Julio Llamazares: El viaje de don Quijote

Alfaguara, Madrid 2016            

Dice Canavaggio, el reputado cevantista en su prólogo breve y preciso: “En una acertada variación de tonos y registros en la que alternan simpatía, emoción, lucidez y humorismo(estas crónicas de Llamazares) nos descubren una ‘geopoética’ del Quijote que suscita y renueva constantemente el interés y el placer del lector” Y a fé que así es, pues, a no muy avanzado el libro, leemos: “A la cueva de Montesinos llego al anochecer (…) Aún así, alcanzo a ver claramente la boca ‘espaciosa y ancha, pero llena de cambroneras y cabrahígos, de zarzas y malezas, tan espesas y intricadas, que de todo en todo la ciegan y encubren’, que don Quijote y Sancho Panza avistaron tras varias horas de camino y a la que el hidalgo no dudó en bajar atado con una soga a pesar de las advertencias de su escudero” Ahora bien, como nuestro reportero no es, ni acaso pretenda, hidalgo caballero de pro, actúa según se entender, que es el siguiente, animado por las circunstancias que concurren: “Yo ni siquiera tengo esa duda. La cueva está cerrada con una reja que impide acceder a ella, lo que, dadas las horas y mi claustrofobia, agradezco, aunque no tenga a quién hacerlo”                 Lo transcrito nos da, en alguna medida, la dialogante forma de viajar (¿en pos de las ‘interioridades significativas’ de nuestro señor don Quijote y su escudero?) del narrador, que, en estas alusiones a ese gran libro de viajes (tanto físicos como morales que es el propio ‘Quijote’) él retoma, en parte como viaje actualizado. El texto que ahora se nos presenta ha nacido de una serie de crónicas elaboradas siguiendo la senda del hidalgo por las anchas tierras de La Mancha (y algo más) y que fueron apareciendo regularmente en la prensa escrita. Y he aquí que el cronista se implica siempre, a su modo, en el texto a que alude, convirtiendo la lectura en una simpática y emotiva invitación a leer, a viajar, a ‘reconsiderar lo anterior, tal vez lo perdido’Él mismo, en su día -no muy lejano-, perdió los límites geográficos de su espacio de niño cuando las aguas de una presa, mal conduciendo emocionalmente las aguas del río, inundaron el espacio urbano de sus juegos. Ello le habría de aproximar, acaso, con el tiempo, en su calidad de autor, a la condición de un viajero nostálgico (para el verso, para la narración) y en ello resulta oportuno ahora como cronista de ese otro libro al que se refiere. Todo sea en pro de la aventura como bien inexcusable, siempre necesario, que es el leer, y el caminar. Un caminar tal vez (tal vez), sencillamente (inevitablemente) hacia uno mismo                                                     

Ricardo Martínez


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