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Literatura contemporánea y posmodernismo

Decía Cortázar, en alguna parte de ese laberinto que es Rayuela, que puede que haya otro tiempo al que el hombre tenga derecho a optar, otra forma de vivir, fuera de lo cronológico y de la linealidad del tiempo habitual, y que “ese tiempo es el percibido y habitado por pintores y escritores que rehúsan apoyarse en la circunstancia, ser ‘modernos’ en el sentido en que lo entienden los contemporáneos, lo que no significa que opten por ser anacrónicos; sencillamente están al margen del tiempo superficial de su época, y desde ese otro tiempo donde todo accede a la condición de figura, donde todo vale como signo y no como tema de descripción, intentan una obra que puede parecer ajena o antagónica a su tiempo y a su historia circundantes, y que sin embargo los incluye, los explica, y en último término los orienta hacia una trascendencia en cuyo término está esperando el hombre.” A la hora de hablar de literatura, y más que nada de literatura contemporánea o del posmodernismo, nos es forzoso admitir que el brillante pensamiento de Cortázar ha sido completamente olvidado o, en todo caso, interpretado de una curiosa e inesperada manera. Cuando hablo de posmodernidad –y sé que es una visión un tanto exagerada, pero yo no puedo dejar de verlo así-, me viene siempre a la cabeza la misma idea: que, en el fondo, el término posmodernidad es un eufemismo. Del término posmodernidad, en realidad, podrían decirse muchas cosas. Lo inoportuno de su nombre queda a la vista con solo echar un ojo a los últimos siglos de literatura. De seguir la lógica que han seguido los “posmodernos” o “posmodernistas”, (los primeros incluyen a los segundos), habría que decir que el realismo fue un post-romanticismo, que el romanticismo fue un post-neo-clasicismo y que el neoclasicismo fue un post-barroco, lo cual carece de solidez. Es obvio, incluso para quien no sabe nada de historia literaria, que el término posmodernismo está mal acuñado y que no es definitivo: algún día será conocido de una forma distinta y esa forma dependerá de obras que no se han escrito todavía. Pero decía que posmodernismo es en realidad un eufemismo. Efectivamente, nadie querría llamar a este período por su verdadero nombre, así que inventan un sutil artificio para designarlo algo más amablemente. Su nombre verdadero, el nombre que el término “posmodernismo” cubre, no es otro que el de decadencia. En este punto no puedo sino suscribir lo ya dicho por Jesús Ballesteros, que ya vio en sus estudios sobre el tema la realidad íntima de un movimiento (la palabra es excesiva) que se le ofrecía más como un período de decadencia de la modernidad que como su crítica y ruptura. A algunos les podría parecer esta afirmación, como ya he dicho, hiperbólica. A otros directamente escandalosa. Y es que hay tanta gente que día a día, con convencimiento y dedicación, trata de demostrar por todos los medios que este es un período de esplendor comparable al Siglo de Oro o a la Belle Époque, que ya prácticamente se ha convertido en una cuestión personal. No estoy de acuerdo con la idea de que ahora se produce una literatura superior o siquiera equiparable a la de épocas anteriores, aunque sí es cierto que todo esto es personal: el término decadencia tiene, como atributo que le es propio, una connotación valorativa. Pero lo cierto es que esa valoración, aunque sea personal, no puede variar mucho aunque varíen los lectores o los críticos. Quienes defienden que las últimas décadas están siendo tan buenas como siempre en cuanto a novela y poesía es probablemente debido a que sólo han leído libros de los últimos diez o quince años. La verdad es que desde que empezó el nuevo milenio se han escrito más poemas que en los últimos cien años, pero seguramente ninguno quedará por mucho tiempo: posmodernismo se llama a la época en la que más se escribe y en la que menos valor tiene lo escrito. Basta con tomar cualquier poema escrito recientemente para que mi tesis quede demostrada. Las bases teóricas del posmodernismo acogen plenamente esta idea de decadencia. El hecho de que el posmodernismo se revele contra el modernismo, gran movimiento artístico inmediatamente precedente, no es sino la envidia de un niño pequeño hacia sus padres, la rabia de Calibán al no ver su imagen en el espejo, como diría Wilde. Lo único que podemos decir es que en realidad el modernismo no es una empresa fallida, exagerada y grotesca, como muchas veces quiere el posmodernismo, sino que es un período de máximo esplendor y cumbre hasta ahora insuperada de todas las artes sin excepción. Al ver que esto se extingue, o al menos que no se continúa, los teóricos del posmodernismo, que son modernistas frustrados, inventan su movimiento propio, que pretende movilizarse en contra del ya caduco modernismo. Entre otras cosas, el posmodernismo afirma que los burgueses a los que se pretendía sorprender o escandalizar en la época modernista han interiorizado y asimilado ese arte, de forma que ya no es efectivo. Al modernismo ya lo han metido en los museos, ya ha ingresado en las academias. Ya hay un museo del futurismo y la Mona Lisa retocada a lápiz de Duchamp podría colgar junto con la original de Da Vinci en un museo y nadie osaría poner en duda que ambas obras son arte. Efectivamente, puede ser que este modelo haya quedado desfasado. Puede ser que, para nuestros contemporáneos, el tema de épater les bourgeoises, tan querido por los franceses desde finales del siglo XIX, se haya convertido en un tópico manido y gastado como lo fuera el locus amoenus o el beatus ille para los barrocos. De forma análoga, han surgido escritores y pensadores por doquier que critican o hablan airadamente de la bohemia, la cual ya no existe, doliéndose por lo ilusos que fueron sus predecesores, porque para hacer buena literatura, razonan, no es necesario ser un bohemio (o, más concretamente, un bohemio al uso, como dice también Cortázar). Todo esto me parece admisible, pero solo parcialmente, porque aún cabe hacer una crítica: los que dicen todo esto, los que defienden que los burgueses han interiorizado el arte modernista, que ya no hace falta ser bohemio, que se ha abierto una nueva época en la que lo masivo y lo popular tienen un papel predominante, ¿no son ellos mismos burgueses y convencionales, no son parte ellos de ese público masivo y popular del que hablan, no tienen ellos televisores y móviles de última generación en sus casas, no está hablando de ellos mismos cada vez que dicen algo? Sigue quedando gente (lo cual no demuestra nada) que defiende aún el épater les bourgeoises. Bohemios ha habido siempre, aunque quizá no tanto como en la etapa modernista. Hace pocos días Arrabal publicaba en la página oficial del Collége de ´Pataphysique que aún quedan muchos letrados y “letrudos” a los que escandalizar. Arrabal es un gran autor, y no me cabe duda de que la ´Patafísica es tal vez lo más brillante que ha habido nunca en literatura, pero la verdad es que este debate me parece estéril. Ya solo me parece lícita una cosa: dejarnos de posmodernismos y asumir esta decadencia, analizarla, verla como lo que verdaderamente es. De hecho, no es anormal que después de un período de total esplendor se siga una etapa de completo oscurantismo (oscuridad). La decadencia, en literatura, es algo que atraviesa los siglos. La decadencia en la literatura latina, que tal vez sea la más famosa de las decadencias, se dio entre la muerte de Augusto y la llegada del Cristianismo, a lo largo de varios siglos. Cabe destacar que, aunque fuera un período de decadencia, en aquel tiempo erigieron su obra autores como Lucano, lo cual prueba que se puede escribir en contra del tiempo, como decía antes Cortázar, y que la decadencia es de un lugar o de un grupo de personas, no de individuos concretos (sean poetas, pintores o músicos). Otra época de decadencia, esta vez mucho más corta y que precisamente tomó a la latina como modelo, es la de la segunda parte del siglo XIX en Europa y en Francia en particular. Es la decadencia que Flaubert decía ver a su alrededor, la que trató de solucionar mediante la “objetividad”. Es, también, la que más tarde Huysmans convertiría en objeto de culto y que los críticos ignorantes convertirían en palabra de su gusto: decadent-ismo. Y de ahí el simbolismo, y de ahí las vanguardias y el modernismo, lo que ahora se trata de combatir. Hay muchas más épocas de decadencia y de muy diversa índole. También son épocas de decadencia las que se muestran pobres de ideas o resultan encorsetadas y aburridas. Puede decirse eso de la literatura de la Edad Media, que produjo poca filosofía (habida cuenta de que duró diez siglos) y prácticamente nada de buena literatura (aunque con notables excepciones, todo sea dicho). Schlegel decía que decadente había sido la época de Lutero (Schlegel 1843 I, 131), resultado, según él, de la opresión del Estado o de la sociedad. También puede llamarse decadencia a la época en la que una literatura se ve afectada por un lenguaje gastado o en peligro de extinción. También hay –presumiblemente- decadencia en la historia de la literatura catalana (desde el siglo XVI hasta el XIX). El objeto de este estudio de las decadencias es, principalmente, el de analizar el estado de la literatura contemporánea desde la perspectiva del posmodernismo, es decir, de la decadencia, partiendo siempre de la base de que estamos inmersos en ella. De los datos referidos sobre las distintas decadencias históricas podemos sacar al menos tres conclusiones: una; que los períodos de decadencia siguen a períodos de gran esplendor, como lo fue el modernismo; dos; que la decadencia es un término generalizador y por la tanto inexacto, porque dentro de las decadencias surgen grandes escritores como se puede decir hoy día que hay grandes escritores (si bien todo depende del juicio crítico); y tres; que las decadencias siempre se han superado con éxito y a ellas ha seguido un nuevo período de esplendor. Las primeras dos conclusiones son actos de justicia: es cierto que el modernismo fue una etapa brillante, como es cierto que hoy en día siguen quedando (o hay) grandes escritores vivos y en activo. La tercera es perfectamente lógica y yo creo que convincente, pero no nos vamos a ocupar de ella precisamente porque nuestro campo de análisis es el presente y no lo que venga después de él. Hemos de tener en cuenta que para que una literatura en decadencia se renueve, tiene que haber una auténtica revolución en esa literatura. De haber seguido siempre por el mismo camino, la decadencia de la literatura latina habría permanecido inmutable, igual para siempre. Así con la francesa, la catalana y todas las literaturas en realidad. Los vanguardismos de principios del siglo XX, así como los movimientos que les precedieron, el simbolismo, el expresionismo, fueron una auténtica revolución literaria, una reformulación total de la expresión escrita, y así fue como se acabó con aquel período de realismo vulgar que tanto enervaba al exquisito duque Des Esseintes. Sin embargo, hemos observado que los grandes cambios literarios están íntimamente unidos a los cambios históricos, a cambios económicos, sociales, políticos… somos, en fin, hijos de nuestra época, y solo cambia lo que nosotros producimos en función de lo que cambian los moldes de nuestra época. El arte de principios del siglo XX no podía reproducir pequeños y estáticos bodegones cuando la mitad de Europa veía un paisaje enorme y dinámico al hacer sus primeros viajes en tren. Cuando la percepción de la realidad cambia, el arte cambia, la literatura cambia, y tal vez le debamos a la trivialidad del mundo contemporáneo y a su triste color gris el hecho de que su literatura, igualmente gris y aburrida, lo reproduzca con tanta fidelidad. Para analizar esta fría literatura de la época posmoderna, nos será útil apoyarnos en la obra de algunos contemporáneos. Una de las preocupaciones del posmodernismo –de la literatura, en realidad–, es que el autor actual tiene en sus manos una infinidad de posibilidades a la hora de escribir. Entiéndase: si se escribiera un poema expresionista, nadie clasificaría a ese poeta de retrógrado o de imitador; se le defendería diciendo que ese es su estilo, y tal vez tengan razón. Pero esta presencia virtual de todos los estilos, de todos los métodos, que hace que convivan los sonetos y las liras con las jitanjáforas y los caligramas, se ha vuelto algo tan barroco, algo tan rebuscado, que cabe interrogarse sobre su verdadero valor. Pongamos por caso la obra del chileno Paulo de Jolly. En pleno siglo XX (o a finales del siglo XX, en 1982), el poeta chileno Paulo de Jolly publicó un poemario que enseguida se hizo esencial en el panorama poético de aquellos años y que aún hoy sigue manteniendo su vigencia (probablemente la mantendrá siempre). El libro, que parece honor a lo que decía Wilde en el prefacio a El retrato de Dorian Gray, ha hecho surgir el debate y los desacuerdos entre la crítica y entre los lectores, que a veces, en los mejores casos, son los mismos. Para Wilde los mejores libros son los que crean confusión entre quienes los interpretan (o quienes tratan de interpretarlos) y, si seguimos su lógica, Louis XIV, el poemario de Paulo de Jolly, sería uno de los mejores o tal vez el mejor libro de poemas publicado en los últimos treinta o cuarenta años. Paulo de Jolly presentó en aquel libro insólito una serie de poemas que carecían totalmente de escuela o precedentes: poemas cubistas todos ellos, con grandes márgenes y perfectamente encuadrados, que, con una sintaxis retorcida y en ocasiones ininteligible se referían siempre, de una manera u otra, al Rey Sol, a su corte o a su tiempo. Las teorías empezaron a surgir muy poco después; el desconcierto de los críticos se acrecentó cuando este extraño poemario ganó el premio internacional de poesía Juan Ramón Jiménez. ¿Qué se estaba proponiendo de Jolly exactamente con aquellos poemas? ¿Era acaso, como pretendieron algunos, un intelectual de extrema derecha que se adhería al régimen del entonces dictador de Chile Augusto Pinochet? ¿Un nuevo adalid de algo llamado “poesía histórica”? ¿O simplemente un chalado, un moderno alquimista que juntaba en sus poemas la forma más vanguardista con los temas más “clásicos”, todo ello contado, o poetizado, as you like it, con todo tipo de volutas y arabescos verbales? No se trataba de nada de eso, aunque, de ser sinceros, la cuestión a la que más se aproxima es la última. En realidad, el posmodernismo es consciente de que el autor que escribe hoy día tiene una especie de consciencia histórica, que conoce los estilos, las formas, los tópicos, y que puede volver a ellos. El concepto de “superación” queda igualmente superado (la generación de Rimbaud y Verlaine fue una superación de la de Baudelaire, y este de la de Poe, dicho grosso modo), y en su lugar se ha impuesto otra realidad literaria: no ya lineal, no ya progresiva, por así decirlo, sino un espacio amplio y espacioso donde lo mediato se mira muy atentamente. Tal vez todo sea por escapar de la tradición, aunque el resultado sea caer en ella de una forma más irrazonada que en los tiempos precedentes. Según Eduardo Milán, la obra de Paulo de Jolly podría sintetizarse en una sola pregunta, una pregunta que los insólitos poemas de Louis XIV plantean a quien los lee. Esa pregunta es, siempre según Milán, “¿qué sabe el lector?”. Efectivamente, lo primero que llama la atención del lector es la oposición forma/fondo, el hecho de que unos poemas geométricos, cubistas, vanguardistas, con un estilo muy lejano a todo retoricismo, a todo lenguaje poético             que se haya ensayado nunca, se conjuguen de esa forma con unos temas que hoy consideramos casi arcaicos. Esta disyuntiva, si así se quiere llamar, no viene a definir otra cosa que la tradición moderna de la poesía tal y como la conocemos: da cuenta, así como hace que nos demos cuenta, de que la interpretación o lectura de un poema en la actualidad tiene que estar condicionado por toda una serie de sucesos “históricos” que influyen sobre el lector, es decir, por la tradición. Esta tradición incluye todas las formas, todos los registros, todos los etilos y todos los temas. Es una de las características preferidas del posmodernismo, la profusión de géneros, de opciones, la destrucción del modelo único, el sistema lineal de antaño. Hasta ahí se ha dicho de momento. Pero nos salta a la vista otro detalle igualmente relevante y que además ejemplifica una de las cuestiones recurrentes del posmodernismo. Al escribir esto, y al hacerlo de una forma hermética y bella, de Jolly no estaba sino volviendo al modernismo, a la metaliteratura, a la literatura que habla sobre sí misma, al poema autorreferencial, a lo que falazmente los teóricos de la posmodernidad llamaron “metarrelato”. Este metarrelato, que ellos tratan de combatir, es una obra totalizadora, que pretende explicarlo todo, una nueva biblia, pero con fines literarios, que sea perfecta y abarcadora. Una literatura que hable de literatura pretende decir cómo debe ser la literatura, quiere enmarcarla y definirla, a veces enunciando una serie de características o proposiciones para su composición. Cuando esas características se vuelven dogmas, entonces nace un ismo. Huelga decir que la metaliteratura no es eso, porque pretender abarcarlo todo es una vanidad de literato, no un objetivo creíble de un poeta o de un novelista. Pero, de todas formas, este ejemplo de literatura posmodernista no es sino una vuelta al modernismo que se pretendía superar, y esa es una de las discusiones más interesantes que ofrece el movimiento posmodernista. Esta noción tiene un alto ejemplo en las letras españolas contemporáneas. Hablábamos de un gran poeta, Paulo de Jolly, y ahora ya podemos hablar de un gran novelista, Enrique Vila-Matas. Los libros esenciales de Vila-Matas son libros sobre libros, sobre escritores, sobre el oficio, en fin, de escribir literatura. Tal vez el más notable de todos sea Bartleby y compañía, en el que se vale de ese mito moderno de Bartleby el escribiente que creó Melville. El sino de este hombre es negarlo todo, decir a todo que no: preferiría no tener que hacerlo. Esto es exactamente el reflejo de la realidad posmodernista: con frecuencia se ha dicho que esta etapa en la que vivimos está marcada por el pesimismo y el nihilismo, nuevos motores de la historia, la cual, según Francis Fukuyama, también ha concluido. Pero más que pesimismo, yo lo llamaría derrotismo. El derrotismo posmodernista también es de herencia modernista. Las vanguardias históricas, y en particular el surrealismo, pretendieron siempre cambiar el mundo. Esto no significa caer en la literatura comprometida o en el mero panfleto, como hicieron los soviéticos o los alemanes algunas veces, sino en crear un arte que descubriera directamente la verdad y, así, salvara el mundo de la mediocridad, la miseria y la guerra. El arte es lo más puro, lo único verdadero, el único lugar donde realmente se puede ser libres. La vida, en comparación, ofrece un triste espectáculo de horror y depravación. Los trabajadores son explotados, unos pocos viven a cuenta de muchos, y la injusticia, la infelicidad y la opresión resultan ser la moneda de cambio de una sociedad sobresaturada por los mass-media y la comida basura. ¿Qué ideal entonces más noble que el de elevar la vida al status del arte, el de convertirla, literalmente, en poema, pintura, película? Era todo un reto, o más bien era una utopía. El posmodernismo quiso asumir esto (muchos no lo asumieron), y pugnó por un arte que no cambiara nada. Esto hizo que muchas voces se elevaran diciendo que el posmodernismo no era más que un fondo teórico para acoger las obras de los “jóvenes novelistas de derechas”. Efectivamente, si tenemos en cuanta la historicidad del movimiento, veremos que coincide con la creación de la corriente letrista y de su más importante desarrollo, el situacionismo, movimiento de la izquierda revolucionaria. Los letristas expulsaron de sus filas a los pensadores de derechas cuando el movimiento se hizo más importante, cuando se volvió “oficial”. Tal vez esos desertores, motivados por el despecho, fueran los que apoyaron y difundieron el posmodernismo. En realidad no puede decirse que el posmodernismo sea una corriente literaria, aunque se hayan escrito novelas y poemas que se reconozcan como “posmodernistas”. Es un intento desesperado de la crítica literaria por uniformizar, por dar nombres terminados en “ismo”, por crear generaciones y movimientos, por artificiosos y heterogéneos que estos lleguen a ser. Podrían calificarse de posmodernistas, por ejemplo, a autores tan diferentes como Roberto Bolaño, Samuel Beckett, Alejo Carpentier, Margaret Atwood, Ken Kesey, Umberto Eco. Este último, eminente patafísico, escribió la que se considera la obra más representativa del posmodernismo junto con Si una noche de verano un viajero de Italo Calvino. Se trata de El nombre de la rosa, ese dudoso libelo contra la literatura elitista que toma una forma pretendidamente popular para referir un mensaje que evidentemente el público no capta. De nuevo observamos aquí la retrogresión en el tiempo: el retorno de la novela gótica, unida a la detectivesca, el género popular por excelencia. Todo ello mezclado con alusiones literarias diversas, como el nombre de uno de los personajes, Baskerville, fácil alusión a la obra de Conan Doyle, o el hombre ciego que escondía el libro profano con tanto celo, trasunto de un muy idealizado Borges, que fue más allá del modernismo cuando este ya estaba acabando y que superó el posmodernismo antes de que este llegara a surgir. La concepción de la historia, como se ha observado, es un punto muy importante para el posmodernismo. Es una recapacitación, un paréntesis, como se ha dicho muchas veces. Pero no es definitivo, como sus planteamientos quieren precisamente que sea la obra literaria. Habla de sí mismo, y por este y otros motivos puede decirse que vaticina la vuelta del modernismo al que trata de refutar. Lo único que podemos decir a modo de conclusión es que aún falta mucho por escribir, y que aquello que se esciba en un futuro cambiará completamente el término, probablemente sustituyéndolo. Tal vez haya que volver a Borges, tal vez tengamos que decir con él que no hay una literatura nacional, ni siquiera movimientos o corrientes, sólo escritores, poetas, novelistas, músicos, pintores, y eso es todo y es suficiente. Al pintor francés Gustave Courbet le preguntaron una vez a qué estilo pertenecía. Él, con su lucidez habitual, contestó: “Soy coubertista”.

Eduardo Castel

 

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