carpetas de hule negro cerradas por una goma y las mecanógrafas con boinas de colores.

            Sobre las diez, se hace el reparto de carne cruda en Madrid y la Puerta del Sol se llena con los hijos de los carniceros ataviados con delantales pardos de rayas. Desde las doce hasta las seis de la tarde, Ramón hace un paréntesis que coincide con nuestra siesta.

            Llega la hora del paseo con jóvenes alegres y despreocupados o señoritos con su sombrero colocado para ver y no ser visto. Al anochecer empiezan a encender los carteles luminosos, la hora de la vuelta a casa ha llegado y la gente se aglomera y empuja para no perder los tranvías. A las once, la gente se dirige a los cafés o al teatro, momento en el que ya están apagadas las luces de la Puerta del Sol y adquiere su carácter de vigía. A la una, el ambiente de la plaza es dispar y tumultuoso, Ramón lo describe de forma magistral: «Parece que el mundo echa de pronto al mundo demasiada gente, que se han roto las compuertas de la presa de la noche.»[7]

Sobre las dos y media de la mañana, la plaza se va despejando quedan pocos personajes y Ramón observa en la Plaza toda una amalgama de tipos: «Cineastas de a duro; chulillos; un oficial de peluquería extraviado; […] cojos recalcitrantes; malos sonetistas; masones, […] los que viven en las habitaciones más baratas del mundo, sin ventana ni asistencia; […] los escuchones de última hora: el que no quiere dejar de saber lo que es España: yo.»[8]

Ramón nos resume con dos símiles los últimos medios de transporte público:

Los sábados, sobre todo ese último tranvía es el más típico y hace más pronunciadas las eses de las curvas y va tambaleándose porque es el tranvía de los borrachos.[9]

En la Puerta del Sol es donde cogen el último coche los juerguistas, dando el portazo de despedida desgarradora a la noche.[10]

            A las tres, cuando los camareros cierran los cafés, aparece el último tipo, quizás el más emblemático y respetado por ser el guardián de la noche: « […] el sereno, con aire de sereno de epílogo teatral, se toma el café del regalo para que cuide despabilado y avizor los cierres metálicos del café.»[11] De tres a cuatro del amanecer Ramón pasa de ser observador a ser protagonista vuelve a insistir en la actitud positiva de las personas que, como él, se recrean en estas horas. España es distinta, sabe disfrutar de la vida incluso de noche y Ramón está orgulloso de ello: «De lo que más se asombra el extranjero es de esa animación en el gran salón de la calle, de esa perenne toma de posesión de la vida, de ese asesinar la noche en el campo de batalla de una plaza.»[12]

            Para Ramón poder acudir a ella a cualquier hora o saber que puede hacerlo es suficiente para quedarse tranquilo. La Puerta del Sol sirve a Ramón en estas horas para resumir el carácter de Madrid y del pueblo español. Es su oasis y su orgullo de madrileño: «Se necesita un pueblo como el español, que cifre su fortuna sólo en el estar despierto sobre el espectáculo de la vida con la modestia suficiente para otras ambiciones, para que se dé este caso de iluminación vital, de rostros radiantes, de contento sencillo, condensado en la vía pública».[13]

            Ramón no es un simple cronista, todas sus descripciones van acompañadas de sus interpretaciones, de sus reflexiones y sus metáforas que superan la propia descripción.

También detalla en «Las fiestas de la Puerta del Sol», las celebraciones más importantes como el día del Corpus, Nochebuena y Reyes. Como observamos la mayoría de estas fiestas son de carácter religioso, ya que las profanas tienen lugar en praderas, barrios o calles más alejadas del centro.

            Para Ramón el gran día de fiesta de la Puerta del Sol es el día del Corpus que, aunque no sea el mejor sitio para colgaduras, se engalana para el paso de la custodia, custodia que considera como el alma de Madrid. Rememora cómo antaño era el mejor día para los vendedores de agua que no cesaban de entrar y sacar de la vasera los vasos llenos en los que, a veces, añadían aguardiente porque a los compradores les gustaba el olor anisado y porque, según Ramón, el agua toma un bonito color refrescante y cerebral.

            Las segundas celebraciones importantes son el día de Nochebuena y Reyes. Para Ramón es incomprensible el comportamiento de la gente el día de Nochebuena: «Poco a poco se van desparramando por todas las calles, sonando sus almireces, sus panderos, sus latas de petróleo, sus zambombas hechas con grandes tambores, como protestando de las fiestas íntimas que se celebran dentro de los hogares confortables […].[14]

            Ramón considera el día de Reyes como el más esperado y deseado por los niños, alude a los escritores que, como él, experimentan la alegría de los niños y los comprenden porque esa noche la inspiración entra por sus ventanas. El único inconveniente es la iluminación cegadora de la ciudad moderna que les dificulta su trabajo y preferiría «luces veladas y azulencas» que magnificarían el ambiente de esa noche.

            Otro día importante en la Puerta del Sol es la Nochevieja. Ramón describe el ambiente festivo de este último día del año cuando llega a la plaza la gran avalancha de gente procedente de todas sus calles adyacentes, destaca los que bajan apresurados la cuesta de la calle de la Montera, para llegar antes de que suene la primera campanada del reloj del ministerio de Gobernación: «El gran minutero camina sigilosamente hacia las doce, pasando de puntito a puntito en los parpadeos, cuando nadie lo ve. Por fin llega. Todos tienen la uva en la boca, como si fuese la cápsula de la purga. […] Y suenan las doce campanadas, y a ciegas, como se toman las cápsulas de aceite de ricino para no saborearlas ni desanimarse, con esa precipitación se toman las doce uvas […] la medicina para que el año sea de buena suerte[15]

            Un objeto emblemático que ha sobrevivido a los cambios urbanísticos acaecidos en su entorno, es la piedra que indica el kilómetro cero, «huella del talón del hidalgo madrileño» como elegantemente dice Ramón,  ubicada en la acera del ministerio de la Gobernación y que simboliza el centro del ser vivo que es España: «Esa piedra grabada con su aspa en incisión imborrable, y que han respetado los primeros adoquinados y después los asfaltados de la Puerta del Sol, volviéndola a incrustar en su sitio […] es la referencia madre de las carreteras de España […] Algo así como la piedra filosofal: la piedra kilometral. […] Una piedra preciosa de esa categoría no la hay sino en Madrid, y eso sí que da valor de capitalidad a la corte.»[16]

            «El Lago Mayor de Madrid» ubicado en el Parque del Retiro es otro de sus lugares muy queridos como única gran extensión de agua que tiene la capital: «El estanque del Retiro es el gran vaso de agua en que se acucia su cielo y su ambiente consuela más que parece, y si faltase, quedaría una desdichada sed de él en el aire de nuestros días.»[17]

            Ramón critica la conducta de dos tipos de personas, las que se encuentran junto a la balaustrada sólo para observar a los que pasean tranquilamente, llegando incluso a intimidarlos y a hacerles acelerar el paso, en vez de disfrutar del paisaje y a «los orilleros»,  una especie de obreros rudos y ociosos, que se reúnen alrededor del estanque sentados sobre el balaustre de hierro, de espaldas al agua y con los pies sobre los bancos de piedra. El estanque no significa nada para ellos, es simplemente un lugar más donde cotillear ya que no tienen otra cosa que hacer. 

            Las orilleras son también personajes peculiares y distingue entre las asiduas jóvenes cuya misión es pasear a los niños de quienes las acogen y las eventuales viudas mayores: «que al atardecer sacan un bollito de un papel y lo van migando como si rezasen cada pedacito que se comen, pequeños pedacitos, uno más grande en las avemarías.»[18]

            «La plaza de Oriente»[19] fue lugar de correrías de Ramón niño y lugar de reflexiones y recuerdos de Ramón adulto. En 1923 Ramón escribió el artículo «Los inválidos de la Plaza de Oriente» en el que comentaba: «Ese jardín madrileño de tan antiguo prestigio que es la plaza de Oriente, tiene tres encantos: primero, el encanto de un libro de historia con las láminas de sus reyes y sus letanías de monarcas: Chindasvinto, Recesvinto, Clodoveo, etcétera; segundo, el encanto de su jardín, y tercero, el encanto de sus inválidos.»[20]

            Ramón convierte esta majestuosa plaza en un espacio alegre de juego para los niños que, como él, la frecuentaban. Recuerda que les encantaba subirse a los pedestales de los reyes, apoyándose en sus salientes y en las coronas de laurel de bronce para colocarse bajo su manto e identificarse con la potestad que éstos representan. Jugaban a «justicias  y ladrones», a  «los   voluntarios   de  la  Cruz  Roja»,  la   rodeaban  jugando con sus aros y, formando varios corros, entonaban cantares populares.

            Ramón sigue acudiendo, esta vez sólo, a su regia plaza. Disfruta al contemplar el amanecer,[21] la rodea, se sienta en uno de los bancos y surge su círculo mágico de los recuerdos: «Yo, que jugué de niño en aquel jardín, ahora juego allí de noche, la otra hora del juego para los que van madurando ya, y acabo muchas noches dando unas vueltas en el carrousel de los reyes.»[22]

            En «El jardín Botánico»,Ramón pasea, aprende, observa los cambios de estación y a las personas que lo frecuentan. El portero está sentado en una mecedora al lado de la verja y su único compañero es un pobre miserable siempre dormido en el suelo, Describe el regio pabellón de Cátedras de Botánica, construido para la enseñanza y estudio de Botánica y que, por falta de alumnos, estuvo cerrado hasta convertirse en un invernadero para la conservación de las plantas más delicadas y unas pocas macetas que recuerdan nuestras antiguas colonias de Cuba, de Filipinas o de América. Su biblioteca todavía perdura con todos sus libros en los sótanos del edificio, custodiados por su desconfiado bibliotecario.

            En el Botánico es donde más se acusa el cambio de las estaciones y Ramón empieza por la primavera cuando el sol parece entrar «por rosetones con cristales de color»,[23]  se escucha el canto de  los  pájaros de todo tipo que se asientan en los altos árboles y llega gente del pueblo a recoger hierbas que necesitan. En el verano, el botánico se llena de esplendor y los paseos alivian el calor. Ramón resalta el canto de las chicharras que ahogan el estrepitoso ruido de los coches y tranvías. El otoño es, para Ramón,  una estación triste, las avenidas se encuentran plagadas por las hojas caídas y son  recogidas  por  los barrenderos cansados. Esas hojas contienen un mensaje de separación que el viento se llevará: «A veces suelo inclinarme sobre el suelo y recoger las hojas mayores y más características, porque algo hay escrito en ellas, como en los retazos de una carta de despedida rasgada con precipitación.»[24]

            En invierno el Botánico está aletargado, salvándose las plantas que tienen el privilegio de estar a cubierto. Ramón observa que es visitado sobre todo por gente mayor que acude a él como podrían acudir a cualquier otro lugar donde hubiese bancos y sombra: una anciana con medias blancas lee un periódico sentada «bajo el árbol de la vejez, el buen árbol que la defiende.»;[25] la típica viuda española vestida de luto se arropa bajo un manto sucio y pasea acompañada por sus cinco hijos vestidos de negro; un viejo lee con disimulo a dos viejas mientras cosen[26] y curanderas[27]  buscan hierbas que ya sólo existen en el Botánico.

            Ramón ha recorrido El Jardín Botánico minuciosamente y conoce hasta sus más recónditos vericuetos y cuando sale, aflora su nostalgia al tener que entrar en «los cajones tristes de los tranvías» y «encararse de nuevo con las construcciones rectilíneas»[28] de la ciudad.

            En La Plaza Mayor observa por la mañana un ambiente provinciano. Los carabancheleros que van a Madrid se reúnen allí hasta que regresan en el mismo día a sus pueblos;  en los soportales aparece el «romanero»[29]  esperando al marchamo de lo que después se distribuye y aparecen ciegos que  canturrean canciones simples. Pasa  el día y  llegamos  a  su  hora  preferida  que  Ramón  describe  como un poema: «En la noche, en la más alta hora de la noche, la plaza Mayor está bellísima. Hasta cuando está nublado, el cielo […] aquí se mejora, y si por un hueco de las nubes asoma una estrella, es sobre la plaza Mayor donde asoma. La luna en la plaza Mayor es como una iluminación de verbena[30]

            Los últimos personajes que aparecen son los respetados serenos que, en esta plaza, tienen mayor responsabilidad porque es el barrio de los plateros: «son serenos de tres pistolas, cuyo chuzo se dispara en caso de gran peligro.»[31] La plaza Mayor, sin el ruido de los tranvías, recupera el silencio y es cuando adquiere para Ramón su mayor esplendor.

            La plaza de la Cebada es el mercado por excelencia para Ramón con sus grandes cristales[32] por donde entra la luz y la sombra, sobre todo en verano y donde encuentra un remanso de frescura que huele a melocotones y a fresas. Describe la actividad que hay en ella a lo largo del día, comenzando muy temprano cuando empiezan a llegar los tempraneros con las tempranicas y sorben su taza de té caliente con aguardiente, que les prepara para el regateo y el transporte de las seras llenas. Después la plaza se va desperezando y en la hora cumbre los pequeños y astutos ladrones llenan su cesto con las frutas caídas durante el trasiego de los serones, también los burros y las mulas de los carros bajan la cabeza para alimentarse con las grandes y jugosas hojas caídas. Cuando acaba la jornada: «Después de esas horas de chalaneo, en que los delantales se van llenos de frutos y las cestas son como pequeñas barcas que se alejan repletas, los carros se van.»[33]

            En lossiguientes capítulos, Ramón nos revela los rasgos más costumbristas de Madrid, muchos de los cuales han desaparecido o han evolucionado con el paso del tiempo. En «Pregones de ayer y de hoy», Ramón describe las características de los distintos pregoneros de antaño y el ambiente que suscitaban en Madrid al pregonar sus mercancías. Podríamos considerar «el pregón» como un especial arte porque de su entonación dependía la mejor venta. Tenía tres tiempos: «encomenzar el pregón, hasta encalabrinarlo, para que después descendiese en entonada transición hacia el silencio.»[34] La primera nota aguda era el reclamo y llegaba hasta el fondo de los patios y corrales de las casas y la última nota lastimera hacía salir a los compradores paras ver lo que vendía.

            Ramón los considera una especial forma de comunicación entre la gente de la ciudad y la gente que viene de su pueblo con deseo de agradar y de que valoren y compren sus productos de todo tipo como muselina y cortes de chaleco; pellejas para las camas; medias y calcetas; cochinillos vivos; uva palomina, sebo, repollo y calabazas; garrafales de Toro y de Arenas; espinacas, cuajera, sandía, sardinas, moras y «quaxacraa» que era agua como con miel y azucarillos.

            Entre los pregoneros desaparecidos Ramón evoca a los aguadores y a la vendedora de rosas que son los que más perdurarán y quedarán como los pregoneros más característicos.

            El progreso ha sustituido a los pregoneros por vendedores ambulantes que siguen voceando su mercancía, pero ahora miran a los balcones en donde no ven a nadie aunque presuponen su presencia. Los pisos más altos son sus preferidos porque sus caprichosas dueñas son las que más envían a las muchachas a ver lo que llevan y ellos, que saben cuánto tardan en bajar la escalera, no se impacientan, las esperan y se resarcen de su paciencia subiendo el precio de la mercancía. Este cambio ha agudizado la picaresca de estos «pregoneros» que venden melones, arrope de la Mancha o miel de la Alcarria.

            A Ramón le resulta entrañable la perduración del «afilador»[35] y siente por él una especial inclinación. Lo observa con su evocadora flauta y el cuidado con que empuja su «rueda» porque no puede permitirse el lujo de que se rompa con lo que cuesta en Madrid. Es incansable y viste de pana en el caluroso estío madrileño. Ramón lamenta la desaparición inminente de estos pregoneros provocada por las atronadoras estridencias mecánicas de los coches que han acallado el sonido de sus voces llenas de alma, y termina este capítulo con resignada melancolía: «Asomémonos al oír los últimos pregones, pues si no, se irán para no volver […] Fomentemos la voz de la calle, el jipío pintoresco, el trémolo humano del arroyo, la única voz de la España callada, resignada, metida en sus cobijos.[36]

            Ramón hace un retrato de unos tipos peculiares «Los ciegos de Madrid»[37] provenientes sobre todo de Galicia que, cuando llegan a la ciudad, parecen orgullosos de su ceguera y se aprovechan de ella sentados en sus esquinas para conseguir más limosnas. Carecen de humildad, son tercos, rudos y audaces.Hanformado la rígida Hermandad de los Ciegos y consiguen tener la exclusiva de vender los papeles públicos: las Gacetas, los Diarios de Avisos o los Almanaques; pueden tocar los instrumentos de cuerda por las calles y cantar villancicos y jácaras. Ramón insiste en el inconveniente ruido provocado por la circulación en la calle que también ha arrinconado y silenciado a estos ciegos. Ahora sí que dependen de la caridad de los transeúntes y se sientan cohibidos y resignados en los quicios de las puertas sin apelar a sus campanillas ni a sus salmodias.

            En 1935, Ramón publica «Del Madrid viejo al Madrid nuevo» en el que nos relata su recorrido desde el Rastro pasando por las calles antiguas y asomándose al portal de los mesones para comprobar el lado pueblerino y castellano de Madrid hasta llegar, por la calle de Toledo, al Madrid nuevo. Observa cómo van desapareciendo casas que se encontraban a ras del suelo para ensanchar las aceras y la renovación de las tiendas y cafés; sin embargo, su impresión es que ambos se corresponden: «En el fondo, Madrid es como una chocolatera que remueve con el molinillo las dos almas de Madrid, la nueva y la vieja, refundiéndolas en una misma alma vivaz, despierta, enterada del pasado y del presente al mismo tiempo. Porque, esencialmente, Madrid es sencillez y asomarse al espectáculo de lo complicado, tener el facsímil del mundo y vivir su vida de gabinete íntimo. ¡Vivan juntos los dos Madriles y compréndaseles reunidos![38]

Y ese deseo lo mantuvo hasta el final de su vida.


[1] Gaspar Gómez de la Serna, «Ramón y Madrid.  Silueta de Ramón, sobre el fondo nuevo de Madrid» en El paisaje de Madrid por el Conde de Mayalde, Madrid, Instituto de Estudios Madrileños, 1953, pp., 17-22.

[2] Ibídem, p., 25.

[3] Ibídem, p., 34.

[4] Ibídem, pp., 33-34.

[5] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, Madrid, Comisión Cultura Ayto. Madrid, 1957, «Prólogo de la primera edición», p., XXI.

[6] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., capítulo I, «La Puerta del Sol», pp., 23-26.

[7] Ibídem, p., 80.

[8] Ibídem, p., 81.Ramón se incluye en su hora preferida.

[9] Ibídem.

[10] Ibídem, p., 88.              

[11] Ibídem, p., 83.

[12]Ibídem, p., 84. Ramón nos confiesa: «Necesito estar en esa encantadora ciudad que tiene como punto de salvación de la noche agobiadora y larga, verdadero abismo de los días, una altura de luces, un estadio de fiesta permanente, sin que haya feria ni algazara, fiesta sería que conmina el ahogo de la nocturnidad. Necesito saber que puedo salir en la alta noche y agarrarme a las farolas de la Puerta del Sol en el miedo a morir que adensa la noche.»

[13] Ibídem, pp., 85-87.

[14] Ibídem, p., 100.

[15] Ibídem, p., 99.

[16] Ibídem, pp., 104-105.

[17] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., capítulo XIV «El Lago Mayor de Madrid», p., 188.

[18] Ibídem, p., 190.

[19] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., capítulo XXXIX, «La plaza de Oriente», pp., 425-439.

[20] Ramón Gómez de la Serna, Buen Humor, Madrid, Año II, Núm. 66, «Los inválidos de la Plaza de Oriente», 4 de marzo de 1923, p., 9.

[21] Transcribo su poética descripción sobre esta hora: «En la plaza de Oriente es donde amanece antes y con más belleza, dándose el fenómeno brillante de que en las lunas perpetuas y enteras de los balcones de Palacio parece que se refleja el ocaso al amanecer, pues todos se llenan de un oriente maravilloso y encendido.», Ibídem, p., 432.

[22] Ibídem, p., 436.

[23] Ibídem, p., 303.

[24] Ibídem, pp., 310-311.

[25] Ibídem, p., 301.

[26] Ibídem, p., 307.

[27] Ibídem, p., 304.

[28] Ibídem, p., 312.

[29] Empleado encargado de vigilar el paso de la carne en el matadero.

[30] Ibídem, p., 312.

[31] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., capítulo III, «La curtida Plaza Mayor», p., 120.

[32] Ramón los describe con una greguería: «Sus cristales le dan aspecto de gran peine, y como tiene algunos rotos eso le da aspecto de peine roto con muchas púas desaparecidas.», Ibídem, p., 144.

[33] Ramón es capaz de convertir en poesía el final del día de un simple mercado: «Entonces vuelve un momento de paz nocturna a la plaza de abastos, y el agua parece correr por todas las naves, y las riquezas acumuladas duermen en sus mazmorras, bajo las bombillas mortecinas que semejan pequeñas arañas que cuelgan de su propio hilo.», Ibídem, p., 148.

[34] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., capítulo XVI, «Pregones de ayer y de hoy», p., 238.

[35] Los afiladores son orensanos y tienen un pequeño terruño, pero para poder sobrevivir se desplazan en octubre o noviembre hasta Madrid recorriendo todos los pueblos hasta llegar para ir reuniendo dinero. Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., Capítulo XVI, «Pregones de ayer y de hoy», pp., 249-251.

[36] Ibídem, p., 260.

[37] Ramón Gómez de la Serna, Elucidario de Madrid, ob. cit., Capítulo XII, «Los ciegos de Madrid», pp., 173-179.

[38] Ramón Gómez de la Serna, Madrid Turístico y Monumental, Madrid, Año I, Núm. I, «Del Madrid viejo al Madrid nuevo», febrero 1935, pp., 2-3.

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