PÉTALOS SIN FLOR Poemario de Patricia Barboni Anavitarte

(libro publicado en Uruguay, 2014)

Comentarios: Laura Santestevan

Dicen que el título de una obra es un inductor. Pétalos sin flor, en un principio, parece no decirnos casi nada. Sin embargo a través del libro de Patricia se va construyendo una amplia, enorme metáfora de lo que el libro es. No vemos la flor, pero sí sus pétalos, creación de la propia flor. En tanto alegoría, no hay descripción del amor, ni de las flores, ni de su supuesta belleza, su estética visual. Tan solo tenemos sus pétalos. Creación de las flores, hijos tardíos y seductores que se desgajaron de sus madres. Pétalos, es todo lo que tenemos. Pienso que los pétalos sin sus madres las flores, pétalos libres, solos, que se independizaron de sus progenitores y brillan en su soledad, desperdigados, espléndidos y efímeros (porque quizá su vida sea corta), son el objeto trascendente y metafórico donde Patricia coloca el lugar del amor. Y con el amor, el dolor, la sutileza, la incertidumbre y a la vez la certeza que se nos escapa por entre los dedos mientras saboreamos su trascendentalidad. En mi primera lectura del libro, muy libre, sin ideas, conceptos ni expectativas preconcebidas, de pronto comencé a marcar, muy impensadamente, algunos poemas que, por uno u otro motivo, me llegaban especialmente. Ellos son: el XLI, XLIII, XLVI, XLVII, LII, LIII, LVI, LX, LXIX y XCVIII. XLI Es, quizá, el poema más largo. Y ello es necesario, porque tiene diferentes tiempos. Al empezarlo, creo que me tocó internamente alguna fibra de Antonio Machado: Hubo una vez un poeta que de poesía su vida, estaba hecha días de verso, noches de prosa El hubo del principio le hace resonar a uno, también aquella cuerda infantil perenne en la vida de todos los que escuchamos cuentos cuando éramos niños: había una vez… Pero también hay renglones en blanco. Pueden aparecer como elementos negativos, puntos vacíos. No lo son. Es la vivencia existencial de la poesía y del amor, también impregnada (por momentos) de esa vaciedad de la letra y el alma. El perfume de rosa, toca alguna cuerda rubendariana (con conciencia o sin ella), y va colocando los tiempos y el espíritu del poema en su justo lugar. La rima parece bécqueriana, y sin embargo no lo es, ni Patricia es ninguna romántica. Pero la emparenta sutilmente con una línea literaria antigua y muy fuerte. El sol y la luna, la tarde y el viento: opuestos, vitales los primeros, complementarios y a la vez funcionando en unidad los segundos. A su vez, aparecen los tres tiempos del día: el sol, que invoca la mañana; la luna, que aparece representando la noche en una singular figura literaria entrelazada; y la tarde, que más que tarde, es viento. Tarde y viento se enlazan, y se identifican a la vez, e ese desorden del tiempo del día que connota totalidad. Luego, de pronto, un nuevo tiempo se instala: el tiempo de la duda, inoportuna y desapacible, capaz de cambiar la vida del poeta. Las estrofas se entreveran y enmudece el poeta. El poeta no puede amar sin palabras sonoras y bellas. Se corrobora la imagen de las primeras líneas. La duda se instala, el poeta calla. Entonces, la nada existencial. Ni palabras, ni rimas, y si las hay, torpemente entreveradas. Y así, entre letras desconcertadas, palabras de amor que no transmitían el mensaje amoroso que quizá en el fondo profundo albergaran, el poeta, lleno de torpeza, al no poder escribir, no pudo amar.¿O viceversa…? Torpeza literaria y torpeza amatoria se funden en un solo plano al final del poema. Ese parece ser, a mi entender, uno de los mensajes centrales de este poema de Patricia. XLIII La fe me es tan esquiva tal vez porque me resulta ilógica de lo restante, no obstante Soy devota Esta poesía corta de Patricia me llegó hondamente desde el principio y a la primera lectura. La fe es esquiva, y le resulta ilógica. Sin embargo de lo restante, es devota. Hay un juego muy sutil con términos religiosos a los que la autora hace hablar en lenguaje literario, y filosófico-metafísico. De la fe hablan los creyentes. Aquí en cambio, la fe no habla de ninguna religión sino casi de su contrario: es una fe esquiva e ilógica. En este contexto, el broche de oro final resulta genial. La poeta no tiene fe, pero es devota. También la devoción tiene profundas connotaciones religiosas que la autora utiliza genialmente en un juego doble. Es devota, no de la fe, sino de lo restante.¿Qué es lo restante? ¿El todo, el amor, la palabra quizá? Parece emerger, sugerir, una nueva forma potencial de fe. Para mayor riqueza de esta manera nueva de devoción (y fe) solo sabemos que se materializa en lo restante. XLVI Poetas y poetisas Osados buscan En las letras, armonía Sin saber que la poesía Incansable, es quien persigue A poetas y poetisas Primer elemento que llama la atención: comienza y termina con las mismas palabras: poetas y poetisas. Por un lado se abre y se cierra con la figura del sujeto-poeta, algo altamente significativo. Por otro, no escatima palabras para nombrar al poeta varón y a la poeta mujer, en ambos momentos (al principio y al final). Puede entenderse con un sentido de género. Sin embargo, la naturalidad con que introduce ambos términos nos hace dudar. También puede ser, simplemente, una sutileza descriptiva, un detalle fino que Patricia se toma el trabajo y el placer de expresar. Ambos, poetas y poetisas, buscan osadamente, armonía en las letras. Esta osadía hay que destacarla. Es la vieja, y siempre nueva, lucha del artista con el lenguaje. Sin embargo, siempre fiel a sí misma, Patricia le da fin al poema con un estilizado revés. No son ellos, los poetas osados, quienes luchan por la palabra. Es la poesía incansable quien los persigue a ellos. Es como una transmutación de funciones. La poesía, activa, actuante, personificada como sujeto, persigue a los poetas para hacerse carne. Los poetas (y poetisas), casi, no son. Bella imagen de intensa fantasmagoría. Triunfo de la poesía por encima de los poetas y poetisas. Como broche de oro final la autora coloca explícitamente la idea de que ni los propios poetas saben esto. Es posible también, leer este recurso con una connotación de género, al incluir a las poetisas, llamándolas por lo que son, a igual altura que los poetas. XLVII De nada valen las promesas que te hagas, a ti mismo tu corazón no te hará caso y se hará el desentendido para hacer su voluntad echará la culpa al destino y faltando a la verdad te dirá que lo ha intentado corazón enamorado aferrado a lo prohibido. Este poema me llegó inmediatamente al sentir que tocaba un tema muy mío, especie de lucha entre la conciencia (las promesas) y la primacía del corazón, que se hace como por cuenta propia (¡un ser independiente, con voluntad!), el desentendido. El corazón aparece personificado y por encima de todas las cosas, por derecho propio, dueño de sí mismo. El corazón, en un plano superior, realiza su voluntad. Luego, es capaz también de mentir, de echar culpas, de hacerse el inocente (te dirá que lo ha intentado…). El corazón, enamorado, puede hacer lo que quiera, incluso aferrarse a lo prohibido. El mensaje final de este poema es rotundo: la primacía del corazón enamorado por encima de promesas, palabras, otras voluntades que le son ajenas, incluso prohibiciones, sean cuales fueren éstas. LII Corazones remendados anónimos avanzan con su dolor a cuestas ¿Cuántas penas andan sueltas sin que nadie se percate? Almas solitarias que viven, día a día en dolorosa agonía hasta que alguien las rescate. Comienza el poema con una imagen que parece un ejército de corazones que, aunque remendados, avanzan con su dolor a cuestas. Me retrotrajo a películas épicas, de guerra, que trascienden lo individual. Pero Patricia no es (ni quiso serlo) Homero ni César, ni narrador de guerra alguna. Su ejército es mucho más sencillo y particular. Son las penas y dolores de amor, que andan por ahí y ni siquiera puede saberse cuántos son, avanzando con el peso de sus soledades. De nuevo (es un recurso literario muy común en ella) maneja una contradicción, una construcción dialéctica. Las almas, los corazones, caminan (avanzan) como apoyándose unos en otros, viviendo cada día una dolorosa agonía, estando solos pero representados en imágenes sutilmente multitudinarias: parecen muchos. Esa es la realidad: solos y muchos, la individualidad y la multitud, ambas cosas (aparentemente dicotómicas), viviendo y avanzando a la vez. Y pese a ello, lo que aparece al final es, se puede decir, un mensaje de confianza o de esperanza: la idea de que alguien los va a rescatar. De esa guerra, de ese estar remendado y ser anónimo y dolorido. LIII A veces mi impiadoso corazón se ensaña y sacude como el polvo esos recuerdos que flotan se adhieren y luego caen enturbiando el pensamiento causando estragos dejando el alma empolvada y a oscuras. El yo que narra es una persona, pero todo lo que expresa se atribuye a mi corazón, como si fuera el gran sujeto del poema. Es impiadoso, se ensaña y se sacude, actos que solo puede realizar una persona, por este motivo Patricia está utilizando el recurso literario de la personificación: el corazón actúa y hace como si se tratara de una persona. Este corazón no parece ser, además, un corazón cualquiera, tiene mucha vida, le falta piedad, se sacude y ensaña, o sea, está vivo, late con fuerza y energía. Sacude recuerdos que flotan y se adhieren para luego caer (nos dice la poeta) enturbiando el pensamiento. Hasta ahora, se trataba del corazón, a partir de aquí aparece el pensamiento como su opuesto. Se percibe una referencia bastante explícita a la vieja oposición entre el amor o el sentimiento (el corazón) y la razón (el pensamiento).Éste es enturbiado al punto de causar estragos, ya no, ya ni siquiera en el propio corazón (que existe realmente como órgano vital y es también metáfora del amor), sino en una entidad aun mayor, el alma, que queda finalmente empolvada y a oscuras. LVI Esa sombra que me atrapa que me invade y me retrata Esa sombra que no es mía y sin embargo me pertenece que me deja un sabor amargo pero que dulce permanece. Si bien la poeta escribe en primera persona (me atrapa, me invade, me retrata), el personaje central del poema parece ser la sombra, no cualquiera, sino esa sombra. Ella es quien produce todos esos efectos sensibles en el yo poético. Luego sabemos (nos lo dice) que la sombra (esa sombra), no es suya y a su vez le pertenece. De nuevo una contradicción, una antítesis, una paradoja, conformando un genial recurso literario. Parece ambiguo y no lo es. Es la forma poética que Patricia encontró para expresar la honda sutileza de su sentir. En los últimos versos, de nuevo la paradoja, la antítesis, lo contrapuesto. La sombra le deja un sabor amargo, pero dulce, permanece. Parecería una referencia clara, con conciencia o sin ella, al siglo de oro de las letras españolas. Aquel poema de Quevedo Definiendo al amor, habla de éste como hielo abrazador, como fuego helado. Casi sin quererlo, con la más absoluta frescura y sencillez, este poema entronca a su autora con una de las más grandes tradiciones de la literatura universal. LX Nunca sabrás lo que imagino durante mis noches en vela camisones de seda que se confunden con la piel cuerpos que lloran por cada uno de sus poros rítmicamente afloran en danza prohibida que sus deseos imploran. Comienza el poema dirigiéndose a un tú. Un tú, un otro, que jamás sabrá lo que el yo poético imagina. Pero es un tú con mucha fuerza: el propio tono imperativo que contiene este modo de dirigirse directamente a otro le concede la cualidad de una gran fuerza expresiva. Contiene la fuerza de un diálogo, de algo hablado además de pensado o sentido (o escrito). Es la forma elemental que estaría en la base del género dramático. Noches en vela y camisones de seda es una imagen bella pero también sonora. Es una rima, pero posee a su vez la fuerza de la aliteración; es como un canto. Desde el punto de vista de los elementos reales, los camisones de seda conforman una segunda piel. El cuerpo y las cosas son parte de la misma realidad poética. Luego esas noches y camisones se confunden con la piel. En cierto modo los compara, en cierto modo los identifica, y en cierto modo los separa, porque no son lo mismo. El empleo del verbo conjugado confunden (se confunden) señala el punto exacto que la autora quiso expresar, sin que su mención directa merme en nada la ambigüedad y la belleza. Los cuerpos lloran por cada uno de sus poros. Ahora no es un yo que se dirige a un tú. Ahora es una poeta omnisciente capaz de hablar de los cuerpos en plural y decir de ellos que lloran por cada uno de sus poros.¿Por qué lloran? No lo sabemos, pero es la idea del dolor de amor la que está presente. El amor aflora, rítmicamente aunque en danza prohibida.¿Por qué es un amor prohibido? No lo sabemos, ahora ni después. Para nosotros lectores, también aflora el misterio de este amor que llora y aflora, que danza sin permiso (pues es -o está- prohibido). El deseo, implorando, y personificado en el último verso, parece ser el motor de toda esta trama sutil de luchas de amor que nunca nos son desveladas. Este no-develar, es una de sus mayores riquezas. LXIX Todo se escabulle algún día de nuestras manos se nos concede, solamente pequeños instantes breves lapsos de ensoñación en el torrente de realidad Realidad que fluye y se escabulle Resbala y se desangra Como en casi todos estos poemas, hay aquí una percepción filosófica y metafísica de la realidad. Casi podría decirse, con visos matemáticos. Primero es el todo, que se escabulle de nuestras manos y solo se nos dá, pequeños instantes, breves lapsos de ensoñación. Yo destacaría dos cosas. En primer lugar estos lapsos, instancias, ensoñaciones (como escapadas del torrente de realidad) que brotan como pequeñeces privilegiadas dentro de aquel todo que se nos negó, pues se nos escapa (escabulle) de los sueños. Son pinceladas poéticas, sutiles, que por su misma brevedad y fragilidad, son el cuerpo del poema, su fuerza, su contenido, la realidad sensible que es seguro, existe. En segundo lugar, el poema vuelve a la primer realidad, a aquel Todo del principio que se escabullía. Pero ahora aparece más aprehensible, más cercano a nosotros. Ya no es Todo sino Realidad. El Todo es más metafísico e inaprensible, la Realidad es más tangible y aprehensible. Aun así, fiel al espíritu del poema, fluye y se escabulle, resbala y se desangra. Fluir no es resbalar, ni escabullirse es desangrarse. Fluir puede ser una acción cósmica, resbalar se relaciona más con un acto humano fallido. Resbalar, igual que escabullirse, son actos que requieren una conciencia y una voluntad, y por tanto serían atribuibles a seres humanos. Todo esto en un juego sutil y desigual, en el cual la autora nos trae y nos lleva para colocarnos en ese punto ambiguo y sumamente preciso a la vez, que es el corazón del poema. El todo del principio, los breves instantes que después se nos conceden, y al fin la realidad, conforman un conjunto descifrable. La única verdad concedida estaría entre dos totalidades abarcadoras, inmensas, la del principio y la del final, y en el medio, el lapso breve, la ensoñación que se escapó del torrente del Todo/Realidad. Sin embargo el cierre final no deja duda alguna. La Realidad de la que habla, no solo fluye, se escabulle y resbala (como personificándola) sino que se desangra. Creo que Patricia utilizó una imagen final muy fuerte, apropiada y no esperada. Un poema aparentemente resbaladizo y sutil, termina con el verbo desangrar. La sangre es real, si lo será. Es el corazón, es el flujo vital, es el color rojo, es el movimiento, es la vida y la muerte. La sangre surge como una imagen casi abrupta, que le otorga al poema un cierre inesperado, una opción por lo real, por el cuerpo que comportamos y nos da, a la vez, el dolor, el amor, la percepción filosófica, el lenguaje, la vida. Es lo que logra Patricia con una única palabra. XCVIII Hay un mundo inimaginable debajo de mi piel Rugen los truenos de una tormenta abejas zumbantes fabrican mi miel Tiene un tintero, el carpintero que cada rincón de mi alma pinta con cada golpe derrama la tinta Es siempre la misma es siempre distinta. El tema de la poesía, de la palabra, el lenguaje y la escritura, son una constante en toda la poesía de Patricia, y aquí lo aborda directamente y con intensidad. Ubica el mundo de la poesía nada menos que debajo de la piel, como una exquisita y temeraria cirugía cuyo efecto sorprende y embellece su palabra. A su vea el cielo ruge, las abejas zumban fabricando miel. Todo el mundo comparece en un evento universal y único, que es la construcción de una poesía, cualquier poesía, en este caso, la poesía de Patricia. Todo el universo ha sucumbido al mensaje de lo poético, y sin embargo, justo ahora en que todos los elementos están involucrados, vemos una imagen de inusitada belleza, sin tiempo ni espacio, que puede ser actual, o puede pertenecer a tiempos antiguos, muy antiguos, a cualquier etapa de la historia de la humanidad, lo que le otorga vastedad y universalidad no solo en el ámbito de lo espacial sino también a lo largo del tiempo. Pero lo más grande es que, al fin, no se trata de una figura conceptual, ambigua ni sutil. Se trata nada menos que de la más prosaica figura de un carpintero, que tienen con él, un tintero. El carpintero es un artesano por excelencia desde lo más profundo de la historia literaria y de la cultura. Patricia hace que tenga nada menos que un tintero, algún recipiente con tinta, es decir, algo con lo que lo único que podrá hacer será escribir, seguramente un poema. Y así es. Con la tinta pinta poemas. Ya ni siquiera los escribe, los pinta, parece un recurso sublime para embellecer aun más la palabra, porque también es, belleza pictórica. Pinta con tinta, escribe en cada rincón, nos imaginamos que de su casa o su choza, pero no. El pintor pinta palabras en cada rincón del alma de la poeta, y con cada golpe derrama su tinta. La palabra golpe, cuyo significado inmediato podría asociarla a elementos negativos, significa aquí todo lo contrario. El golpe impregna, sienta, da solidez y permanencia, a la palabra en este caso. La tinta se derrama, pero bien derramada. Se derrama porque es mucha, porque dice y pinta muchas, muchísimas cosas. Se derrama quiere decir, así lo siento, que la tinta es abundante porque se necesita mucha tinta para decir todo lo que hay que decir. Y finalmente, como no podía ser de otra manera, aparece una ambigüedad que deja planteada la autora, resumiendo el espíritu de toda su poesía, para dejarnos pensando y sintiendo, especulando, tratando de entenderla y entendiéndola de múltiples maneras, que es lo que busca todo su poemario, sutil por excelencia. Tinta derramada, que es siempre la misma y es siempre distinta. Abarca lo ambiguo y lo concreto, lo real y lo polisémico, lo grande y lo pequeño, lo cósmico y lo real, el cuerpo y el alma, el mundo y el cosmos, lo físico y lo metafísico, a través de múltiples diseños en que se presenta siempre, imprevistamente, el amor. También nos recuerda, filosóficamente, el famoso río de Heráclito, ya que el agua del río del filósofo, como la tinta de Patricia, es la misma siempre, y es siempre distinta. Esto nos lleva a poder decir, sin lugar a ninguna duda, que Patricia profesa una filosofía dialéctica, fluyente, no anquilosada. Seguro que el poemario no se agota en este libro, porque las puertas que abre no se podrán cerrar así nomás. Roguemos que no se cierren nunca. Seguro que la musa de Patricia continuará abriéndolas. No pretendemos las flores, tus pétalos son más ricos que ellas, nos dicen más, los recordaremos mejor, a través de tu escritura ellos no precisan más, para decírnoslo Todo. En resumen, se trata de una lírica aparentemente simple pero profunda en significados, formas del lenguaje y figuras literarias. Poesía sin aspavientos, pulsa las cuerdas de la poesía de todos los tiempos. Recuerda por momentos la sonoridad de Darío, contiene tintes que recuerdan la poesía metafísica y conceptista, y nos retrotrae a ella, ya que esa forma de escribir es un elemento constituyente del estilo particular de esta autora. Y por si fuera poco, su libro Pétalos sin flor contiene un soneto perfectamente creado en contenido y en forma, que emparenta la poesía de Patricia (y no solo por ese soneto) con la lírica del Siglo de Oro Español, entre ellas, la de Francisco de Quevedo. Todo es re-escritura, han dicho muchos filósofos e investigadores, y escritores, como Jorge Luis Borges. Si pensamos desde una perspectiva histórica, este libro de 2014 tiene mucho de hijo, nieto y bisnieto, de toda una tradición literaria en lengua castellana, heredera de otras, aunque adaptado a lo vivencial del ser humano en el siglo XXI, lo cual no es poca cosa.

 

 


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