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JORGE MAJFUD
(Entrevista efectuada por participantes de la
actual convocatoria de los talleres literarios de Escritores.org)
Abril 2007
Jorge Majfud, escritor uruguayo, nacido en Tacuarembó en 1969,
autor de numerosos ensayos y novelas, entre las que destacan Hacia
qué patrias del silencio, Crítica de la pasión pura o La reina de
América, se ha brindado amablemente a responder a Escritores.org
P. ¿Cree que un
escritor nace o se hace?
R. Ambas cosas.
Todos tenemos algunas habilidades y deficiencias. Un gran atleta
necesita una naturaleza anímica y muscular sobresaliente, pero de
nada sirven esas cualidades innatas si sólo quedan en la potencia,
si no se las desarrolla en un trabajo serio y constante, si no usa
su inteligencia o la inteligencia de su entrenador. Entiendo que
lo mismo ocurre en cualquier otra actividad, como la de escritor.
P. Entonces, ¿es
posible aprender a escribir?
R. Sin duda. Al
igual que aprender a escribir la primer palabra cuando somos
niños, para “escribir”, en el sentido que le damos, como creación
intelectual, no sólo es posible; es necesario e inevitable. Al
menos que uno posea la suficiente fe para esperar del chimpancé
una obra de Shakespeare, pero debido a la brevedad de la vida, no
es algo que suelo recomendar. Claro que ese aprendizaje no se
reduce sólo a sentarse a una mesa a ver cómo se llena una hoja en
blanco. Un escritor no sólo debe descubrir las propias técnicas de
su arte; también debe tener una idea mínima de qué está
haciendo y para qué.
P. ¿Qué consejo le
daría a un escritor principiante?
R. Creo que esa es
una de las etapas más lindas de un escritor. Es ese momento cuando
uno está rodeado más de sueños que de obligaciones. Tal vez se
deba a que, por lo general, un escritor principiante es un
adolescente, por lo tanto debe ser una de las etapas más
estimulantes en cualquier carrera, sea de escritor o de médico o
de chofer de camión. Mi primer consejo no tiene nada de original:
que no se apure a publicar, que procure pulir su arte, que esté
seguro de la necesidad de decir esto antes que callarlo, etc. La
literatura no debería ser el medio del éxito sino la finalidad de
todo escritor maduro; así también, la literatura no es la
finalidad de la vida de un hombre o de una mujer sino uno de los
medios que la vida tiene para multiplicarse y proyectarse más allá
de la mera existencia biológica. Nuestra cultura del consumo ha
prodigado en escritores que buscan desesperadamente el éxito
rápido, siempre medido por las ventas. Y ha sido más bien mezquino
en aquellos otros que tienen un sentido dionisíaco y trascendente
de este arte que, como lo entendían escritores tan opuestos como
Ernesto Sábato y Ernesto Guevara, es un oficio sagrado. En cuanto
a las técnicas de escrituras yo siempre aconsejo y aplico una de
mis reglas de oro: más vale que falte y no que sobre.
Sobrar es uno de los atributos de la vulgaridad. Faltar, en todo
caso, puede ser un tributo a la inteligencia y a la sensibilidad
del lector. Habitualmente recibo cuentos de escritores que se
están iniciando; aunque sería imposible leerlos todos, siempre
noto una constante que, en realidad, es sólo un aspecto técnico:
el narrador principiante abunda en descripciones visuales y muchas
veces queda perdido en su propia subjetividad. Tiene una imagen en
mente que lo conmueve y se demora pintándola. Esto lo advierto más
fácilmente cuando recuerdo mis propios relatos (que por suerte
nunca publiqué): eran relatos que me hacían volar en un estado de
éxtasis, pero tan mal escritos, o escrito de una forma tan
hermética, que sólo podían decirme a mí mismo lo que yo ya sabía;
para cualquier lector hubiese sido tan incomprensible como el
sueño que ha impactado profundamente a alguien pero le es
indiferente o incomprensible a otro que sólo escucha su relato. La
literatura comienza ahí: cuando la subjetividad del escritor logra
encontrar el camino de trascender hacia la subjetividad del
lector. No concuerdo con las teorías posmodernas que dicen que el
lector es libre de interpretar lo que quiera y que por eso la
intención del autor no importa. Sí, el lector libre crea
una interpretación, pero la escritura consiste en limitar esta
libertad. El escritor potencia y limita la libertad de
interpretación, ese es su objetivo. Cuando digo “angustia” lo digo
para que el lector entienda muchas cosas pero no cualquiera: si
entiende “felicidad”, por ejemplo, entonces está leyendo otra
cosa, no mi texto. Etc. Leer es buscar un referente; si ese
referente es cualquiera, si no me importa qué hay del otro lado
del texto, si soy yo quien decide qué voy a interpretar de un
texto, entonces no estoy leyendo, estoy escribiendo,
creando sin los límites semánticos que debería imponerme el texto.
Puedo colgar de una pared la reproducción de un jeroglífico porque
me gustan sus formas y sus colores, pero desde el momento que
reconozco que eso es un jeroglífico y no un cuadro de Picasso,
estoy reconociendo un límite de la interpretación, estoy
leyendo. Y si quiero comprender el sentido original de esos
jeroglíficos, no tengo más remedio que aprender y limitarme a
ciertos códigos de interpretación. La novela y el cuento tienen
técnicas y preceptos muy diferentes, pero en ambos casos la misión
del escritor es lograr la comunicación con un lector implícito sin
perder la intuición que lo provocó. Para esto, es necesario no
perder la fluidez del relato y decir lo más posible con las
mínimas palabras. Es decir, si un personaje o el narrador dicen:
“Se sentó en un rincón del café y miró un barco con bandera
noruega que pasaba”, no necesita llenar una página describiendo en
detalle el café, el barco, el puerto, etc. Inevitablemente el
lector reconstruirá el ambiente y la situación. No se imaginará
que ese barco navegaba por el desierto del Sahara, al menos que
este hecho surrealista sea el objetivo del escritor. En dicho
caso, también le bastaría con anotar este “detalle” dejando al
lector el resto de la creación. Es sólo un ejemplo.
P. ¿Sus libros
parten de una imagen o de una idea? ¿Cómo se enfrenta a la página
en blanco?
Nunca, o casi
nunca, me enfrento a una página en blanco. No niego que esto sea
posible, pero no es mi costumbre ni me interesa hacerlo. Cuando me
siento a escribir es porque tengo algo que decir. Si es una idea,
casi siempre lo digo en un ensayo. Si es una intuición o una
emoción, es probable que se transforme en un cuento o, más
probablemente, en un momento de una novela. Lo que ocurre es que
cuando estoy sumergido en una novela (casi siempre esta inmersión
me lleva cuatro o cinco años) es natural que mientras camino o
tomo el autobús esté acompañado de algún personaje, o yo mismo no
esté ahí sino en la ciudad imaginaria que se ha construido en la
novela (esta es la razón principal por la cual siempre me bajo en
la parada equivocada o se me incendia la comida, lo que preocupa
tanto a mi esposa). Por lo tanto, es más que probable que en esos
momentos algo ocurra, con un personaje o con la ciudad o, incluso,
con la idea central. Entonces lo anoto en una libreta de bolsillo,
que llevo desde que tenía cinco años, a imitación de mi padre que
era carpintero y siempre estaba haciendo anotaciones por donde
iba. Luego o al día siguiente sólo debo leer la nota para
acordarme de la idea o del momento y la escribo de un tirón. No
hay momento frente a la famosa “hoja en blanco”, porque si la hoja
está realmente en blanco es porque no hay nada para decir, y
llenarla por llenarla es, al menos en mi caso, una profanación.
Mis mejores momentos, en este sentido, son cuando logro silencio
psicológico en la mesa de un café o caminando por una plaza.
P. La Reina de América, su última novela, está escrita
con una técnica experimental. ¿Cómo nació la necesidad de estilo
en esta obra en concreto?
R. Simplemente fui
tirando de la punta de la madeja hasta que la misma novela
adquirió la suficiente fuerza como para obligarme a escribir los
momentos que la componen. Se ha dicho que experimenta con
diferentes técnicas, y lo acepto. Pero esto no fue una elección
deliberada o que precedió a la escritura. Me daba cuenta que, como
decía antes, no necesitaba describirlo todo, que eso era inútil.
El lector inevitablemente hará la composición de lugar con pocas
piezas, como cuando nos representamos tres mil años de historia
recorriendo las ruinas de una ciudad africana o asiática,
abandonada siglos atrás. Vemos fragmentos que unimos, porque sólo
comprendemos lo que tiende a ser coherente, unitario, con una
ficción realista y continua llamada Historia. Por lo tanto, si un
personaje estaba preso o subía a un taxi y a continuación se
escuchaba la radio, no necesitaba decir que aquello era la radio,
porque el mismo lenguaje y las mismas cosas que se decían allí lo
hacían evidente. Y así el resto. De esta forma, uno puede más con
menos y concentrarse en lo que tiene para decir con un cómo
que refleje esta misma intención y la haga posible. No creo que
exista un cómo sin un por qué; incluso, cuando un
tipo de literatura sólo se preocupa por el cómo (por la
técnica) es por un por qué que ignora.
P. El tema de la
emigración está tratado en La Reina de América con un punto
de vista interesante y distinto, el de la mujer que viajó a la
rica Sudamérica de los sesenta desde la pobre y desgastada España
con la intención de mejorar su vida y que acaba haciendo de
prostituta. Me parece que sólo esta elección ya nos invita a la
reflexión a los lectores españoles. ¿Es el punto de vista el pilar
fundamental de la novela?
R. No creo que
sea el punto central pero sí es uno de los puntos importantes
(como punto de apoyo, como punto de vista y como punto de
lectura). Bueno, en realidad, como autor no tengo derecho a
establecer cuál es el punto central del libro, aunque sí debe
haberlo; apenas puedo decir cuál fue la intención principal sin
dejar de reconocer la motivación inconsciente que se me escapa.
Los años ’60 ya comenzaban a marcar un fuerte declive económico
del Cono Sur y una recuperación (económica, se entiende) de
España, sobre todo por el turismo. Pero todavía la dirección de
emigrantes era hacia el Sur, la opuesta a la que hemos visto en
los últimos años. No olvidamos que, desde Colón, España ha sido un
país de emigrantes, una de las tantas razones de su largo declive
como imperio. (recordar, por ejemplo, a Cristóbal Suárez de
Figueroa y su El passagero, de 1617, o los costumbristas
del siglo XIX, o las estadísticas rurales de la época). En
realidad, creo que La reina de América pretende plantear un
problema mas general (no quiero decir “universal” porque me da
pudor) a través de un caso concreto: la violencia de clase, la
violencia de género, la violencia militar e ideológica, las
violencias de todo tipo, sobre todo la violencia moral que es
siempre o casi siempre peor que la violencia física. Varias veces
he puesto ejemplos de ese tipo de violencia que se ejercitaba con
refinamiento en las dictaduras militares de nuestra América y de
tantos otros tipos de violencia moral que hoy en día se ejerce
contra los más débiles: sobre algunas mujeres, algunos
inmigrantes, los “pobres fracasados”, los marginados de los que se
preocupó tanto Jesús y que la tradición ha marginado aún más, en
su propio nombre; la violencia del “éxito” hecha en base al
fracaso y al dolor, físico y moral, de algún otro, etc.
Lamentablemente estos son temas universales, pero no son hechos
inamovibles como a veces se pretende presentarlos cuando se dice
“universal”. Si echamos una mirada a la reciente historia
occidental, especialmente en ese período que llamamos Humanismo
(que podemos rastrearlo desde el siglo XV), vemos que la
conciencia del individuo ha tendido a convertirse en una
conciencia de la especie, en una conciencia colectiva. Esto es
lo que yo llamo y defiendo como el Humanismo que debemos
radicalizar y que otros confunden con una simple posición política
de izquierda.
P.
¿Qué opina de la novela-ensayo?
R.
Desde un punto de vista crítico, toda novela es un ensayo y todo
ensayo es, como las historias oficiales, una narración. Los hechos
y las ideas casi siempre se narran. Sobre todo las ideas y las
realidades políticas. Basta con analizar cualquier discurso de
cualquier hombre poderoso en el mucho para advertirlo. Es el más
puro ejercicio de la violencia narrativa, del dictado de lo que
es y lo que debe ser. El ensayo, si es honesto, procura
abrir y problematizar, ver los problemas desde el margen, desde
arriba y desde abajo. La novela, en cambio, como diría Sábato,
muestra, no demuestra. En esa exposición de lo que pudo ser,
de lo que parece racional y es absurdo (o viceversa), en esa
exploración ilimitada de las ideas y las emociones, la novela
lleva la ventaja de ser lo más parecido a una opera total. Ahora,
también es cierto que dentro de la palabra “novela” caben muchos
géneros. Novela se puede llamar a una narración que procura
“divertir”, y lo que realmente hace es sólo reproducir un
determinado orden ideológico, una determinada sensibilidad que
casi siempre sirve al mercado, etc. Por lo general, la
novela-ensayo procura lo contrario: procura problematizar; no
busca el olvido (la diversión) sino la memoria y la conciencia (la
concentración). Es una forma de implosión del yo que
absorbe una problemática exterior, histórica y social; no es la
simple resolución de un “misterio” inventado por la misma trama
que se puede resolver cómodamente al final de la historia. Esos
son jueguitos de las novelas hechas con receta. La novela-ensayo,
en cambio, no crea ni resuelve el problema (porque “el problema”
es preexistente a sí misma y sobrevive al serrar el libro); sólo
lo expone, lo de-vela. Ahora, un ensayo que tome la forma de
novela a la fuerza me parece que está destinado a ser una mala
novela, algo así como ponerle pedales a una motocicleta para
ahorrar combustible: siempre será mejor la bicicleta.
P. ¿Cuáles son sus
libros de cabecera?
R. Ya no tengo.
Por mi actual profesión académica, normalmente leo varios libros
por semana. No obstante, siempre el tiempo decanta. Cuando tenía
trece años me maravillé leyendo las obras de Shakespeare sin saber
quién era ese señor. Incluso lo hacía a escondidas, casi con
vergüenza, porque esa era la edad en que nos había interesado el
fútbol y los amigos sólo hablaban de eso. Un par de años después
descubrí Borges y me fascinó la posibilidad de entrar en un mundo
más impactante que el que veía en la televisión. Descubrí que uno
puede entrar en otro mundo a través de la narrativa pero que al
Tarzán o a El hombre nuclear de la televisión sólo se
lo podía ver como espectadores. Entonces quise repetir la
experiencia inventando mis propias historias. Poco después
descubrí a Sábato y a Sastre y Borges se me quedó muy atrás. Fue
el momento en que descubrí que el arte no es sólo un juego
estético; el arte es el punto más alto donde se cruzan la ética y
la estética, aún en el error ético. Creo que pocas emociones hay
más fuertes y trascendentes que la estética de la ética en una
novela, en una canción. Negarlo, me parece, es sólo la práctica de
una estética que oculta su dimensión ideológica. No obstante, hay
que reconocer que una cosa no es lo mismo que la otra y sí se
puede entender la estética como si fuese un fenómeno
aislado, aunque en realidad nunca lo es. Sábato hace mucho dejó de
decir algo nuevo; creo que el escritor murió en los ’80, o antes.
Y yo me quedé sin libros de cabecera; sólo podría decir que admiro
profundamente una veintena de obras.
P. ¿Con qué
dificultades se ha encontrado para conseguir editor? Lo cual,
imagino, no es labor sencilla para un escritor uruguayo.
R. Por los años
’90 yo era un adolescente que disfrutaba resolviendo problemas
matemáticos o técnicos en mi carrera de arquitecto. Pero mi mayor
placer era adelantar los fines de semana encerrándome a escribir
en mi solitario cuarto de estudiante provinciano. Como la lectura,
la escritura siempre las experimenté como algo atractivamente
marginal y clandestino, al tiempo que sagrado. Mi primera novela
la llegué a reescribir casi veinte veces en una máquina vieja que
funcionaba con una botella de agua colgada del extremo izquierdo
del cilindro. Corregí tanto esa novela que al final no sabía si la
había mejorado o empeorado. Ahora me inclino a pensar en esto
último. Tenía la superstición de la perfección. Después de dos o
tres rechazos de editoriales que me decían que un escritor
primerizo debe financiarse su propia aventura editorial, logré
publicarla en una editorial que ya cerró. Y claro, debí colaborar
con su edición. El director de Graffiti, Horacio Verzi, es
un escritor reconocido en Uruguay, además de generoso editor y
docente. Luego no he tenido dificultades para que una editorial se
encargue de todo el trabajo y de todo el costo que implica
publicar, difundir y pagar gastos de presentaciones, viajes, etc.
Después de mi primera experiencia, dejé de buscar editor. Para mí
Baile del Sol de Tenerife hace un trabajo muy bueno y yo me dedico
a otra cosa. Por otro lado, aquella necesidad de ser un escritor
editado ha quedado bastante atrás. Pienso que todo artista tiene
un ego importante, y yo no debo ser la excepción. Pero ese ego se
desgasta rápidamente con el uso o termina por inflamarse. Quiero
pensar y a veces siento que me ha ocurrido lo primero, desde hace
ya varios años. Claro que me interesa que se difundan mis libros,
pero ya no es una prioridad. Creo que tengo clara conciencia de
que lo más importante para un escritor es su implicación ética en
la sociedad, luego su propia obra y muy al final el posible
reconocimiento que se derive de esta. Con respecto a mi querido
país, Uruguay, también siento cierto orgullo irracional de ver que
ha sido históricamente un país de intelectuales. Para algunos este
es un defecto; para mí no. No le tengo miedo ni pudor a esa
palabra, intelectual, porque tampoco creo que signifique algo más
que una profesión noble y necesaria como muchas otras. Por otro
lado, los uruguayos no podemos aspirar nunca a la cantidad. Un
best seller en un mercado como ese se alcanza con un numero
insignificante para cualquier libro en México o en España. Por lo
tanto, no tenemos más alternativa que aspirar a cierta calidad, si
realmente nos interesa llamar un poco la atención del mundo
literario. Y creo que esta opción se ha cumplido históricamente,
con las notables excepciones de Benedetti y Galeano. Claro que
Benedetti y Onetti llegaron a la cantidad después de décadas de
calidad y frustraciones. El mismo Benedetti ha reconocido varias
veces haberse autofinanciado los primeros ocho libros, nada menos.
P. ¿Cómo imagina a
sus lectores?
R. Tal vez sea
curioso pero nunca me he imaginado un lector concreto o dominante,
sino una variedad muy diversa de lectores. Incluso diariamente
descubro lecturas sorprendentes de alguna novela o de algún ensayo
por los comentarios que recibo de estos lectores. Casi siempre muy
amables; no pocos muy agresivos. Pero, como te decía antes, uno va
madurando y le va restando importancia a muchas cosas. No todo
puede ser importante y es una patología obsesionarse con un
pequeño arbusto olvidándose del bosque.
P. Su labor como
periodista ha sido tan amplia como la de escritor…
R. Perdón, pero
nunca supe por qué me llaman “periodista”. A veces leo en algún
libro palabras que me tocan un poco el ego pero que no son
verdades, como, hace poco, un libro sobre ecología me citaba
diciendo “Jorge Majfud, popular Uruguayan writer and journalist,
complements the subjects…” Etc. Lo siento, pero no soy
periodista, nunca he hecho ese noble y difícil trabajo, aunque
agradezco el título. Alguna vez un crítico escribió que yo había
“movido los cimientos de la literatura uruguaya”. También lo
siento, no me gusta defraudar las expectativas de nadie, pero
semejante apreciación es un disparate. Nadie ha movido los
cimientos de ninguna literatura, mucho menos yo podría hacerlo con
una literatura con tanta tradición como la de mi país.
P. Bueno, digamos
que su obra, tanto literaria como “periodística”, está muy
implicada en intentar mostrar las contradicciones no solo del
sistema social y económico sino del propio ser humano. No se trata
de un discurso moral sino de una auténtica voluntad de comprender
para poder cambiar, para que no quedemos anestesiados ¿en este
sentido es más útil la literatura o el periodismo? ¿Apuntan en la
misma dirección?
R. Entiendo que el
periodismo es literatura también, un género más de la literatura.
¿No es la historia literatura también? La Biblia es literatura.
Sólo que sus objetivos difieren. Para un creyente, naturalmente,
la Biblia es literatura escrita por Dios o por sus mensajeros.
Para otros es un libro compuesto de muchos libros, muchas veces
contradictorios, muchas veces político, poético, religioso, etc.
Si leemos los escritos de los conquistadores españoles en América
(algunos de ellos fueron best sellers en vida del autor,
como las Cartas de Cortés), todas tienen la pretensión de
ser “crónicas”, y casi todas insisten en que su narración es la
“historia verdadera”, asumiendo, implícita y explícitamente, que
las otras crónicas son falsas. Sin embargo, aún en las “historias
verdearas” vemos relatos que dejan pálidos al realismo mágico que
caracterizó la literatura latinoamericana de los ’50 y ’60. La
diferencia radica en el objetivo y en el consenso social de un
género. Pero, en su raíz, todo es literatura, todo está basado, en
un grado menor o mayor, en una ficción y en una realidad, en un
componente subjetivo y en otro que podríamos llamar objetivo, etc.
El trabajo del intelectual es hacer consciente estas
construcciones que presumen de ser “verdades objetivas” cuando
sólo son una invención más. El valor ético del crítico, del
intelectual, radica, además, en descubrir cuándo y cómo estas
ficciones pretenden ser sólo ficción y cuándo, cómo y por qué
practican la violencia epistemológica de presumirse verdades
objetivas, siempre en beneficio de unos grupos sociales y en
perjuicio de otros, cuándo estas ficciones están administradas por
el poder y cuándo son arrebatadas por los grupos oprimidos. En
este sentido, creo que tanto la llamada “literatura” como el
“periodismo” son igualmente útiles para una causa o para la otra,
para mantener el statu quo o para promover un cambio
humanista, es decir, para radicalizar el proceso de “liberación”
que la humanidad viene ensayando hace varios siglos, naturalmente
castigado por las reacciones de turno que lógicamente se negarán
siempre a perder sus privilegios de elites. Pocas ficciones más
realistas existen hoy en día que los informativos, que
deberían llamarse en muchos casos deformativos o formadores
de opinión pública. Y al mismo tiempo, aquellos otros periodistas,
escritores, que tomen el desafío de no aceptar el discurso
oficial, una ideología oficial, sea de izquierda o de derecha,
tendrán que tomar las mismas armas, aunque sean siempre los
espacios que le sobran a las grandes transnacionales informativas.
P. Publicó una
primera novela Hacia qué patrias del silencio en el que
trataba el tema de los desaparecidos con valentía y firmeza. ¿Qué
consecuencias tuvo la publicación de la obra en Uruguay?
R. Al contrario de
lo que algunos dicen, yo diría que poca. En aquella época la
mayoría de la población creía que se debía perdonar a los
violadores de los derechos humanos. Exigir justicia era una
provocación subversiva, una traición a la patria y a la sabia paz
que habían logrado algunos políticos, viejos políticos a los que
debíamos agradecer el pan y la vida y la patria y la educación y
todo lo que éramos. Era la falsa conciencia que habían producido
largas décadas de narración autoritaria, basada en lo que llamo “ideoléxicos”,
tales como La patria, El honor, La libertad y otras manipulaciones
semánticas. Años después sí. Al mismo tiempo que aquella
conciencia social iba cambiando a la idea de que si no es posible
radicalizar la práctica sí se debe radicalizar la aspiración de
justicia. Quienes más han leído esa novela han sido aquellos que,
de una forma u otra, vivieron como niños el trauma de la dictadura
que, como toda dictadura, justificaba su propio horror con el
horror que decía combatir. Otros lectores, mejor ni mencionarlos…
P. La osadía de
disentir es un pilar fundamental de la inteligencia y de la
verdadera libertad…
R. Totalmente de
acuerdo. Es más, como intelectuales estamos obligados a ese
ejercicio. Que otros aplaudan a los ejércitos desfilando después
de masacrar indiscriminadamente a medio pueblo en nombre del honor
y el deber. A los otros no nos queda opción ni podemos vivir en
ese tipo de estado vergonzoso de ficciones oficiales. Tal vez sean
los escritores los que mayor conciencia tienen que no sólo las
novelas son ficciones, y que unas ficciones tienen más
consecuencias que otras.
P. ¿Se podría
deducir que la novela escrita por su generación se distancia de la
novela de denuncia de los sesenta en cuanto a que se considera
fundamental la capacidad de disentir que en aquellos años estaba
mucho más atenuada tanto en la derecha como en la izquierda?
R. Tal vez cometa
una injustita, producto natural de mi ignorancia, de alguien que
hace algunos años vive muy lejos de su país, pero no veo en mi
generación esa actitud crítica o combativa o dispuesta a disentir
aún sabiendo las consecuencias personales que eso le trae. Es
legítimo que mi generación se quiera alejar de “lo político” para
encerrarse en visiones fantásticas de la historia o del presente.
Es totalmente válido, ni inferior ni superior a mi propia opción.
Pero, sinceramente, me siento solo es esto, a no ser por algunos
que practican el periodismo. Me siento solo y no es algo que me
enorgullece; me entristece y me angustia, como a un niño que sus
padres dejan en una guardería. Por otro lado, tampoco creo, como
el gran José Martí, que un intelectual, un crítico, deba rodearse
de trincheras de ideas. No ganamos nada con una “lealtad
ideológica” o una lealtad de partido. Perdemos libertad y
perspectiva. También esto abunda en América Latina y en tantos
otros continentes: la idea de que sólo se deben expresar opiniones
complacientes con una llamada izquierda o con una derecha que es
dueña del aparato de difusión. Es cierto que a veces es mejor
equivocarse tomando partido por el débil y no por el más fuerte.
Como en América latina el poder ha estado desde hace siglos en las
clases conservadoras de derecha, es lógico que los intelectuales
comprometidos, a la hora de optar por el compromiso concreto,
hayan optado casi siempre por la izquierda. Pero no debemos quedar
atrapados de un lado de una trinchera de ideas que alguien levantó
en algún momento de la historia. Mi opción concreta ha sido, de
forma consciente desde hace años, la conciencia colectiva que se
deriva de un humanismo progresivo que define al individuo y su
moral por los progresos históricos de su sociedad y de la
humanidad en su conjunto. Una frase paradójica lo resume así:
somos iguales porque somos diferentes. O, de otra forma: nadie
es rico rodeado de pobreza, nadie puede ser moralmente feliz
rodeado de dolor. El dolor ajeno es nuestro, si no estamos
moralmente anestesiados, corrompidos.
P. ¿Tiene
esperanza todavía en que la escritura pueda, si no modificar, al
menos hacer reflexionar a la sociedad?
R.
Hace poco publiqué un breve ensayo con el título de “La rebelión
de los lectores”. Creo que esa sería mi respuesta a su pregunta.
Hace pocos siglos, dictar cátedra consistía en leer un texto. Al
igual que un sacerdote en su púlpito, el profesor leía e
interpretaba y los estudiantes sólo tomaban nota. Tal vez de ahí
quedó la costumbre de llamar, en inglés,
lecture
a una conferencia. El poder procedía de quien administraba el
texto escrito, los símbolos constructores de la sociedad según una
necesidad o una conveniencia material del momento que se confundía
con la única moral posible. Poco a poco surgirá lo que Ortega y
Gasset despreciaba: la rebelión de las masas. Pero luego la
cultura oral y visual del siglo XX retrasó esta rebelión al
convertirse en un nuevo dictado de púlpito, de cátedra. Hoy, esta
rebelión vuelve a la marcha y está basada en el texto escrito
pero, sobre todo, en una nueva actitud ante lo qué significa
“lectura”. Lectura ahora ya no significa dictado, sino lo
contrario: es un esfuerzo de interpretación crítico que ya no es
monopolio de una elite sino que comienza a ser reclamado como
derecho por la mal llamada “masa”. Internet es uno de esos medios
que ha potenciado una nueva rebelión de las masas, pero ya no como
un fenómeno negativo sino todo lo contrario. Podemos observar una
progresiva reescritura de la historia a través de este medio
anárquico. También eso es parte de la radicalización del humanismo
del que hablaba antes.
P. En algún sitio
le he leído que hoy día entre los jóvenes está de moda ser
inculto. ¿Su labor como docente es esperanzadora o no es nada
halagüeña en este sentido?
R. No sólo los
jóvenes ni los jóvenes de hoy. La esposa del presidente de Estados
Unidos no hace mucho se maravillaba de haber conocido a su esposo
en una biblioteca, ya que ese señor nunca acudía a esos recintos
donde se guardan tantas obscenidades. La cultura no es el mejor
camino para el éxito, según los cánones de una sociedad “exitosa”.
Razón por la cual habría que deducir que el éxito es el peor de
los fracasos. Sí, muchas veces he sentido esa sensación de que a
los jóvenes no les importa la cultura, etc. Por un lado es
comprensible. En los dibujos infantiles de Disney nadie se hace
exitoso siendo culto o trabajando. Tampoco en los programas de
Ricos y Famosos. Por lo tanto, es lógica esta forma de pensar
en un mundo alienado por el dinero y su particular interpretación
del éxito. Ahora, esa idea de la juventud actual como una juventud
inculta es una generalización injusta y, además, puede deberse a
otros dos factores principales. Uno, es verdad: especialmente en
aquellas sociedades donde las necesidades materiales no son el
problema central, paradójicamente en lugar de profundizar en la
dimensión espiritual, se profundiza ese mismo aspecto material. El
medio se convierte en fin. Es decir, el éxito económico los lleva
a repetir el mismo ejercicio que los llevó a ese aparente éxito,
alienándose en un vacío consumista. Por otra parte es una verdad
sólo relativa y probablemente provisoria: muchas veces sentimos
que la juventud es inculta porque nuestras expectativas humanistas
son mayores al proceso que lleva al surgimiento de aquella “masa”.
No todos hacen alarde de incultura, como algunos presidentes. ¿No
eran más incultos los obreros que trabajaban diez horas en las
fábricas de Europa y Estados Unidos, perfectamente parodiados en
Modern Times de Charles Chaplin, en 1933? Probablemente sí,
además su propia alienación. Claro, por otra parte no debemos
confundir cultura o educación con sabiduría. Un campesino sin
cultura literaria en el siglo XIX podía ser un hombre o una mujer
muy sabios, según su contexto, según los objetivos de su vida,
etc.
P. ¿En qué obra
está trabajando actualmente?
R.
Sigo escribiendo ensayo con frecuencia. En cuanto a narrativa,
tengo terminada una novela que se publicará este año. Después de
terminar La reina de América en el 2000 comencé una nueva
novela llamada La aldaba, historia verdadera de Santa, que
abandoné hace un par de años. Se trata de una narración sobre
nuestro tiempo a través de la creación de una ciudad-sociedad
perdida en el desierto de Argelia. En principio, el narrador era
en primera persona que, a través de
flash backs
reconstruía aquella ciudad conservadora y amurallada de la que
había escapado buscando un mundo más libre. El problema fue que
este personaje narraba desde el puente de Brooklyn, y mientras
contemplaba las Torres Gemelas reflexionaba sobre la vacuidad de
toda obra humana. Una frase, por ejemplo, decía: “hasta las más
altas torres de acero un día serán sólo polvo”. El 10 de setiembre
de 2001, de paso por Montevideo, mi esposa quiso hacerme un regalo
y me preguntó qué quería. Le dije que quería una postal de
Manhattan donde se vieran las Torres Gemelas, donde pasamos
momentos tan agradables con otros amigos, años atrás. Yo quería
esa imagen porque era la imagen que debería ver el protagonista de
la novela mientras narraba sobre su ciudad perdida en el desierto.
Después de buscar en varias librerías conseguimos una que llevamos
a nuestro estudio. Le pedí a mi hermano, que es carpintero, que me
hiciera el marco para colgarla en una pared. Ese mismo día ocurre
la desgracia que todos conocen, por lo que me pareció inverosímil
publicar lo que parecía una profecía posterior a un hecho. Incluso
la postal quedó archivada en la carpintería. Así que volví a
reescribir toda la novela con el narrador principal dentro de la
ciudad amurallada, dejando Manhattan sólo como la aspiración de
aquel muchacho provinciano. Como es natural en el desierto, esta
ciudad orgullosa terminaba hundida en las arenas, por la rotura de
una de sus murallas. Un par de años más tarde ocurre aquella otra
desgracia de Nueva Orleáns, inundada por las aguas después que uno
de sus muros se rompiera. Otra vez me pareció una coincidencia que
no beneficiaba la obra y debí reescribirla completamente. Ahora,
por razones personales, no he querido publicarla hasta este año,
pero si supiese que incluye alguna otra profecía no dudaría en
quemarla, aunque sería un imposible hacerla desaparecer de todos
los discos duros, de todos los servidores de los correos
electrónicos en la que está ahora. En el 2004 envié esta novela a
varios amigos, algunos escritores de gran valía. Incluso en el
2005 le comenté por correo estos mismos detalles sobre la
peripecia de La aldaba a Eduardo Galeano, y luego la envié
al primer concurso de novela de Bruguera. Tal vez porque al pasar
por México se demoró o vaya a saber qué ocurrió, no entró a
concursar ese año y sí al año siguiente (2006), según me
informaron de la editorial. El comité de lectura de ese concurso
la seleccionó finalista, pero la única jurado eligió otra que, a
su juicio, representaba más su propio mundo literario, según sus
propias palabras. La aldaba resultó también finalista en
otro concurso de España, lo que me hace pensar que sufro del
síndrome de Juan Carlos Onetti, quien siempre salía segundo en
todo (lo cual es un elegante consuelo de perdedor, no?) Que yo
recuerde, he participado en cuatro o cinco concursos en mi vida y
en todos, o en casi todos, mis alucinaciones salieron finalistas.
Siempre hay alguien más loco que uno. Aunque creo haber renunciado
a esa práctica de hipódromos, estoy seguro que tengo más
aceptación cuando uso seudónimo. Ahora, más allá de la ironía,
aunque quisiera ver esa novela publicada (que quizás sea la
primera de una trilogía), ya la vejez de mis 37 años me impide
valorar demasiado esas cosas y me pone a salvo de las urgencias
propias de la adolescencia…
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Jorge Mafjud

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