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Marcelo Luján nació en Buenos Aires, Argentina, en junio
de 1973. Ha publicado Flores para Irene (cuentos, Premio
Santa Cruz de Tenerife 2003), En algún cielo (cuentos,
Premio Ciudad de Alcalá de Narrativa 2006), El desvío
(cuento, Premio Kutxa Ciudad de San Sebastián 2007),
además de una decena de relatos en diferentes antologías
de los premiados. Su primera novela fue finalista del I
Premio L’H Confidencial y obtuvo la segunda mención del
Premio Clarín 2005, donde se presentaron 1367 originales
y cuyo jurado estuvo conformado por José Saramago, Rosa
Montero y Eduardo Belgrano Rawson. Periodista y
narrador, a principios de 2001, por razones siempre
voluntarias, decidió radicarse en Madrid.
P. ¿Cómo se enfrenta a la página en blanco?
R. Con ganas. Creo que al mito de la página en blanco
sólo se lo puede encarar desde la voluntad. Una idea, un
desenlace, la primera línea de un relato, los primeros
movimientos de lo que será la trama: estos elementos son
el motor de la creación literaria. La página en blanco
debe funcionar en el autor como un disparador y nunca
como un muro infranqueable.
P. ¿Cree que es posible aprender a escribir?
R. Sí, es posible. Mejorar es posible. Avanzar hacia una
voz propia.
P. ¿Qué consejo le daría a un escritor principiante?
R. Que escriba, que escriba todo el tiempo. Que cuente
historias, que las mastique sobre el papel, que inunde
esa hoja en blanco a la que tanto le teme. Que escriba.
Pero también que lea. Lectura y escritura deben ir de la
mano. Algo parecido ocurre con la reescritura (mecanismo
fundamental e inevitable para cualquier persona que
intente lograr un texto de ficción). No recuerdo quién
dijo que la literatura era reescritura y la suma de
todos los plagios.
P. ¿Cree en el talento o en el trabajo?
R. Creo en el resultado, en lo que queda expuesto y en
el veredicto del lector. No sé hasta dónde se puede
llegar sin talento pero todos sabemos que sin voluntad
nunca se consigue nada. En una novela de Chandler,
Marlowe dice que el trabajo duro es un pobre sustituto
del talento... Esta afirmación me impactó tanto que la
utilicé como epígrafe en uno de mis cuentos.
P. Muchos autores han confesado tener algunos rituales
inamovibles a la hora de escribir como hacerlo de pie,
de madrugada, con un lápiz de una numeración
determinada, en un determinado color de papel. ¿Tiene
alguna manía personal a la hora de sentarse a escribir?
R. La noche, esa es definitivamente mi manía y el
momento en donde confluyen todos los rituales. De noche
la memoria trabaja a la par nuestra. No puedo escribir
ni dos renglones durante el día: me molesta todo: la luz
de aquella ventana, el teléfono, las voces de los
vecinos, los ademanes de la prensa rosa, a veces el
timbre... Proust y Kafka vivían de noche. Hay un
artículo de Osvaldo Soriano en el que confiesa que él se
acostaba a las ocho de la mañana y que dormía hasta las
cuatro de la tarde; así todos los días. La idea kafkiana
de cueva es la noche, la madrugada: tu lugar de trabajo
se convierte en un sótano improfanable: después sólo
queda posar los dedos sobre las teclas, hundirte en el
silencio, aprovecharlo. Es como si el tiempo, de pronto,
se congelara. El tiempo, que es todo lo que tenemos.
P. ¿Cuáles son sus libros de cabecera?
R. No tengo libros de cabecera: sólo voy leyendo y dejo
que la memoria, tarde o temprano, se encargue de
ubicarlos en una imaginaria y gloriosa tabla de
prioridades. Claro que hay novelas inolvidables como
El Astillero (de Juan Carlos Onetti), Luz de
agosto (de William Faulkner), Pedro Páramo
(de Juan Rulfo), El Extranjero (de Albert Camus),
Si una noche de invierno un viajero (de Italo
Calvino), El cielo protector (de Paul Bowles),
Rayuela (de Julio Cortázar), El lobo estepario
(de Herman Hesse).
Personalmente y desde hace muchos años, intento leer
varios libros al mismo tiempo, quiero decir
intercalarlos: géneros y autores, estilos si se puede.
Una novela, una colección de relatos, algún ensayo.
P. ¿Qué está leyendo actualmente?
R. Un libro de cuentos de Laura Massolo (La otra
piedad), una novela de Ernesto Pérez Zúñiga (El
segundo círculo), y una colección de cartas de
Manuel Puig.
P. Usted vino a vivir voluntariamente a España. ¿Opina
que los autores latinoamericanos contemporáneos son
suficientemente conocidos en España? ¿Es muy difícil
para un autor latinoamericano ser publicado en España
sin residir aquí?
R. Lo primero es decir que los autores latinoamericanos
no son lo suficientemente conocidos en un país central
como es España, cuyo macro-grupos editoriales manejan el
destino de la lectura de habla hispana. Sin embargo,
tampoco son conocidos los autores españoles en
Latinoamérica. Javier Marías, por ejemplo, a quien
personalmente admiro y cuya prosa (gracias a Dios)
asusta a los escayolados, es un autor desconocido en
Argentina; uno pronuncia su nombre y la gente se mira
como si buscara una pista misteriosa que le devele de
quién se trata. Con Millás ocurre lo mismo. A mí me
sorprendió muchísimo que un autor como Juan José Saer no
tuviera en España el sitio que se merece. Abelardo
Castillo es uno de los más destacados autores argentinos
vivos y para encontrar un libro suyo en Madrid hay que
ser medio mago. La utilización de una misma lengua, en
efecto, no garantiza absolutamente nada y otra vez todo
queda en manos de los aparatos de prensa de los grandes
sellos editoriales. Sería antropológicamente divertido
hacer una encuesta y preguntar al Lector medio español
por tres autores latinoamericanos. Yo apuesto por estos
nombres y en este orden: Isabel Allende, Coelho, Bucay.
Con respecto a la segunda pregunta creo que, en general,
es muy difícil publicar (más allá de la nacionalidad y
de la ciudad de residencia del autor). Demasiado difícil
y agotador. Las barreras editoriales son casi
infranqueables y muchas veces todo queda reducido a
parámetros absolutamente mercantiles, siempre tan
alejados de la literatura.
P. Su obra se ha ido haciendo conocida en España en gran
medida gracias a los certámenes literarios. ¿Es un buen
medio para darse a conocer? ¿Con qué dificultades se ha
o había encontrado para conseguir editor?
R. No deberíamos hablar de dificultades sino de
imposibilidades. Ningún editor (en su sano juicio)
quiere publicar a un inédito, esto es una verdad como
una casa. Publicar a un inédito es ir en contra de sus
propios intereses. Creo que para no perder
definitivamente la cordura el inédito debería ver al
editor como un empresario y nunca como un hombre medio
empresario medio escritor. El inédito es nadie, no
existe, escribe mal y su nombre no es un nombre sino una
trampa para las arcas de la empresa. El inédito
(pensarán los editores) es el germen de nuestra propia
destrucción. ¿Alguien se imagina los escaparates de los
grandes almacenes con la cara lánguida de un inédito?
Mucho riesgo y pocas nueces, pensarán.
Entonces uno escribe sin remedio y manda miles de
fotocopias a miles de editoriales y siempre recibe la
misma y desalentadora respuesta (cuando hay una
respuesta, claro): lo sentimos pero va a ser que no.
Entonces uno sigue escribiendo indeclinablemente y manda
miles de fotocopias a cuanto premio haya en lengua
castellana y, un día, cualquier día, alguien llama a
nuestra puerta para decirnos que sí.
Los premios literarios empiezan a convertirse en la
única vía editorial que tiene el autor inédito. Esta es
otra verdad como una casa.
P. ¿Cómo imagina a sus lectores?
R. No lo sé: nunca me he puesto a imaginar semejante
cosa. Lo siento.
P. Usted ha cultivado básicamente el relato breve, en
Argentina y en general en América la tradición del
relato es mucho mayor, pero en España todavía sigue
siendo muy complicado intentar hacerse un hueco como
escritor exclusivamente de relatos, la mayor parte de lo
buenos escritores de cuentos acaban publicando novelas,
¿cree que es un proceso natural o una imposición
editorial?
R. Opino que es una imposición del mercado. También
opino que es absurda y sueño con que sea modificable. Si
es verdad lo que dicen, no sé por qué la gente prefiere
un género u otro. ¿Qué busca un lector? ¿Busca
historias? Pues muy bien: una novela puede ser una gran
historia pero también un cuento puede ser una gran
historia (y un libro de cuentos trae más de una, a veces
más de cinco). Un buen cuento es un mazazo en la cabeza,
un flash a los ojos, el mejor y más inolvidable beso que
jamás te dio nadie (su corta duración lo hace
inolvidable). Un mal cuento puede perdonarse más
fácilmente que una mala novela. Una mala novela es una
pesadilla y un mal cuento es pasar seis o siete hojas y
sanseacabó.
P. Su cuento ‘El desvío’ (reciente Premio Kutxa Ciudad
de San Sebastián) ha sido seleccionado para la Campaña
de Fomento de la Lectura en el transporte público de la
ciudad de San Sebastián. La distribución será gratuita y
se prevé una tirada de 15.000 ejemplares. ¿Es necesario
impulsar acciones de este tipo para que el lector
español se acostumbre a leer relato breve o se busca el
fomento de la lectura en general?
R. En este caso, supongo, se busca impulsar el hábito
más que focalizarlo hacia un género específico.
P. En el cuento ‘Los aprendices’, de su libro En
algún cielo, la creación de una atmósfera densa que
va complicando la existencia del protagonista se alterna
con la propia reflexión sobre la creación del relato.
¿Cómo nacen sus cuentos, de una imagen, una idea, de una
frase?
R. De una idea, de una imagen, de una frase. A veces de
un título. Estoy convencido de lo siguiente: para lograr
un cuento hay que saber desde la primera letra hacia
dónde ir. Personalmente, si tengo el final, si puedo ver
con claridad no el desenlace sino un desenlace equis, el
cuento ya está escrito en un noventa por ciento.
P. ¿En qué obra está trabajando actualmente?
R. Estoy trabajando en una novela. Pero como es muy
pronto aún para suponer nada, primero escribiré un
cuento.

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